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Por Joseph Ratzinger
La claridad y la alegría, que para gran parte de
nosotros están unidas al pensamiento de la Pascua, no
pueden cambiar nada respecto al hecho de que el
contenido profundo de este día sea para nosotros más
difícil de comprender que el de la Navidad. El
nacimiento, la infancia, la familia, todo eso es parte
de nuestro mundo de experiencias. Que Dios haya sido un
niño y haya hecho así grande a lo pequeño, y humano,
cercano y comprensible a lo grande, es un pensamiento
que nos toca de un modo muy directo. Según nuestra fe,
en el nacimiento en Belén, Dios ha entrado en el mundo y
esto lleva una huella de luz hasta los hombres, los
cuales no están en grado de acoger la noticia tal y como
es.
Con la Pascua es distinto: aquí Dios no ha entrado en
nuestra vida habitual, sino que, entre sus confines, ha
abierto un paso hacia un nuevo espacio más allá de la
muerte. Él no nos sigue ya, sino que nos precede y
sostiene la antorcha en el interior de una extensión
inexplorada para animarnos a seguirle. Pero, desde el
momento en el que nosotros ahora sólo conocemos aquello
que está a este lado de la muerte, no podemos relacionar
ninguna de nuestras experiencias con esta noticia.
Ningún concepto puede venir en auxilio de la palabra;
permanece una salida en lo desconocido; y en esto
percibimos dolorosamente la miopía y limitación de
nuestros pasos. Y, con todo, es estimulante pensar que
ahora, por lo menos a través de la palabra de uno que
sabe, experimentamos aquello frente a lo que nadie puede
quedar indiferente. Con enorme curiosidad, en los
últimos años, se han recogido las narraciones de
personas que, habiendo pasado por una muerte clínica,
afirman haber percibido lo imperceptible y pueden
aparentemente decir qué hay después de la oscura puerta
de la muerte. Esta curiosidad muestra cómo se abre
camino en nosotros de un modo apremiante la cuestión de
la muerte. Pero todas estas narraciones son inadecuadas,
puesto que todos estos testigos no habían muerto
realmente, sino que han debido sólo probar la particular
experiencia de una condición extrema de la vida y de la
conciencia humana.
Ninguno puede decir si su experiencia se habría
confirmado en el caso de que hubiesen muerto realmente.
Pero Aquel del que habla la Pascua, Jesucristo,
realmente «descendió al reino de los muertos». Él ha
respondido a la petición del rico Epulón: «¡Envía arriba
a alguno del mundo de los muertos, para que así
creamos!» Él, el verdadero Lázaro, ha venido de allá a
fin de que nosotros creamos. ¿Lo hacemos ahora? No llega
trayendo noticias y emocionantes descripciones del más
allá. En cambio, nos ha dicho que prepara las moradas.
¿No es ésta la más emocionante novedad de la Historia,
aunque sea dicha sin despertar sensaciones? La Pascua
tiene que ver con lo inconcebible; su evento nos sale al
encuentro en un primer momento sólo a través de la
Palabra, no a través de los sentidos. Tanto más
importante es entonces dejarse aferrar un día por la
grandeza de esta Palabra. Pero, puesto que ahora
pensamos con los sentidos, la fe de la Iglesia ha
traducido desde siempre la Palabra pascual también en
símbolos que hacen presagiar lo no dicho de la Palabra.
El símbolo de la luz (y con él el del fuego) juega un
papel importante; el saludo al cirio pascual, que en la
iglesia oscura pasa a ser el signo de la vida, es para
el vencedor sobre la muerte. El acontecimiento de
entonces viene así traducido en nuestro presente: donde
la luz vence la oscuridad, acontece algo de la
resurrección. La bendición del agua pone de relieve otro
elemento de la creación como símbolo de la resurrección:
el agua puede tener en sí algo de amenazador, ser un
arma de la muerte. Pero el agua viva de la fuente
representa la fecundidad que, en medio del desierto,
edifica oasis de vida.
Un tercer símbolo es de otro tipo distinto: el canto del
Aleluya, el canto solemne de la liturgia pascual,
muestra que la voz humana no sabe solamente gritar,
gemir, llorar, hablar, sino justamente cantar. El hecho
de que, además, el hombre sea capaz de evocar las voces
de la creación y transformarlas en armonía, ¿no nos
permite presagiar, de modo maravilloso, de qué
transformaciones somos capaces nosotros mismos y la
creación? ¿No es éste un signo admirable de esperanza,
en virtud de la cual podemos presagiar el futuro y, a un
tiempo, acogerlo como posibilidad y presencia?
En las grandes solemnidades de la Iglesia, la creación
participa en la fiesta; o viceversa: en estas
solemnidades entramos en el ritmo de la tierra y de las
estrellas, y hacemos nuestro su conocimiento. Por esto,
la nueva mañana de la naturaleza que señala la primera
luna llena de la primavera forma parte tan real del
mensaje pascual: la creación habla de nosotros y a
nosotros; nos comprendemos correctamente a nosotros
mismos y a Cristo sólo si aprendemos a escuchar también
las voces de la creación.
La aflicción se convertirá en alegría
Todo aquello que podemos ver es –como por Isaías– el
Cordero, del cual el apóstol Pedro dice que fue
predestinado «ya antes de la fundación del mundo». Pero
la mirada sobre el Cordero –sobre Cristo crucificado–
coincide ahora precisamente con nuestra mirada al cielo,
con nuestra mirada sobre la eterna providencia de Dios.
En este Cordero, sin embargo, entrevemos lejana, en los
cielos, una apertura; vemos la benignidad de Dios, que
no es ni indiferencia ni debilidad, sino suprema fuerza.
De este modo, y únicamente en esto, vemos los santuarios
de la creación y percibimos en ellos algo similar al
canto de los ángeles, podemos incluso intentar acompañar
un poco a aquel canto en el Aleluya del día de Pascua.
Desde el momento en que vemos el Cordero, podemos reír y
podemos dar gracias; gracias a él también nosotros
comprendemos qué significa adoración.
Todas las palabras del Resucitado llevan en sí la
alegría –la sonrisa de la liberación: ¡Si vierais
aquello que yo he visto y veo!–, si un día alcanzáis a
ver el todo, entonces reiréis. Hubo un tiempo en el que
el risus paschalis, la risa pascual, era parte
integrante de la liturgia barroca. La homilía pascual
debía contener una historia que suscitase la risa, de
tal modo que la iglesia retumbase en carcajadas. Ésta
podía ser una forma un poco superficial y exterior de
alegría cristiana. Pero, ¿no es en realidad algo muy
bello y justo el hecho de que la risa se hubiese
convertido en un símbolo litúrgico? Y ¿no nos gusta
quizá que en las iglesias barrocas escuchemos todavía,
por el juego de los amorcillos y de los ornamentos, la
risa en la cual se anunciaba la libertad de los
redimidos? Y ¿no es un signo de fe pascual el hecho de
que Haydn dijera, respecto a sus composiciones, que al
pensar en Dios sentía una alegría cierta y añadiese:
«Yo, apenas quería expresar palabras de súplica, no
podía contener mi alegría, y hacía lugar a mi ánimo
alegre y escribía allegro sobre el Miserere»?
La visión de los cielos del Apocalipsis dice lo que
nosotros vemos en Pascua a través de la fe: el Cordero
muerto vive. Puesto que vive, nuestro llanto termina y
se convierte en sonrisa. La visión del cordero es
nuestra mirada a los cielos abiertos de par en par. Dios
nos ve y actúa, si bien de forma diversa a como pensamos
y a como nosotros quisiéramos imponerlo. Sólo a partir
de la Pascua podemos en realidad pronunciar de un modo
completo el primer artículo de fe; sólo a partir de la
Pascua éste se ve cumplido y consuela: yo creo en Dios,
Padre omnipotente.
De hecho, sólo a partir del Cordero sabemos que Dios es
realmente el Padre y es realmente omnipotente. Quien lo
ha entendido no puede estar ya verdaderamente triste y
desesperado. Quien lo ha entendido opondrá resistencia a
la tentación de ponerse del lado de los verdugos. Quien
lo ha comprendido no experimentará la angustia extrema
cuando él mismo esté en la condición del Cordero. Puesto
que se encuentra en el lugar más seguro. La Pascua nos
invita, en resumen, no sólo a escuchar a Jesús, sino, en
el instante en el que se le escucha, a aprender a ver
desde el interior. La máxima solemnidad del calendario
litúrgico nos anima, mirándole a Él, a Aquel que ha
muerto y ha resucitado, a descubrir la apertura en los
cielos. Si comprendemos el anuncio de la resurrección,
entonces reconocemos que el cielo no está totalmente
cerrado más arriba de la tierra. Entonces algo de la luz
de Dios –si bien de un modo tímido pero potente– penetra
en nuestra vida. Entonces surgirá en nosotros la
alegría, que de otro modo esperaríamos inútilmente, y
cada persona en la que ha penetrado algo de esta alegría
puede ser, a su modo, una apertura a través de la cual
el cielo mira a la tierra y nos alcanza. Entonces puede
suceder lo que prevé la revelación de Juan: todas las
criaturas del cielo y de la tierra, bajo la tierra y en
el mar, todas las cosas en el mundo están colmadas de la
alegría de los salvados. En la medida en la que lo
reconocemos, se cumple la palabra que Jesús dirige en la
despedida, en la que anuncia una nueva venida: «Vuestra
aflicción se convertirá en alegría». Y, como Sara, los
hombres que creen en virtud de la Pascua afirman:
«¡Motivo de alegre sonrisa me ha dado Dios: quienquiera
que lo sepa, sonreirá conmigo!» |