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3. La vida del monje como
liturgia |
La expresión “una
escuela del servicio divino” (Pról. 45) puede ser
comprendida como “milicia del servicio de Dios” o como
“escuela de perfección cristiana”. Pero también es posible tomar
la palabra “servicio” en el sentido neotestamentario de
“liturgia como culto espiritual” El monje, pues, es un
licurgo. Encuentra su razón de ser en la participación de los
sufrimientos de Cristo con la paciencia a fin de merecer
compartir también su reino (cf. 50). Ve a Cristo en cualquier
persona (53,1-2), considera vasos sagrados los objetos (31,10),
dialoga con Dios en un vaivén en que Dios le busca (Pról, 14) y
el monje viene al monasterio a buscar a Cristo (58,7).
Vive en la esperanza de la Pascua (49,7) no sólo durante la
cuaresma sino que ésta debería ser su actitud constante (49,1),
porque espera ser conducido con todos sus hermanos a la vida
eterna (72,12). Salir, andar, correr, conducir, llegar, son
verbos dinámicos frecuentes en RB.
Así como la
comunidad hace la liturgia, también la liturgia forja la
comunidad. Y ésta se hace tal en la liturgia, donde san
Benito prevé que los monjes participen con orden de comunidad
(63,6). “Estar en el coro”, define, en cierto sentido, al monje
en el ámbito de la comunidad; el lugar que ocupa en ella le ha
sido asignado al integrarse en una comunidad concreta.
El culto
espiritual que es la vida monástica no admite solución de
continuidad entre oración, lectura y trabajo, porque integran el
servicio divino que es el culto a Dios. Todo converge hacia el
oficio divino, no en el sentido de que el monje sea para el
coro, sino porque en la plegaria comunidad en la cual cada monje
se ha integrado. Lo que explica que a lo largo de los siglos la
liturgia haya sido, en los monasterios, más bien “vivida” que no
“pensada” y “reflexionada”. Los monjes han encontrado en ella
el camino para ir a Dios, y no primordialmente un servicio de
Iglesia o una función pública a asegurar en nombre de otros
cristianos. La liturgia ha informado la vida monástica y
sobre todo su cultura, porque ha sido integrada con las
observancias de la vida común.
Gracias a dom
Guéranger, en los países que recibieron el impacto de su obra
restauradora, los monasterios renovaron la estima por la
participación en el misterio de Jesucristo a través de
publicaciones, para hacer penetrar hasta las parroquias el
espíritu litúrgico vivido en los monasterios. El nuevo período
inaugurado por el Concilio Vaticano II, por el cual la liturgia,
ha tomado un carácter más pastoral y se ha convertido en
patrimonio de toda la Iglesia, hace prever que en el futuro la
función de los monjes en el movimiento litúrgico estará cada vez
más vinculada a los valores mismos de la vida monástica, y no a
una eficacia pastoral inmediata. Los monasterios, más que
lugares de conservación o de ejemplaridad y de difusión
litúrgicas serán sus lugares de creación, en la medida en que el
contacto habitual con el Creador favorecerá la transmisión y la
expresión del entusiasmo de la fe vivida. |