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Justo un siglo después, en 1718 se realiza el proyecto de la
versión que hoy podemos contemplar y que tantas críticas ha
suscitado desde los tiempos de D. Antonio Ponz, el puritano neoclásico (el mismo
que llama “antigualla” al soberano retablo mayor...), y de todos lo que
“piensan” por cabeza ajena... cierto que el choque estético después de
haber admirado la joya gótica a un par de metros no es despreciable.
Pero no es precisamente el único caso que conviven sin mayor problema el
barroco más delirante con estilos más venerables (piénsese sólo en
Santiago de Compostela, donde andan “buena compaña” la fachada del
Obradoiro y el más puro románico). Kubbler considera, sin embargo, la
primera mitad de este siglo XVIII “como el más rico festín que la
historia de la arquitectura haya presenciado jamás”.
El Sagrario o Transparente
(por el papel que aquellos artistas hacían jugar a la luz en sus
concepciones arquitectónico-escultóricas), como también suele dominarse,
se compone de dos estancias escalonadas detrás del ábside. La más
próxima a éste, la que contiene el tabernáculo donde estaba el
ostensorio con el Santísimo, es, en alzado, de forma octogonal aunque,
en planta, es de lados paralelos a los del ábside (es decir, semi-hexagonal).
El otro recinto, que actuaría como “nave” del anterior, es, en planta
cuadrado y, en alzado, presenta forma de cruz griega, abriéndose en el
brazo occidental la capilla del Sagrario y en los otros tres sendos
altares. Sobre el centro de la cruz hay una cúpula en forma de casquete
esférico y en los chaflanes de la intersección de los brazos se abren
cuatro capillas de planta aproximadamente hexagonal y de menor altura
que todo el resto. La entrada a este recinto se realiza a través de dos
pasadizos que flaquean el ábside y arrancan en diagonal de las
sacristía, la antigua y la actual. El sagrario está iluminado por siete
grandes ventanales de arco de medio punto y la antecámara por ventanales
de arco escarzado en las extremidades de la cruz y óculos redondos en
las pechinas de la cúpula. El transparente y la antecámara están
separados por una preciosa mampara decorada en rojo y oro en la que se
abren una puerta y grandes vanos que debieron estar encristalados y
permitían contemplar el Santísimo aunque ésta estuviese cerrada.
El Tabernáculo propiamente dicho es
una complicada creación, desbordante de imaginación y realizado a base
de ricos mármoles de Cabra, Priego, Granada y serranía de Córdoba, y en
el que se combinan columnas salomónicas y pilastras prismáticas,
ángeles y angelotes, estatuas de Apóstoles y Evangelistas y
alegorías de las Virtudes. En el centro se alza la figura
triunfante de Cristo resucitado. El todo, que asciende hasta la
misma cúpula y que “arde con luz derramada desde arriba abajo”,
está rematado por una figura alegórica femenina
La antecámara está también fastuosamente decorada a base de
columnas de mármoles y jaspes así como de hojarasca barroca que
cubre paramentos y pechinas, altares y hornacinas. En la clave de los cuatro
arcos torales aparecen las armas de Felipe V entre sendas parejas de
ángeles trompeteros. Sobre las cuatro puertas de acceso a las capillas
hay sendas hornacinas con estupendas tallas de San Bruno y tres obispos
cartujos (San Hugo, San Antelmo y San Nicolás Albergati). En el fondo
del brazo meridional hay un altar dedicado a San Santiago y en los muros
laterales del mismo, hornacinas con preciosas tallas de Santa Catalina y
Santa Lucia. En el fondo del septentrional hay un altar presidido por
una talla de San Juan y las correspondientes hornacinas: una está
ocupada por Santa Águeda y la otra vacía. En el brazo oriental, hay una
imagen de San Inés (ocupando el lugar de otra de la Virgen desaparecida)
entre las de San Joaquín y Santa Ana. La mayoría de estas tallas se
deben a Pedro Duque cornejo (1677-1757), autor de la célebre sillería
del coro de la catedral de Córdoba, con quien fueron contratadas el 20
de mayo de 1725. El resto son de la mano del vallisoletano Pedro Alonso
de los ríos, autor de las esculturas de la fachada de la iglesia de San
Cayetano, de Madrid. Por esta época trabajó también para El Paular la
Roldana, que dejó varios ejemplares de sus deliciosos “Nacimientos” en
barro, de los que no ha dado ni rastro.
El autor del proyecto de conjunto fue el cordobés
Francisco Hurtado (1669-1725), que ya en 1702 había realizado esa otra
estupenda obra que es el Transparente de la cartuja de Granada (así como
la Sacristía), del que éste es paradigma en pie de igualdad (ambos se
han considerando como los dos mejores conjuntos “churriguerescos” de
España: aunque los Churriguera fueran posteriores a Hurtado...). De él
ha escrito Kubler: “El volumen exterior de la antesala de amplia
expresión a cada recinto del diseño, en un conjunto de cuerpos planos y
curvos elevándose hasta el tambor reforzado con torrecillas en los
ángulos. Estos elementos delatan la dependencia de Hurtado respecto a la
brillante obra del más joven arquitecto castellano, Pedro de Ribera,
cuyo proyecto para Nuestra Señora del Puerto, en Madrid, fue acabado en
1718”. A su muerte, la obra fue terminada por sus discípulos. El
tabernáculo, en particular, es según un texto de 1728, de Teodosio
Sánchez de Rueda.
La parte pictórica, de la que hoy quedan pocos restos, la ejecutó, en
1723, Javier Palomino como final de su carrera y es, según Gaya Nuño
“una de sus más bellas y frescas invenciones, de las mas libres, de las
mejor imbuidas por el espíritu del nuevo siglo”. También Madoz, pintó varios cuadros al óleo para el Transparente, cuyo paradero
se desconoce.
Terminemos con una breve alusión a la gran custodia barroca de plata
(pesaba, al parecer, veinticuatro arrobas), realizada por el cordobés
Pedradas y que ocupaba el centro del tabernáculo. También molestaba
extraordinariamente a ese defensor de la “restauración de las Bellas
Artes” que se llamaba D. Antonio Ponz (la tilda de monstruosidad,
embolismo, desgraciada obra, etc.). Pero no molestó tanto a los
franceses que, durante la guerra de la Independencia, no dejaron de ella
ni un tornillo para recuerdo.. |