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Durante la profesión
monástica el monje es “despojado” de los propios vestidos y
recibe los del monasterio (RB 58, 26-28). No se trata de adoptar
en adelante un vestido litúrgico o una indumentaria más simple,
sino de llevar un vestido proporcionado por el abad. La
diferencia entre el vestido de antes de la profesión y el de
después es que el uno era libremente escogido y el otro es dado
por el abad. En una palabra, con el cambio se indica que el
monje ha perdido el derecho de propiedad. El hermano, pues, más
que la adopción de un informe, expresa la relación nueva que el
monje tiene hacia Dios y la comunidad.
Los elementos
de que consta este vestido son descritos en 55,4; la túnica,
alargada hasta debajo de las rodillas y con mangas; la cogulla o
manto semicircular cerrado (como una casulla) con capucha; el
escapulario, probablemente un capuchón que se prolongaba hasta
cubrir las espaldas. En 22, 5 son mencionados los cintos o
cuerdas, y en 55, 13 los femorales para cuando, yendo de viaje,
había que arremangar la túnica hasta la cintura. SB deja una
gran libertad por lo que se refiere a la calidad, el color y el
corte de estas piezas; todo debe ser visto en función de la
simplicidad y teniendo en cuenta el clima (55,1), la pobreza (v.
7), el decoro (vv. 8 y 14).
Nada permite
pensar que hubiera diferencia esencial entre el vestido
monástica contemplado en RB y el de los campesinos italianos de
la época, 55,9 prevé que la ropa usada sea guardada para los
pobres; el elemento diferencial más notable respeto a los
seculares era la tonsura (1,7). Con todo, ya Regla del Maestro
90, 78-87 y antes Casiano, Instituciones 4, 5-6, por el
modo sacral con que hablan del vestido y el simbolismo que le
dan, hacen verosímil creer que San Benito conocía y seguía la
mística del hábito relación con la vestidura bautismal.
Por semejante
que fuera al vestido de los seculares, el hábito, monástico se
diferenció rápidamente de él, tanto por la evolución del vestido
civil como por la estilización progresiva del hábito; en tiempo
de S. Gregorio Magno la distinción ya es un hecho. El mismo
cuenta (diálogos 1) cómo Román entregó a SB “el hábito de una
vida santa”, gesto que, desde la época de Pacomio, equivalía a
comprometerse en el estado monástico.
El color, que
SB deja libre, estuvo en función de las variantes de la lana sin
teñir (blanca, negra o marrón), pero en la Edad Medía ya resultó
un elemento diferencial entre los religiosos; los cluniacenses
adoptan el negro, que con el tiempo será el propio de los
benedictinos, mientras que las demás congregaciones monásticas
toman el blanco. El color y el uso de pieles serán temas de
controversia a partir de entonces. En cambio, hoy en día el
laconismo de San Benito, la depreciación de todo uniforme en
nuestra sociedad y la reducción o abandono de un vestido
distintivo por parte de los clérigos ha situado la polémica
–especialmente en el monaquismo masculino- en el terreno de
hasta qué punto es preciso un hábito distintivo y si hay que
llevarlo siempre.
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