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En palabras de
Leclercq, la restauración monástica del siglo XIX se
habría caracterizado por estos rasgos:
“Monacato de reacción contra un estado
reciente de la sociedad y de la Iglesia que estaba
dejando en el presente; de restauración de un pasado
conforme se creía que había sido, no de creación o de
inserción en una situación nueva –e irreversible- del
mundo; orientado no hacia este mundo (…), sino hacia la
creación de islotes de cristiandad que intentaban
revivir un pasado.”
Más
recientemente, Lluis Duch ha enjuiciado esta
restauración y sus consecuencias para el monacato
posterior en los siguientes términos:
“Se ha subrayado con insistencia que la
vida monástica en Occidente –y de manera especial la
restauración romántica del siglo pasado (Solesmes,
Beuron, Subiaco)- ha tenido como modelo la saciedad
feudal, lo cual implica que en los monasterios actuales
impera una concepción piramidal, feudalizante, de las
relaciones humanas en el seno de la sociedad monástica,
porque, por regla general, no se ha llevado a cabo una
serena reflexión crítica sobre las implicaciones que la
restauración católica del siglo pasado (en concreto, los
antecedentes y las consecuencias del Vaticano I) tuvo
sobre la vida monástica, la cual a menudo se formuló
como respuesta militante a la Revolución Francesa y a
las revoluciones decimonónicas.”
Y añade:
“El peso negativo que arrastra el
monaquismo europeo es que no ha sido capaz de superar la
visión del mundo y la praxis correspondientes de tipo
feudal y clericalizante, que se agravó a causa de la
restauración católica del siglo pasado.
Los monasterios europeos más influyentes
en la época (Solesmes, Subiaco, Beuron, María, Laach,),
así como las ideas y modelos que se impulsan desde
ellos, habían surgido en la atmósfera de un retorno
“romántico” (o “postromántico”) a los “siglos de la fe”,
a la Edad Medía, idealizada en el siglo XIX como época
de la fe y de gran fervor, de unidad de la cristiandad,
y de la época de la fe y de gran fervor, de unidad de la
cristiandad, y de la que se intentaba recuperar un
conjunto de elementos (poder centralizador del papado,
unidad litúrgica, pureza de observancias…) Por eso, el
proyecto de restauración nos remite, desde un punto de
vista formal, a una particular manera de pensar y de
actuar, a una teoría y a una praxis orientadas a
introducir en tiempo presente esquemas de una época
pasada, vista como “apetecible edad de oro” de una
determinada religión, nación o cultura. Dicho con otras
palabras: La restauración monástica es, en el fondo, un
intento por volver a la “sacralización” del tiempo y el
espacio según las formas del Antiguo Régimen (frente a
la industrialización), mediante la activación de un
conjunto de artefactos, entre otros unos estilos
arquitectónicos (grandes abadías), un modelo de
liturgia, un ideal de autoridad (según el modelo que
impulsaba el Vaticano I), un régimen de gobierno y de
administrativo del poder, una estética religiosa (canto
gregoriano, exuberancia de rúbricas en el culto), una
idea de trabajo manual (vuelta al artesanado), una
concepción romántica del espacio natural (cierta “manía”
a la ciudad). Estas son, a nuestro juicio, las
principales representaciones (“rationales”)
que adornan el movimiento de de restauración monástica,
sin las cuales no es posible entender en todo su alcance
la vida de nuestras comunidades monásticas.
Sin embargo,
aunque la restauración monástica ha seguido unos
patrones generales, no se ha llevado a cabo de la misma
manera en todas Órdenes, ni ha tenido los mismos
resultados en cada país y en cada monasterio. Cada
restauración tiene un cariz propio según regiones,
lugares y tiempos. Unas restauraciones son más deudoras
de elementos o ingerencias extranjeras que otras. Unas
son más “regionalistas” que otras. Las hay mucho más
“continuistas”. Las comunidades monásticas tampoco
revitalizan de la misma manera el legado de su
patrimonio espiritual, intelectual o cultural. Pero no
cabe duda que la restauración y otro tipo de
restauraciones (de signo político, cultural, religioso,
etc) forman parte de un “todo” contextual. Una cosa nos
parece clara: Las restauraciones, sean del tipo que
sean, no se caracterizan en absoluto por su creatividad;
no tienen como meta la posibilidad de una nueva
experiencia o de una experiencia creadora “hic et nunc”,
sino que se imponen como cuestión primordial recuperar y
dar continuidad de la manera más eficaz posible a
ciertos modelos antiguos. Por eso son, propiamente
hablando, restauraciones.
Por la que respecta a
España, la situación suscitada por las guerras y la
agitación napoleónica suponen una especie de colapso
intelectual, político, económico, espiritual…, que
dificultan la reactivación de unos proyectos monásticos
con personalidad e identidad propias, “autóctonos”
(pérdida definitiva de la Congregación de San Benito de
Valladolid, por ejemplo). Las congregaciones religiosas
que surgen en nuestro territorio son de “vida activa”
(no “contemplativa”) y de tipo apologético dentro de un
contexto de “subcultura” católica. La restauración
monástica española se hace a partir de modelos
instaurados en Francia, Alemania e Italia, de donde se
importan esquemas y orientaciones monásticas y, en
algunos casos, personas (en particular, de origen y
mentalidad francesa). Pero tampoco en nuestro país son
lo mismo todas las restauraciones monásticas. Sin
atendemos a la impronta ideológica, no se pueden igualar
en todos sus matices y su profundidad una restauración
que tiene lugar en un enclave político, ideacional,
religioso o cultural castellano, por ejemplo, y aquella
que acontece en un contexto vasco o catalán. De hecho,
los proyectos monásticas no solamente tienen una
historia particular por la que se diferencian entre sí,
sino que, además, son distintos según los lugares donde
emergen, como hemos podido comprobar en páginas
anteriores y volverá a ratificarse en el capítulo
siguiente. Las restauraciones más fervientes y ortodoxas
son aquellas que surgen a finales del siglo XIX y
principios del XX, coincidentes en reproducir el modelo
tradicional que se restaurar y, por lo tanto,
deficitarias de una especificad o singularidad propias,
esto es, de una orientación mental espiritual nueva y
diferenciada.
Por lo demás, es
indudable que desde los comienzos de la restauración de
monástica hasta hoy los monjes han alcanzado en toda
Europa metas importantes en los campos social y
asistencial, en las artes, la investigación, el gobierno
de la Iglesia, en los saberes en general, de modo
semejante a lo que había acontecido en épocas pasadas.
Ya hemos mencionado las fecundas aportaciones de
Solesmes en el terreno de la liturgia y de la música
sagrada, o la contribución de Mont-César a la pastoral
litúrgica, o la de Maredsous a través de la figura de
Dom Columba Marmion, maestro y divulgador por escritos
de una corriente de espiritualidad cristiana que tanto
habría de influir en los ambientes católicos, etc. En
Italia destacará, entre otros, Dom Schuster, cardenal y
arzobispo de Milán, historiador de la liturgia. En
Inglaterra, hay que recordar los trabajos realizados por
los abades Butler, sobre la historia del monacato, y
Vonier, autor de quince volúmenes teológicos de corte
tomista. En Alemania sobresalen Dom Herwegen y Dom Odo
Casel, ambos de María Laach, famosos por sus
aportaciones en el campo litúrgico y en la reflexión
teológica (“Mysterientheologie” o Teología de los
Misterios). En Bélgica, Dom Beauduin destacó como
pionero del movimiento litúrgico belga, así como en la
corriente ecuménica para la unidad de los cristianos
impulsada desde los monasterios de Amay (1925) y
Chevetogne (1939)
Han sido mundialmente
reconocidas las labores de investigación hechas por los
cistercienses Séjalon, responsable de la reedición de
una colección de fuentes monásticas denominada
“Nomasticon Cisterciense”; Janauschek, editor de los
“Xenia Bernadina”; Gregor Müller”, etc. La lista, en
cualquier caso, es más larga de lo que acabamos de
señalar.
En España ha
sido la Orden de San Benito lo que más se ha distinguido
en los estudios y en la formación intelectual de sus
monjes. Una vez restaurada la vida monástica en los
respectivos monjes. Una vez restaurada la vida monástica
en los respectivos monasterios, no han faltado abades
que han procurado la selecta educación de algunos monjes
poniéndoles en contacto con las mejores corrientes
culturales de Europa. Destacaríamos en esta línea de
intelectualidad monasterios como Montserrat o Lazkao.
Los benedictinos de Montserrat despuntarán entre las
demás abadías. Tradicionalmente, los monjes de
Montserrat han cultivado la historia, la liturgia, la
música sagrada, la exégesis bíblica, la espiritualidad
(no olvidemos la gran influencia que tuvo el
Ejercitatorio de la vida espiritualidad, de García
Jiménez de Cisneros), la teología, la lengua y
literatura catalanas, las lenguas clásicas, el arte
imprimir (desde 1907 cuenta el monasterio con una
Editorial), etc. Son varias las revistas y colecciones
de carácter científico y de divulgación que han visto la
luz en este monasterio. El archivo, la biblioteca, la
pinacoteca, o el museo de Montserrat nos dan cuenta del
extraordinario patrimonio (acrecentado tras la
restauración) de que dispone hoy esta gran abadía. Hemos
de mencionar, también, el caso de los monjes silentes,
cuya producción literaria y artística va a estar
representada por importantes trabajos en los campos
litúrgico-musical y de las ciencias eclesiásticas. En
1898 se funda el “boletín de Silos”, que
representa un importante instrumento de divulgación de
la Orden Benedictina, así como de propagación de la
liturgia y e canto gregoriano; en 1907 la comunidad
silense asume la dirección de “Revista Eclesiástica”,
Órgano del clero español, a través de cuyas páginas
los monjes van a tener una destacada influencia en el
estamento sacerdotal. Silos tendrá su mejor historiador
en la persona de Dom Férotin, archivero del monasterio,
destacando por las publicaciones de “Liber Ordinum” y
“Liber Mozarabicus”, sin que olvidemos la labor
cientifica desarrolada por el abad Dom Luciano Serrano,
reconocido historiador e historiógrafo, etc. Entre los
Jerónimos, la tradición artística de la Orden se
recupera un tanto a partir de la restauración de 1925,
José Mª Aguilar, o Fr. Bartolomé Royer en arquitectura.
En la historiografía moderna de la Orden destaca Fr.
Ignacio de Madrid; en la forja del hierro y en la
encuadernación antigua sobresale Fr. Francisco de
Andrés.
Concluimos este capítulo
subrayando que el recorrido que hemos hecho por algunos
jalones de la historiografía monástica más reciente,
aplicado, sobre todo, al caso de España y tomando como
primer punto “a quo” o de partida la restauración
del siglo XIX, ha tenido como finalidad dejar constancia
del proceso global de recomposición protagonizado por
unas Órdenes monásticas en el periodo que va desde la
Revolución Francesa hasta el momento en que la historia
monástica entra bajo la influencia renovadora del
concilio Vaticano II, acontecimiento éste que tomamos, a
efectos metodológicos, como segundo punto “a quo”
o de partida la restauración del siglo XIX, ha tenido
como finalidad dejar constancia del proceso global en
el periodo que va desde la Revolución Francesa hasta el
momento en que la historia monástica entra bajo la
influencia renovadora del Concilio Vaticano II,
acontecimiento éste que tomamos, a efectos
metodológicos, como segundo punto “a quo” de
dicho proceso. En consecuencia, será el concilio
Vaticano II el hecho histórico que nos introduzca ahora
en lo que llamamos, de manera muy general, la
adaptabilidad de lo monástico, refiriéndonos con
esta expresión tanto a los trabajos de renovación
emprendidos por las Órdenes monásticas una vez terminado
el último concilio (lo alcanzado), como al desafío que
esa adaptabilidad conlleva en nuestros días (lo
esperado) para el futuro del monacato.
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