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La
imaginería de PEDRO DUQUE CORNEJO en El Paular
Testimonio del último barroco andaluz en Castilla
Carlos María López-Fé y Figueros, |
Ante todo, agradezco al
Presidente de nuestra Asociación y al anterior Prior, P. Ildefonso, el
encargo que en el año 2001 me hicieron para dar esta conferencia en la
celebración del día de los Amigos de El Paular del Año 2002. Pero por
razones la conferencia se hace el 2 de julio 2005.
Al ser yo andaluz y venir a
tierra castellana, me pareció interesante escoger un tema que muestre cómo
ha habido en el arte español, igual que en otros aspectos de su vida
religiosa y cultural, una mutua relación entre Castilla y Andalucía. La
Cartuja de El Paular es una de las más expresivas muestras de ese doble
influjo. Y para ello acudo al artista que se puede estimar último de los
grandes representantes del barroco andaluz: Pedro Duque Cornejo y Roldán,
nieto del aún más famoso que él, Pedro Roldán, ambos presentes en toda
Andalucía y de influjo prolongado hasta el Corazón de España, la Corte de
Madrid, por si mismos y a través de su extensa familia, miembros del gran
taller fundado por Roldán.
La presencia de Pedro Duque
Cornejo en el Paular además de implicar una cierta devolución de los
beneficios que la corriente del arte castellano proporcionó a Andalucía
desde tres siglos antes, supone también una expresión de gratitud del
mundo religioso sevillano al castellano, pues de la cartuja de el Paular
partieron los monjes para iniciar la vida cartujana en la fundación de
Santa María de las Cuevas, el embellecimiento de cuyo templo contribuyeron
dos artistas abulenses, isidro de Villoldo y Juan Bautista Vázquez el
Viejo, llegados a Sevilla para hacer el retablo mayor de la misma cartuja,
aparte de su contribución al magno retablo mayor de la catedral
hispalense. Vean por tanto, qué densa trama de interrelaciones se dan
entre ambos mundos, el andaluz y el castellano. El último periodo de esta
relación lo identifico en la persona de Duque Cornejo, autor, junto a
otros artistas andaluces, de la espléndida decoración del Sagrario y
capilla-posterior de nuestro monasterio paulatino.
Pedro Duque cornejo y Roldán
es uno de los más ilustres representantes de la corriente barroca
andaluza, que con él se prolonga en el arte rococó, propio del siglo XVIII.
Para conocer su raíz hay que mencionar una vez más a su insigne abuelo,
Pedro Roldán, el más prolífico retablista del siglo XVII, presente en toda
la región andaluza, y que también trabajó para la corte española en
Madrid. Roldán fue un caso singular, pues su maestría no se limitó a
formar algunos discípulos, sino que tuvo un marcado carácter familiar. El
suyo fue un taller donde se integraron sus hijos e hijas, los respectivos
consortes y hasta varios nietos. De esta familia, de siete hijos, la mas
famosa es la mayor, Luisa Roldán, conocida como “La Roldana”, casada con
otro escultor, Luis Antonio de los Arcos, quienes pasaron gran parte de su
vida en Madrid, al ser nombrada Luisa escultora de cámara de Carlos II y
Felipe V.
Otra de las hijas,
Francisca, pintora, casó en Sevilla con el escultor José Felipe Duque
Cornejo, de ascendencia granadina. Ambos formaron parte del taller
paterno. De ellos nació nuestro artista el 14 de agosto de 1678. Fue
hombre longevo, y mucho para su tiempo, pues murió en 1757, a punto de
cumplir los ochenta años, y en plena actividad. Por los datos documentales
que poseemos se acreditan 55 años de prestigiosa labor artística. Casó en
Sevilla y tuvo siete hijos, varios de ellos dedicados a la pintura y
escultura. Su vida fue bastante acomodada, con casas propias y posesiones
rurales. Poseyó carroza, un lujo accesible en aquella época a los
pontentados. Además, la Real Chancillería de Granada le otorgó privilerio
de hidalguía en 1751.
Su aprendizaje y formación
artística se desarrollaron en el taller de su abuelo, junto a su madre y a
su tía Luisa. Menos pudo influir su padre, que no pasó de discreto
escultor. Comenzó su obra artística en Sevilla y Granada, a donde volvió
en periodos de madurez, pero, también, como su ilustre ascendiente, su
actividad se extendió fuera del ámbito sevillano. Trabajó en Jaén. El
Paular, Madrid y Córdoba, aquí los últimos diez años de su vida, dedicado
a realizar, al frente de un numeroso taller de ayudantes, el espléndido
coro de la catedral-mezquita. Tuvo el título de escultor de cámara de la
Reina Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V.
Hernández Díaz, uno de los
más autorizados expertos en arte andaluz, no duda en calificar a Duque
Cornejo “el artista barroco andaluz por antonomasia”, y Taylor, el
más completo estudioso de este artista, lo estima “el más destacado
imaginero y entallador del siglo XVIII en Andalucía”. Los influjos
estilísticos de su quehacer aúnan rasgos de mudejarismo de raíz cordobesa,
andalucismo nazarita y las formas clasicistas y barrocas sevillanas y
granadinas.
El estilo de duque Cornejo
conjuga con gran creatividad las influencias de José de Ace, alonso Cano,
Alonso de Mena, y sobre todo, el de sus familiares, el abuelo Roldan y la
tía Luisa, la Roldana. Convivió además con otros grandes maestros de la
escuela barroca granadina, Pedro de Mena, hijo de Alonso, los hermanos
Mora, Bernardo y José, y José risueño. De sus relaciones con órdenes
religiosas como jesuitas y cartujos, aprendería conceptos de su sentido
espiritual que influyen en su obra. Los artistas del renacimiento y
barroco, sobre todo español, no son únicamente expertos en su arte sino
hombres que beben en el ambiente religioso de su época los criterios de
una fe que tiene decisiva influencia en su modo de concebir las obras que
ejecutan. Devotos cristianos, asisten a sermones y conocen los escritos de
los maestros de ascética y mística, como muestran los libros encontrados
en sus bibliotecas.
En mi opinión la influencia
de Arce, Cano y Roldán aparecen en las formas atrevidas y ampulosas de las
vestiduras, cortinajes y baldaquinos donde se sitúan las imágenes y en el
modo de tratar el cabello en grandes masas con efectismo impresionista,
sin llegar a minuciosidades; pero cuando se contempla la expresiva
delicadeza de los rostros femeninos santas o de jóvenes santos jesuitas, y
la luminosa calidad de su policromía, acude inevitablemente a la memoria
el estilo de su tía Luisa, La Roldana, en el que lucen rasgos de un
barroco ya desembocado en las exquisiteces del rococó, estilo el más
característico de aquella eximia artista.
Además, Duque Cornejo no fue
sólo un gran escultor imaginero. Su obra no puede entenderse sin
referencia a su más amplia condición arquitectónica. Fue diseñador y autor
de numerosos retablos, púlpitos, monumentales conjuntos de cajas y
tribunas para grandes órganos, como los de la catedral de Sevilla, y
mobiliario como armarios y cajoneras de sacristía, todo de extraordinaria
belleza y riqueza decorativa. En su trabajo empleó tanto madera como los
más ricos mármoles y el bronce. Las catedrales de Sevilla, ya citada, y
las de Jaén Granada y córdoba, junto a otros notables templos de las
mismas ciudades, conservan magníficos testimonios de su obra, de los que
no hacemos mención especial dada su abundancia y la dificultad de destacar
algunos de ellos. Excelente dibujante, le fueron solicitados muchos
diseños y trazas de retablos para ser ejecutados por otros artitas.
Pero centrémonos en su
trabajo para la cartuja de El Paular, realizado en 1725, tras su primer
periodo granadino-sevillano (1702-1724). Es época de madurez del artista,
antes de regresar a Sevilla para otro fecundo periodo, de 1726 a 1747, y
concluir en Córdoba, con la magna obra del coro catedralicio, junto a
otras, también para Jaén, hasta 1757, año de su fallecimiento.
El encargo para El Paular
fue debido a la admiración que despertó en el prior de está cartuja la
contemplación de lo que realizaron Duque Cornejo, junto al arquitecto
Hurtado Izquierdo, el pintor cordobés Antonio Palomino y los imagineros
José Mora y José Risueño para el sagrario de la Cartuja granadina. A
Izquierdo, Palomino y Duque Cornejo ofreció hacer la obra del Sagrario y
capilla tras el mismo, desechando para ello otro proyecto de un artista
franciscano, ya aceptado en principio. Y a buen seguro que no lo
defraudaron, pues el resultado de la intervención de aquellos artistas es
de una belleza y grandiosidad de difícil superación.
Para el ánimo del
contemplador constituye un contraste abismal, que llega a producir cierto
vértigo, la impresión que se experimenta al pasar de golpe de la lírica
belleza del último arte gótico y renacentista, plasmados en el gran
retablo alabastrino y las sillerías que se enmarcan en cánones artísticos
propios de estilos más clásicos del arte castellano, a la vorágine de
formas arrebatadas plasmadas en la increíble custodia marmórea del
Sagrario, junto a las imágenes y todo abrumador entramado decorativo de
columnas, baldaquinos, cortinajes y demás elementos de ese pasmoso
conjunto.
Dados los límites de esta
intervención y mi especialización en aspectos del arte relacionados con la
expresión psicológica en la imaginería, me fijaré sobre todo en las
calidades expresivas de las esculturas talladas y policromadas del
Sagrario y capilla anexa en cuyos ámbitos dejó Duque Cornejo una
excepcional muestra de su quehacer, consistente en cuatro figuras,
situadas en torno a la gran custodia de ricos mármoles andaluces que
alberga el tabernáculo, y los doce que ocupan retablos e intercolumnios de
la capilla contigua, alas que hemos de añadir dos, presentes desde la
desamortización en la iglesia parroquial de Rascafría. En la hornacina
central del retablo de la capilla, frente al tabernáculo, se hallaba otra
efigie de singular belleza: la juvenil Virgen Madre, tallada y policromada
por Luis Fernando de Carmona, hoy en la iglesia parroquial aludida. El
conjunto iconográfico aúna figuras representativas de la fe cristiana y de
los dos valores muy estimados en el ámbito cartujo: la virginidad
consagrada y la ascética penitencial, junto a los santos de la propia
Orden.
Las imágenes que rodean el
tabernáculo representan a San José, San Juan Bautista y los santos
apóstoles Pedro y Pablo: la raíz de la que proviene el Redentor en su
encarnación, el ascetismo alejado del atractivo mundano y las columnas
básicas de la Iglesia. Y la capilla anexa, a ambos lados del retablo
central, aparecen las imágenes de San Joaquín y Santa Ana, que junto a la
de María Madre conformaban el que llamaremos “conjunto mariano”. Los demás
retablos están ocupados, uno frente a otro, por imágenes de dos santos
apóstoles. Juan y Santiago el Mayor, de honda significación el primero en
la mística cristiana, como discípulo amado y autor de escritos del más
elevado vuelo en el Nuevo Testamento, y el segundo protomártir del colegio
apostólico y patrón de España. Los demás retablos contienen figuras de
vírgenes mártires del período de las grandes persecuciones: Inés,
Catalina, Lucia y Águeda. En los intercolumnios de la rotonda de la
capilla hallamos las estatuas de los santos cartujos Bruno, Hugo, Antelmo
y Nicolás Albergati. Las dos bellísimas imágenes, hoy en Rascafría, de la
Magdalena penitente y Santa Bárbara, otra virgen mártir, se encontraban
junto a la puerta de entrada al Sagrario.
Hay una nota común a las
imágenes y es su ubicación bajo ampulosos baldaquinos de grandes
cortinajes fastuosamente policromados, recogidos por gruesos cordones con
borlas y sostenidos por angelotes dorados. De igual modo, los mantos y
demás paramentos de las figuras ofrecen profusión de revoloteos,
incurvaciones y demás recursos propios de un desbordado decorativismo,
característico de la mentalidad barroca final. Las figuras que rodean el
tabernáculo están presentadas sobre hermosas peanas de menuda talla y rico
dorado. Tienen, además, un elemento natural o tectónico, tronco o roca, en
los que se apoyan las imágenes. Las dos que resultan más logradas por su
calidad expresiva son las de San Pedro, con mirada dirigida a lo alto y
gesto de doliente arrepentimiento, que porta el símbolo parlante de las
llaves y tiene a su lado un gallo, recuerdo de sus negaciones. Y la otra
es la de San José, que posee rasgos de varonil juventud, y se halla en
afable diálogo con un Niño Jesús que tiene en sus brazos de sonriente
expresión y vestido con linda túnica.
En la capilla ante el
Sagrario, las imágenes de los padres de la Virgen María flaquean la
honacina central del retablo situado frente al tabernáculo; posee
especiales quilates expresivos la de Santa ana, que representa una
ancianidad de austeros rasgos y sereno dinamismo. Las figuras de santos
apóstoles que representa una ancianidad de austeros rasgos y sereno
dinamismo. Las figuras de sanaos apóstoles Juan y Santiago son de gran
dignidad, paramentadas con amplias túnicas y mantos con magnifica
policromía. Las imágenes de los santos cartujos que ocupan los
intercolumnios de la capilla tienen bastante semejanza entre sí. El santo
fundador viste el hábito de la Orden; su rostro es afilado, con
expresividad penitencial, pero el aspecto juvenil de la faz tal vez resta
de austeridad. Los demás santos se cubren con amplias capas y lucen la
mitra de su dignidad episcopal. Los expertos estudiosos de la imaginería
de El Paular consideran estas imágenes de santos cartujos las menos
conseguidas, tal vez debidas a manos diferentes de Duque Cornejo, aunque
fueran suyas las trazas.
Por el contrario, hay
coincidencia, a cuya opinión añado modestamente la mía, en que, como grupo
de la capilla tras el Sagrario, son las imágenes de las vírgenes mártires,
las que atesoran más valiosos aspectos expresivos. Aparte de la fastuosa
riqueza de sus túnicas y mantos, que las envuelven con regia elegancia,
coinciden todas en mostrar unos rostros de juvenil lozanía, incluso
adolescentes, para evidenciar así el valor de su condición virginal
consagrada al divino Esposo. Son figuras movidas, con un dinamismo al
mismo tiempo natural y de suma elegancia, que portan los respectivos
símbolos de su identidad; Inés, el cordero; Catalina, rueda dentada y
espada; Lucía, con la copa con los ojos arrancados, y Agueda, la bandeja
con los senos cortados, y todas, con la palma que simboliza su martirio.
El extraordinario y
exquisito candor de estos rostros recuerda vivamente las creaciones, sobre
todo en barro, de la genial Luisa Roldán, tía de nuestro artista, si bien
el dibujo del rostro tiene un canon más ovalado, menos redondeado en el
sobrino. Esos rasgos serán reiterados, siempre con originalidad, en otras
creaciones de Duque Cornejo, como la pareja de las antas mártires
hispalenses Justa y Rufina, hoy en la catedral de Sevilla, y las de los
jóvenes santos jesuitas Luis Gonzaga y Estanislao de Kostka, talladas para
la iglesia del noviado de San Luis de los Franceses en la misma capital,
geniales producciones inmediatamente posteriores a su trabajo en El
Paular.
Mas, como final de este
recorrido, me referiré de nuevo a una de las dos imágenes que, realizadas
para El Paular, se hallan en la iglesia parroquial de Rascafría. Junto a
la deliciosa figura de una Santa Bárbara, joven virgen y mártir, que forma
un grupo con las cuatro ya aludidas, y de similares características
formales y expresivas, hallamos una soberbia representación de Santa María
Magdalena, figura estimadísima por todo el amplio mundo ascético
cristiano. Cristiano. Es la segunda de las imágenes de la cartuja
granadina y forma parte de las cuatro figuras que flaquean el Sagrario de
aquella, encargadas a eminentes historiadores del arte, como Mª Elena
Gómez Moreno y José Martín González tal vez como la abra maestra de Duque
cornejo, y la calificación es merecida, pero es posible que el hallarse la
segunda efigie de la santa fuera de su lugar originario y en adversas
condiciones de conservación halla influido en cierto desconocimiento y
valoración adecuada.
El estado de conservación de
esta portentosa imagen es muy deficiente. Uno de los brazos está
desprendido y tiene tal suciedad y hasta pérdida de materia plástica que
no es posible calibrar bien sus innegables cualidades. Pero aún así, me
atrevo a estimarla desde el punto de vista expresivo, tan lograda como la
famosa de Granada, que luce todo su esplendor gracias a su cuidada
restauración. Sí ésta manifiesta, en su mirada dirigida al Crucifijo que
porta en la mano izquierda, rasgos expresivos de llorosa aflicción, la de
El Paular acentúa la cualidad ascética penitencial, y en su indumentaria
se muestra el artista más sobrio que en las formas de la túnica y manto de
la efigie granadina.
El rostro de nuestra imagen
es de rasgos más afilados, más descarnados, como de mayor rigor
penitencial; se vuelve en giro más acentuado hacia el crucifijo que
llevaría en la deteriorada mano izquierda, a la vez que inclina la cabeza
y dirige la mirada, de hundidos ojos, ligeramente hacia abajo. El
fruncimiento del entrecejo también muestra la calidad y hondura del
sentimiento penitencial que embarga a la santa representada. Su ropaje, de
formas amplias, talladas con la típica profundidad de curvas del maestro,
deja ver torso y hombros, sobre lo que caen por delante dos rizadas
crenchas de cabello; la abierta indumentaria se sujeta por encima del
pecho con áspera soga que pasa sobre los brazos.
En conclusión, estamos ante
una obra maestra en todos los sentidos, parte del maravilloso conjunto
dejado por Duque Cornejo, como excepcional testimonio de la final
brillantez del barroco andaluz en el corazón de Castilla y de España, y
por ello bien merece el esfuerzo de una completa restauración a cargo de
los competentes talleres del Patrimonio Histórico Español, junto a la
Santa Bárbara del mismo imaginero y las singulares figuras la Virgen y San
Bruno, de Carmona y Pereira, respectivamente, para ser incorporadas a sus
ubicaciones primitivas. Es un objetivo que prestigiará más aún a la
Asociación de Amigos de El Paular, al continuar la tarea de recuperación
del impresionante patrimonio artístico aún existente que atesoraba esta
gran cartuja que, junto a la Comunidad benedictina, está llevando a cabo
con los ya palpables y felices resultados que estamos viviendo.
Con esta sugerencia e
instancia, hechas des la profunda estima que siento por este cenobio,
cierro mi intervención, reiterando mi gratitud por habérseme confiado tan
honroso encargo.
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entrada al
Transparente, lugar donde se ubicaban las imágenes de la
Magdalena, y santa Bárbara, encontrándose en la parroquia de
Rascafría. |
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san José con el
Niño, El Paular |
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san Juan Bautista,
El Paular |
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llaves y gallo de
san Pedro, El Paular |
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cortinajes y
peanas donde se asientan las imágenes El Paular |
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detalle del
sagrario, el paular |
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