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Regla de Benito, que habla de Cristo, no
dice nada de María. La mención del cántico evangélico
(17, 8) es el primer testimonio en Occidente del uso del
Magnificat en vísperas, pero no se puede decir que San
Benito la introdujera; tampoco la mención no tiene
ninguna significación mariana especial, sino que está en
paralelismo con el Benedictus de laudes. |
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La piedad de los
monjes de Occidente se caracteriza por una cierta
sobriedad. La han mostrado cuando fue oportuno hacerlo,
en consonancia con las preferencias de la Iglesia de
cada época y de acuerdo con la gracia personal. El
influjo que sobre este punto los monasterios hayan
podido tener deriva del fervor con que han vivido.
Fervor que permanece estrechamente vinculado a la
liturgia y, por lo tanto, a la Biblia que proporciona
los textos María es ciertamente honrada, ensalzada e
invocada, pero siempre a causa de su relación
incomparable con Jesús. También es asociada, en los
autores en el monaquismo explica que se insista
favorablemente en la virginidad.
Del siglo IX al XI,
la piedad mariana del monacato se confunde con la de la
Iglesia de Occidente; ésta evoluciona bajo el influjo de
algunas personalidades, casi todos monjes. A partir de
la escolástica, la devoción –más que las devociones-, a
María se mantiene en los monasterios, mientras que la
teología mariana se desarrolla en las escuelas. Dentro
de esta tónica, dos figuras monásticas destacan.
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Anselmo es autor de
las tres célebres oraciones L-LII. En ellas
ensalza las grandezas de María, pero introduce una
dulzura y una ternura hasta entonces desconocidas. Se
encuentra en el origen, por el lugar que concede a la
compasión, de la corriente que presentará los dolores de
María hasta y durante la Pasión; pero en él el acento
está puesto en las alegrías de María que compensan sus
sufrimientos.
En
cuanto a S. Bernardo, se ha abusado al hablar de su
devoción marina No ha escrito ninguna obra sobre María,
ni ha hablado de ella extensamente en ninguno obra sobre
María, ni ha hablado de ella extensamente en ninguno de
sus tratados. De sus sermones (mas de 230), dieciocho
son fiestas marianas, pero el espacio concedido a la
virgen no es en él preponderante. Si se le puede
considerar doctor mariano es por el fervor que lo anima,
por la irradiación de su doctrina en vida y después de
la muerte, por su gran valor literario y por el ardor de
su piedad. Siempre asocia a María a la historia del
Verbo, y lo hace con una inspiración bíblica directa y
casi exclusiva. Eso explica su posición negativa sobre
la Inmaculada Concepción (descrita en la carta 174, h.
1138, a los canónigos de Lyon), procedente de la
doctrina agustiniana de que el pecado original se
propaga por la concupiscencia vinculada a la generación
sexual.
Antes y
después de estos grandes doctores, otros monjes marcaron
la espiritualidad por lo que respeta a María. Hay que
mencionar algunos. Ambrosio Autperto (m. 784) es el
autor de los primeros sermones latinos consagrados
directa y exclusivamente a celebrar a la Virgen. Alcuino
(m. 804) influyó en la práctica litúrgica y privada de
consagrarle el sábado. Dos monjes de Corbie escriben los
primeros tratados de mariología salidos del monaquismo
occidental: Ratramno (m. 868), en el libro De eo quod
Christus ex Virgine natus est; el abad Pascasio
Radberto (h. 865), en el comentario sobre el salmo
Eructavit y en los escritos De partu Virginis e
Historia de ortu sanctae Mariae. Los abades de Cluny,
especialmente Pedro el Venerable, mostraron una
fervorosa piedad hacia María. El secretario de S. Aselmo,
Eadmero (m. 1141) escribe a favor de la Inmaculada
Concepción en dos obras: De excellentia virginia
Mariae y de conceptione santae Mariae. Ruperto de
Deutz (m. h. 1130) ve en el Cantar de los cantares el
diálogo entre Cristo y María, y en el De operibus
Spiritus Sancti sitúa a María como perfecto de la
Iglesia. De Amadeo de Lausana (m. 1150) conservamos ocho
homilías marianas. El abad Arnaldo de Bonneval (m. h.
1160) considera todas las escenas de la vida de María
desde el Calvario, en el De laudibus beatae Mariae.
Santa Matilde (m. 1283) dedica un pequeño tratado
sobre la Virgen en el Liber specialis gratiae, y
las Revelaciones de Sta. Gertrudis (m. 1302) expresan
también la piedad mariana con ocasión de las fiestas del
año litúrgico. Notemos todavía que un ermitaño de
Montserrat, Antonio Alvarado (m. 1613), escribe un
tratado sobre el modo de rezar el rosario y un opúsculo,
Devoción de la esclavitud de la virgen desterrada,
para una cofradía que fundó en Valladolid.
Sería
inacabable la lista de escritores de tema mariano y de
prácticas devotas fomentadas por monjes, en bastantes
casos con motivo de la simbiosis de un monasterio con un
santuario. Las características de sobriedad y de
vinculación con la liturgia, antes descritas, son las
que resumen mejor la posición del monaquismo benedictino
por lo que se refiere a la doctrina y al culto a María.
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