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Formas atípicas de monaquismo |
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Sería es, sin duda,
la cuna del anacoretismo atípico, probablemente de
origen autónomo, acaso paralelo al egipcio. Por la
Historia Religiosa de Teodoreto de Ciro conocemos la
vida de los primeros gigantes de la ascesis siria. Sin
embargo no poseemos un estudio crítico completo del
monacato sirio, ni el elenco de sus monasterios, ni la
biografía de sus fundadores.
Ha sido
necesario aprovechar los datos facilitados por la
investigación arqueológica en la destaca con méritos
propios el franciscano Ignacio Peña a quien seguimos
puntualmente.
Nos
circunscribimos a las principales formas atípicas de
vida monástica, ofreciendo sumariamente los datos
esenciales. Vaya por delante, como premisa, que los
monjes sirios, y más en particular los anacoretas
gozaban de una gran libertad para organizar su vida. En
general vivían libres como los pájaros del cielo –anota
el P. Peña-, sin reglamento de vida, no superior, al
menos los del primer período que discurre hasta el
Concilio de Calcedonia, año 421 |
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| Las sagradas Escrituras, las máximas de los
ancianos, y sobre todo, la iniciativa personal, eran
las normas sobre las que basaban su espiritualidad. Cada
solitario consultaba sus fuerzas y, siguiendo el carisma
que le dictaba la conciencia, se comportaba como le
parecía. Gracias a esa libertad de organización, el
monacato sirio produjo lo más pintorescos y variados
ejemplos de vida monástica. Sin pretender ser
exhaustivos, enumerados las diversas categorías de
monjes que marcaron el monacato sirio. |
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1.- MONJES ESTACIONARIOS |
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Se condenaban a una
inmovilización absoluta imponiéndose como regla o norma
estar siempre de pie, sin hablar ni alzar los ojos, sin
extenderse para dormir. Teodoreto enumera varias
modalidades. Algunos para conservar la posición vertical
se valían de un bastón como ayuda. Otros apoyaban su
cuerpo en la pared para evitar caídas. Y no faltaban
quienes se ataban a un poste o a una viga del techo, o
bien pasaban largas horas arrodillados ofreciendo
oraciones a Dios. Esta práctica terrible y
desconcertante ascesis se prolongó hasta bien entrado el
siglo X. |
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2.- MONJES DENDRITAS |
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El nombre procede
de la palabra “dendron” que significa árbol en griego.
Se trataba de anacoretas paleolíticos. Construían sobre
las ramas, o en la misma copa de los árboles, una
especie de cabaña donde trascurrían su vida. Cuando
temían caerse o perder el equilibrio se amarraban al
tronco del árbol con cadenas o cuerdas. La ascesis
dendrita emigró de Siria a Occidente, ya que observamos
en el siglo XIII a san Antonio de Papua practicando de
este género de durísimo ascetismo. El santo se hizo
construir una gran cabaña entre las ramas de un enorme
nogal y allí pasó los últimos días de su vida.
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3.- MONJES ACEMETAS |
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Cabe traducir el
término por “monjes que no duermen o que son
vigilantes”. Vivían en comunidad y se turnaban por
grupos para asegurar día y noche la recitación continua
del Oficio divino. Interpretaban a la letra las palabras
de Jesús: “Es preciso orar en todo tiempo y no
desfallecer” (Lc 18,1). De esta manera la comunidad en
cuanto tal no dormía, permaneciendo siempre en oración o
bien cumpliendo el tiempo en el apostolado y servicio a
los necesitados.
Entre
sus miembros destacó san Alejandro –fallecido el año
430- jefe de una comunidad con varios centenares de
monjes, quien ejerció un decisivo influjo en la
conversación de las tribus árabes de la estepa. Se
estableció primero a orillas de Éufrates y emigró más
tarde a Bizancio. |
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4.- MONJES PASTORES |
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Llamados en griego
“boskoi”. Es un término usado por el historiador
Sozomeno para designar a ciertos ascetas de costumbres
salvajes. Vivían en bosques o bien en la campiña
alimentándose de hierbas, raíces y frutas. No debió
parecer tan extravagante esta forma penitencial de
monaquismo, ya que algunas comunidades cristianas
elegían a sus propios obispos entre esta clase de monjes
de los que escribe H. Leclercq: “Ignoraban el hambre y
la sed, y transportaban su “iglesia” consigo,
instalándose allí donde su voz resonaba con himnos
sagrados. Y dejaban de ayunar solamente cuando se
morían”. |
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5. MONJES ESTILISTAS |
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Se les denominaban
así por vivir sobre una columna. Estas columnas bien
labradas para los monjes “estilistas” eran costeadas por
bienhechores pudientes quienes apreciaban en sumo grado
la abnegada vida de estos originales ascetas. Es, sin
duda, la forma de vida anacorética que ha hecho más
famoso al monacato sirio el cual cuenta entre sus
seguidores a grandes santos. Gracias al ascendente tan
notable de su Fundador san Simeón el Grande o también
“Estilista” este género de rara ascesis se propagó
prodigiosamente en Siria, suscitando numerosas
vocaciones entre sus conciudadanos. Su vida transcurre
entre el año 389, fecha de su nacimiento, y el 459 en
que murió. Vivió santamente con inimitable austeridad y
según el testimonio de Teodoreto se decidió a vivir
sobre una columna para sustraerse al acoso de las gentes
que querían tocarlo llevando consigo un trozo de su
raído y pobrísimo vestido.
La
última columna habitó medía 17 metros. Su biógrafo lo
defiende de malévolas acusaciones: “Yo creo –dice
Teodoreto- que él no ha hecho esta elección sin una
particular inspiración de Dios. Por lo mismo exhorto a
los críticos a frenar su lengua y a no usarla
desconsideradamente, sino que piensen más bien cómo el
Señor sugiere con frecuencia cosas de este estilo para
el bien de los hombres desidiosos”.
El
ejemplo de san Simeón Estilita es paradigmático. Su
famosa columna se convirtió en un faro que atrajo cada
día a numerosas muchedumbres deseosas de contemplar el
espectáculo de un hombre que por espacio de 37 años
vivió entre el cielo y la tierra. San Simeón armonizó de
manera admirable la vida solitaria y la vida apostólica.
Sobre su columna, se separó en sentido estricto de la
tierra y de sí mismo, pero no se olvidó de sus hermanos
los hombres. La columna se convirtió en una auténtica
cátedra de enseñanzas evangélicas, consiguiendo muchas
conservaciones de paganos a la fe cristina. Evangelizaba
al pueblo dos veces al día: por la mañana y por la
tarde.
La
mayor parte de los estilistas a la imitación de
Simeón el Grande, se protegían contra la lluvia y los
rayos del sol con consistía en un taburete para sentarse
y un cesto que atado a una cuerda se arrojaba al suelo
para recoger las escasas provisiones que le traían
personas devotas encargadas de atenderles. Las columnas
no se construían en la soledad del desierto, sino más
bien en las cercanías de centros urbanos y al lado de
grandes vías de comunicación lo cual favorecía
frecuentes peregrinaciones en busca de los que eran
considerados hombres de Dios. |
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6.- MONJES RECLUSOS |
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Otra numerosa
categoría de monjes estaba constituida por ascetas
recluidos voluntariamente para evitar contactos con el
mundo. Se encerraban en celdas estrechas llamadas por
ellos “calabozo” donde no hablaban más que con Dios. En
los reducidos espacios de esta forma de vida monástica
innumerables monjes y monjas pasaron gran parte de su
existencia sintiéndose felices de permanecer en
reclusión entre cuatro paredes.
En
Siria los lugares de los monjes reclusos revistieron
diversas modalidades: grutas naturales, chozas, casa de
barro, sepulcros, cisternas vacías e incluso torres que
habían sido utilizadas como fortaleza militares. Si
alguien se pregunta cómo empleaban su tiempo los
reclusos y reclusas, pueden oír la respuesta testimonial
de Melania la Vieja quien describe así su jornada:
“Después de esto hilo un poco de lino, releo la vida de
los Santos Padres, de los Patriarcas, de los Apóstoles,
de los Mártires. Al atardecer alabo al Señor mi Dios,
tomo un poco de pan, y consagro a la oración varias
horas durante la noche”.
Los
reclusos más celebres tenían que atender a los
visitantes, pero muchos de ellos no abrieron sus labios
para responder a quienes les interpelaban. |
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7.- MONJES IDIOTAS O DEMENTES |
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Los anacoretas más
desconcertantes que poblaron las soledades sirias fueron
sin discusión los “dementes” o locos por Cristo,
llamados saloi en griego. Para practicar la
humildad y el desprecio de sí mismos se finjían idiotas
ante el pueblo haciéndose pasar por débiles mentales
para sufrir burlas y desprecios. A veces el realismo era
tal que resultaba difícil distinguir con exactitud los
limites del fingimiento y de la locura verdadera.
Consagraban la noche a la oración solitaria e intensa.
El más ilustre representante de esta sorprendente
categoría o clase de ascetas fue san Simeón el Loco.
Fallecido en el 590, cuya vida fue escrita por Leoncio,
Obispo de Neápolis en Chipre, a mediados del siglo VII.
Aunque la conducta excéntrica de algunos monjes
“idiotas” llegó a extremos increíbles, el pueblo
cristiano intuyó con finura que se trataba de una locura
simulada por amor a Jesucristo, en un intento por imitar
a san Pablo (2 Cor 11,1; 12,11). Atendiendo a sus muchos
riesgos y peligros de escándalos, los Obispos
prohibieron pronto este género de extravagancias que
turbaban la conciencia de muchos cristianos.
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8.- MONJES ITINERANTES O GIRÓVAGOS |
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Eran el extremo
opuesto de los anacoretas reclusos. Estos monjes con el
pretexto de manifestar su condición de extranjeros en
este mundo, abusaban de la buena fe de los demás
ascetas, vagabundeando de pueblo en pueblo y de casa en
casa, y perturbando la paz de las comunidades
cristianas. Los monjes itinerantes estaban siempre de
camino sin detenerse jamás en ninguna parte. Respetando
el juicio de los que consideraban este género de vida
como una forma de penitencia muy apreciada en la
Antigüedad, los excesos y abusos se hicieron notar
pronto.
San
Jerónimo que conoció a los monjes giróvagos en los
desiertos de Calcis los criticó severamente lanzando
contra ellos durísimas invectivas. San Benito los
anatematiza en su Regla, ya que su conducta oportunista
y disipada desprestigiaba el verdadero cenobitismo entre
el pueblo fiel. Esta indeseable clase de monjes
relajados fueron pronto condenados por diversos
Concilios regionales, ya que observando su modo
atrabiliario y egoísta de actuar se podía sacar una
consecuencia: “Por su conducta no merecían ser monjes, y
por su hábito no eran tampoco seglares”. |
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9.- MONJES DESTECHADOS |
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Se les llama así de
monjes y monjas que vivían entre cuatro paredes sin
techo, alternativamente abrasados por el calor y
congelados por el frío o bien bañados por la lluvia.
Hubo mujeres que profesaron esta forma de penitencia
como Marana y Cira. Destacó como “destechado” san Juan
Marón, fallecido el año 410, quien abandonó dicho género
de vida para dirigir una nutrida confederación de
monasterios. En el siglo VIII sus fieles discípulos,
llamados maronitas, lo proclamarán Patriarca.
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10.- MONJES HIPETROS |
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En la primitiva
gama monástica no deben olvidarse a los hipetros
(del griego ypethrios) llamados así por tratarse de
monjes que vivían a la intemperie. Teodoreto los
clasifica en dos grupos: los que se encerraban en
recintos no cubiertos, hechos de piedra sin argamasa
donde el sol los tostaba en verano, y el hielo los
torturaba en invierno; y los que despreciando el más
modesto recinto se exponían inmóviles a la curiosidad
general, de tal manera que la gente podía verles y
palparles.
Parece
que deben su origen a san Marón en su primera etapa
anacorética. Continuó este atípico ascetismo su
discípulo Jacobo el Grande que vivía en una montaña
cercana a Tiro. Los monjes hipetros se asemejan
mucho a la categoría anteriormente descrita. Fueron
objeto de admiración aunque desaparecieron pronto del
espectro monástico. |
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11.- REFLEXION RECAPITULADORA |
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Se trata
ciertamente de formas desconcertantes de monaquismo que
se dieron en Siria durante los siglos IV y V. Hemos
descrito diez clases, siguiendo a los historiadores del
monacato antiguo. Algunos de estos monjes rayaron en
graves errores, según el testimonio de Epifanio de
Salamina. El Concilio de Calcedonia (451) sometió a los
monjes a la vigilancia y control de los Obispos
poniéndose remedio a numerosos abusos y excentricidades.
Dejando al margen toda una compleja franja de
situaciones y conductas, el monacato sirio ha merecido
grandes alabanzas de los estudiosos por su alta
ejemplaridad y elevados valores contemplativos.
Teodoreto de Ciro captó muy bien el núcleo de esta
renunciadora espiritualidad: “Abrazan la vida solitaria,
se aplican a no hablar más que de Dios, no se conceden
la más insignificante parte de consuelo humano”. Se
incorporaban a la vida anacorética cristianos que
buscaban principalmente la perfección evangélica. Así
ocurre con san Simeón Estilista quien a los quince años
oyó en una Iglesia el relato de las Bienaventuranzas, y
al preguntar por su significado escucha que constituyen
el mejor camino para conseguir la felicidad eterna,
decidiéndose desde aquel momento a profesar el duro
ideal monástico.
Para
valorar con objetividad las genuinas cualidades del
monacato sirio no debe centrarse la atención en lo
espectacular de sus extraños comportamientos, sino en el
meollo vital y centro inspirador de una espiritualidad
de renuncia y exigencia, de ardiente búsqueda de Dios y
de imitación de Jesucristo por el arduo camino de la
penitencia. Ciertamente, muchas modalidades de esta rara
ascesis son admirables y no imitables, pero la savia
vivificante de estas formas de vida era la gracia divina
y la actuación del Espíritu Santo en hombres y mujeres
que optaron definitivamente por el fiel seguimiento de
Jesucristo. |
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