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| El monje deja la sociedad para
vivir en fidelidad a la alianza misteriosa y personal entre él y dios,
alianza pactada con la sangre de Cristo, asumida en el bautismo y
confirmada por su propia vocación y por sus votos. En la soledad, el
monje se despierta a la verdad porque en alguna medida ha
experimentado que el caos de codicia, violencia, ambición y lujuria
que el Nuevo testamento llama “el mundo” (1Jn 2, 16), es el reino de
la mentira. En un lugar de confusión y de falsedad donde el espíritu
esta esclavizado y donde no se puede aprender con facilidad los
caminos de Dios. El corazón del monje no se escapa de esta esclavitud.
En la soledad y el silencio, todo su desorden interior sube a la
superficie, desaparecen los falsos amores, crece la libertad
espiritual y, poco a poco, se restablece la armonía de corazón, con
sus exigencias y condiciones necesarias. |
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Lo que verdaderamente transforma el mundo no es tanto el
testimonio singular de un cristiano, por más santo que sea; lo
que cambia al mundo es el testimonio de una comunidad que vive
de la Palabra, se nutre en la Eucaristía y testifica su servicio
en la caridad. Todo lo que tenemos que hacer es formar
verdaderas comunidades. Si una comunidad que busca la oración,
una comunidad que busca el servicio y una comunidad que vive de
la alegría y en la esperanza, es comunidad cristiana. Yo creo
que son señales infantiles de una auténtica comunidad cristiana.
Una comunidad que busca la interioridad, la oración, la
contemplación, una comunidad que siente necesidad de orar.
Comunidades, en una palabra, que siguen creyendo en la eficacia
transformadora del Evangelio; concretamente comunidades que se
sienten enamoradas de Jesús.
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En el siglo IV Evagrio
indicaba esta paradoja, al decir, “El monje es aquel que está
separado de todos y unidos a todos”. La comunidad contemplativa
abre los corazones de sus miembros a una comunidad más amplia y
universal. Un Cartujo moderno, anónimo, explica este fenómeno:
“La vocación del
monje lo obliga a vivir apartado del mundo, pero se encuentra en
el corazón mismo de aquello que es más íntimo a cada hombre, su
hermano. Está comunicación viviente con las aspiraciones
esenciales que Dios ha colocado como semillas en su criatura. La
razón de ser del monje está identificada con la razón de ser que
está en todo hombre.”
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| La Regla de san Benito es
simplemente una aplicación de los mandamientos y consejos
evangélicos a la vivencia monástica. Su propósito es ayudar al
hombre en su totalidad –cuerpo, alma y espíritu- a responder a la
invitación y al desafío de Cristo. Para esto, ofrece un sabio
conjunto de métodos espirituales, conocidos como “observancias” o
“ejercicios”, que corresponden fundamentalmente a diversos
aspectos de la vida de Jesús. La disciplina cisterciense busca
interpretar la Regla para el bien espiritual del monje en la
situación concreta de hoy. En consecuencia, aunque sus normas no
deben ser consideradas como mandamientos, representan sin embargo
lo que es agradable al Padre, y así el discípulo las aceptará y
las obedecerá con entusiasmo, porque cree que tendrán un efecto
vivificante y saludable, ya que por su vocación ha sido llamado a
esta forma específica de imitar a Jesús. |
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En la vida ascética del
monacato primitivo se dejaba un amplio margen a la atracción
personal. Algunos monjes se dedicaban a largos ayunos u otras
prácticas especiales, tales como la reclusión, la vida
errabunda, el silencio total, etc.
A
medida que trascurrió el tiempo y para estabilizar la comunidad
monástica, los monjes hacían votos formales. En su profesión el
monje promete obediencia, estabilidad y “conversión de vida”,
según la Regla de san Benito. El voto de conversión de vida es en
realidad una solemne promesa de fidelidad a las prácticas
esenciales de la vida monástica, entre las cuales están la pobreza
y la castidad que posteriormente, en otros institutos religiosos,
se convirtieron en objeto de votos separados. Pero el voto de
conversión de vida abarca también todo lo característico de la
vida del monje: seguimiento de Cristo, renuncias, soledad, oración
y servicio fraterno. El voto esencial de estabilidad añade a esto
una referencia al vínculo indisoluble entre los hermanos y expresa
la fidelidad de Cristo a su Iglesia: el monje promete vivir y
morir en la comunidad que lo recibe en su seno el día de su
profesión. |
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El silencio es importantísimo
para la libertad espiritual. Pablo el Diácono, al comentar la
Regla en el siglo IX, decía: “El silencio nace de la humildad y
del temor de Dios… La humildad perfecciona al hombre en la
serenidad del cuerpo, y la seriedad lo perfecciona en la práctica
del silencio”.
El monje que no
goza de auténtico silencio interior, todavía está dividido por
dudas y vacilaciones al experimentar un vacío de este género.
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| El que escucha la voz del
Señor debe reconocer que está llamado a una aventura cuyo final no
puede prever, porque está en manos de Dios. Este es el riesgo y el
desafío de la vocación monástica: entregamos nuestras vidas en
manos del Señor para no recuperarlas ya nunca más. El amor filial
y constante a María, nuestra santísima Madre, dará a nuestra
entrega una generosidad más espontánea y hará que todo nos
conduzca más rápidamente a Jesús. En cuanto a los resultados, las
esperanzas, los temores, las necesidades y las satisfacciones que
experimentan: ni nos hacemos ilusiones, ni las evitamos. Nuestra
tarea es buscar primero el Reino de dios en soledad, oración y
servicio fraterno. Lo demás se dará por añadidura. |
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