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Monastíca

Artículos mónasticos

A los enfermos “se les sirva como a Cristo en persona, a mí lo hicisteis”

Jesucristo

RB centra su proyecto monástico en la persona de Jesucristo. Nos lo presenta como el único Maestro auténtico que “nos muestra el camino de la vida” verdadera (Pról, 20). De él reciben su función los demás “maestros espirituales” (cf, 2, 2.4). Ve a Jesucristo, evidentemente, como al crucificado (cf. 2, 2.4). Ve a Jesucristo, evidentemente, como al crucificado (cf. Pról, 50; 7, 35,43), pero ante todo como al Señor resucitado y, por su resurrección, Jesucristo pertenece tanto al pasado, como al presente y al futuro; por eso es contemporáneo de cada cristiano, presente en la propia vida. De ahí que el objeto de la vida monástica –y más en general, de la de todo aquel que quiere vivir la fe en profundidad- sea llegar a un encuentro con Jesucristo, cada vez más intenso, siempre actual en un diálogo de corazón a corazón con él, hasta el día en que veremos tal como es en la Pascua eterna. Sólo conociéndolo y amándolo a fondo se le podrá seguir incondicionalmente. Por decirlo con una expresión muy apreciada por S. Pablo, el monje tiene que vivir “en Cristo” (cf. Ga 2.20); estrechamente unido, en comunión, a él. Más que de imitar artificialmente la vida terrestre de Jesús, se trata de seguirle y vivir de él a través de la participación de su misterio pascual a través de la liturgia, de la oración individual, de la lectura de la Escritura y de la comunión fraterna

En ese sentido, es significativo para ver cómo SB se interesa más por Jesucristo, resucitado viviente en medio de la Iglesia que no por la humanidad del Señor y por su vida terrena, el hecho de que en toda RB no encontramos nunca el nombre de Jesús, ni cuando cita textos del Nuevo Testamento que usan dicho nombre. Jesús es siempre el Señor, el Rey, el Pastor, dios verdadero. Presente y activo en la comunidad. De ahí que toda la espiritualidad benedictina es una espiritualidad pascual y, por lo tanto, litúrgica.

            RB dice que Jesucristo es el móvil que debe tener el monje para vivir y actuar: “No anteponer nada al amor de Cristo” (4,21), “En el amor de Cristo, orar por los enemigos” (4, 72). “Esta obediencia es propia de quienes nada estiman más que a Cristo” (5,2). El monje llega a cumplirlo todo “sin ningún esfuerzo, como instintivamente, por costumbre; no ya por temor al infierno, sino por amor a Cristo” (7, 68-69). “Al abad, puesto que se sabe por la fe que hace las veces de Cristo, le llamarán “señor” y “abad”, no porque él se lo haya arrogado, sino por honor y amor de Cristo” (63,13). Que los monjes “no antepongan absolutamente nada a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna” (72, 11-12). “Cumple, con la ayuda de Cristo, esta mínima Regla… y entonces llegarás seguramente, con la protección de Dios, a las cumbres más elevadas de doctrina y de virtudes” (73, 8-9)

            Asimismo, Cristo es también quien rige las relaciones mutuas entre los monjes: A los enfermos “se les sirva como a Cristo en persona, a mí lo hicisteis” (36, 1-3). “A todos los forasteros… se les acogerá como a Cristo, ya que él un día ha de decir: Era forastero, y me acogisteis…; adorarán en ellos a Cristo, que es a quien reciben” (53, 1-7). “Muéstrese la máxima solicitud en la acogida de los pobres y de los peregrinos, porque en ellos se recibe más a Cristo” (53, 15).  (Cf. También 2,2 y 63, antes citados).

            Esos versículos que toda la finalidad de la vida monástica es el amor a Cristo y el afán de descubrirle presente en la propia vida, en la de los demás, sean quienes sean, y también en todos los acontecimientos diarios. El monje ha optado por J. y pone toda su vida en función de él porque no se ama nada fuera de Cristo. Todo, pues, es cuestión de amar, para corresponder al amor de Dios (cf. 1 Jn 4, 10-11). Dicho amor centrado en Jesucristo tiene que ser la motivación profunda de toda la actuación del monje, así como la razón que le da aliento en las dificultades. Este seguimiento de Jesucristo por el camino del amor se prolonga hasta la vida eterna; por esto el monje debe tener ansia de llegar a ella (cf. 4, 46; 5, 10) y de encontrarse allí personalmente con Jesucristo.

            Esta visión cristocéntrica de San Benito se puede aplicar a múltiples aspectos de la vida personal. En primer lugar, haciendo que Jesucristo sea realmente el centro de la propia existencia, viéndolo no como un personaje del pasado, sino como Alguien presente, íntimo; de hecho, RB nos presenta al monje como una persona fascinada por Jesucristo. Esto supone también ser consciente de que él conduce toda nuestra vida hacia la salvación. En segundo lugar, la visión cristocéntrica benedictina pide traducir la propia vivencia cristiana en la relación con los demás. Invita a ver a Jesucristo presente en los enfermos, los pequeños, los huéspedes, y por tanto en toda persona que sufre. La máxima de “no anteponer nada al amor de Cristo” (4, 21) debe hacerle atento a los múltiples rostros que Jesucristo toma (cf. Mt 25, 31-43). Para saberlos descubrir, sin embargo, habrá que afinar la oración y tener un conocimiento profundo y vívido del Evangelio. Entonces Jesucristo será realmente el Señor de nuestras vidas (Cf. Pról, 3)

            El impacto de la espiritualidad cristológica de San Benito será grande en la tradición posterior. Y, sin renegar de sus raíces, los autores monásticos le darán nuevos coloridos según el momento histórico.