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Pero en general RB ve en monasterio como el
hogar donde los que deben vivir en él pueden encontrar el
ambiente adecuado para facilitar y fonmentar la búsqueda de
Dios; un hogar donde “no hay que anteponer nada al amor de
Cristo” y donde su presencia se manifiesta en todo. Es el lugar
donde hay que vivir de fe y de amor y donde la práctica de los
mandamientos deber ser vivida con amplitud de corazón (Pról, 49;
4, 78), sin distinción de personas, de clases (2,16) o de edad
(3,3; 63, 5).
El monasterio es llamado casa de
Dios, también templo de Dios, que acoge en su seno a
los que el Señor mismo ha llamado. Esta expresión en el Nuevo
Testamento designa la Iglesia, y este uso propio de RB pone
relación la comunidad monástica y la Iglesia y este uso propio
de RB pone en relación la comunidad monástica y la Iglesia. Los
monjes viven en él continuamente atentos a la presencia de Dios,
escuchando su palabra, siempre dispuestos a cumplir la voluntad
divina. La oración, el trabajo y la lectura llenan su vida.
Pero el servicio de Dios no se
improvisa. Por eso el monasterio recibe también el nombre de
escuela del servicio divino, por que se aprende a imitar a
Cristo por el camino de la humildad y de la obediencia
estimulado por el celo de la caridad purificada, a fin de
discernir lo que Dios pide en cada momento a la comunidad y a
cada uno de sus miembros.
Finalmente, el monasterio es el
taller del arte espiritual, donde hay que trabajar
diligentemente el espíritu por medio de las virtudes. Las
enseñanzas recibidas, los fervores de la plegaria y los ideales
de perfección deben ser transformadas en cualidades humanas, en
amor práctico y desinteresado.
Las recomendaciones de que “todas
las cosas necesarias… se ejerzan dentro del recinto del
monasterio” (66,6), junto con la existencia de las dependencias
ya previstas por la Regla –oratorio, comedor y cocina,
dormitorio, enfermería, hospedería, noviciado- han hecho que
desde los inicios el monasterio benedictino fuera un complejo
arquitectónico de una cierta envergadura y hayan dado lugar, en
los siglos posteriores, a monumentos imponentes por las
proporciones o el arte. Con todo, la biblioteca, “el máximo
ornamento de un monasterio benedictino” durante muchos siglos es
irrelevante, ya que en la Edad Media los grandes cenobios no
poseían más de un centenar de códices.
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