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1.
El oficio divino
Llama la
atención al lector de RB el gran número de capítulos dedicados a
la plegaría (8-20) y la extensión que ocupa en el horario
monástico. El término “oficio divino” no se encuentra nunca
monástica. El término “oficio divino” no se encuentra nunca en
el código litúrgico sino en otras partes de RB, concretamente 16
veces del capítulo 7 al 67. El código mencionado queda bien
integrado con los capítulos 42, 43, y 52, hasta darles no sólo
un esquema y un estilo de plegaria sino también una visual
litúrgica.
La
división del año (c.8) consta de verano (que comienza en Pascua)
y de invierno (que se inicia el primero de noviembre). Pero en
un plan más estrictamente litúrgico, hay otras dos divisiones,
una (c.41) en cuatro partes: de pascua a Pentecostés, verano,
invierno (del 13 de septiembre al inicio de Cuaresma), de
Cuaresma a Pascua; y otra (c48) en tres: de Pascua al inicio de
octubre, de octubre a Cuaresma, de Cuaresma a Pascua. A
diferencia de RM, preocupada por las etapas del año litúrgico
que condicionan los ayunos pre-pascuales, RB se interesa más
bien por motivaciones litúrgicas en sentido estricto. Al revés
de su calendario estacional, el año litúrgico de SB es muy
simple. Sólo menciona tres fechas: Pascua, Pentecostés y el
capuz quadragesimae (sin precisar qué día tiene lugar:
probablemente sería el actual lunes después del domingo primero,
que RM 53,11 llama (ipso die quadragesimae) No dice nada
del ciclo Navidad-Epifanía, ni del triduo pascual, y habla
genéricamente de las “fiestas de los santos” y de las
“solemnidades” (14,1)
El cursus semanal
empieza el domingo (18,6), del cual recibe todo su significado
la semana. El día queda marcado por las siete horas de plegaria
y las vigilias nocturnas, justificadas en el c. 16 por las citas
de Ps 118, 164 y Ps 118, 62 respectivamente (RM, que une los
nocturnos y las laudes, justifica las siete horas solamente con
la primera cita). De las siete horas diurnas, laudes y vísperas
tienen una mayor importancia, como se ve por la designación
enfática misma (matutinorum solemnitas, 13,1, y vespertina
sinaxis, 17, 7), por los cánticos evangélicos que les son
asignados (13, 11; 17, 8), por el Padrenuestro dicho en voz que
las laudes condicionan, especialmente en verano, la hora de las
vigilias (8,4).
Una aportación original
de RB que no se encuentra ni en RM ni en el oficio romano
primitivo es el tercer nocturno de las vigilias dominicales, la
vigilia catedral oriental con la cual tiene en común la
salmodia, la proclamación del evangelio y la bendición o
despido; el Te decet laus también remite al Oriente,
mientras que el Te Deum –así como el uso de los demás
himnos, que llama ambrosianum (9,4; 12,4; 13,11;17,1)-
proviene de Milán, El Cursus semanal presenta también la
particularidad de la selección de ciertos salmos para unas horas
determinadas (en vez del salterio seguido, de RM), coincidiendo
en las horas mayores con la estructura fundamental de la
distribución del oficio romano, aunque difiere de él en la
selectividad.
Todo este ordenamiento
es una síntesis fiel a dos tradiciones; 1) la monástica, que se
manifiesta ante todo en el oficio de vigilias (el mantenimiento
inmutable de los doce salmos de la famosa Regla del Angel:
Casiano, Instituciones 2, 5-6), las horas de tercia,
sexta y nona (que el monaquismo urbano convirtió en oración
comunitaria), la prima (recogida probablente de Casiano) y las
completas (de origen oriental y que en Occidente se desarrollan
sobre todo en las Reglas de Cesáreo y Columbano; y 2) la
eclesiástica, para laudes y vísperas, además del tercer nocturno
dominical. En conjunto, RB hace una relectura del oficio de RM
porque quiere ser fiel a las tradiciones monásticas y
eclesiásticas, tradiciones que ya se encuentran fusionadas en el
oficio romano primitivo de las basílicas, que usa como fuente
principal de inspiración.
Las formas de cantar los
salmos son varios: cum antiphna aut certe decantandus, el
salmo invitatorio (9,3); sine antiphone in directum
(12,1); subtrahendo modice, el salmo 66 al inicio de
laudes (13,2), in directum, los salmos de las horas
menores, si la comunidad es pequeña (17,6). Estos salmos están
insertos en una variedad y riqueza de fórmulas (lecturas,
responsorios, versículos…) las cuales son expresadas en una
gestualidad también multiforme: se escuchan las lecturas
sentadas, pero se levantan para el Gloria del último
responsorio, las lecturas se leen en el atril, etc. Incluso la
celebración misma ya conlleva todo un ritual: suena la señal, se
deja el trabajo, se afana en acudir al oficio, se canta, se
escucha, se sienta, se levanta, se hace silencio, se deja el
coro en silencio.
Por lo que atañe a la
espiritualidad que informa el oficio divino benedictino, hay que
destacar:
-La dimensión pascual, subrayada por
el capítulo entero dedicado al aleluya y por los salmos
seleccionados para las vísperas –los cantados en la cena pascual
judía-, dimensión que informa toda la Regla.
-El sentido de la presencia de Dios, fundamento
de toda la vida espiritual del monje, “sobre todo… cuando
estamos en el oficio divino” (19,2).
-La participación plena, activa y consciente del
monje en la oración, participación plena, activa y consciente
del monje en la oración, resumida en el clásico aforismo
“mantengámonos de tal manera en la salmodia que nuestra mente
concuerde con nuestra voz”, y que transforma la liturgia de
deber (officium, pensum servitutis) en alabanza.
-La simplicidad de las formas de oración
(“seremos escuchados, no porque hablemos mucho, sino por la
pureza de corazón” 20,3 “si alguien… quiere orar con más
recogimiento, entre él solo y ore; no en voz alta”, 52,4),
simplicidad que no propugna métodos sino libertad de formas (cf.
50,4; 11,12); 5) la importancia del oficio divino (“Nadase
anteponga a la obra de Dios”, 43,3) y el deber de “apresurarse”
para ir a su celebración (cf. 22,6;43,1).
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