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Si la llamada de la muerte es también
llamada de vida, un benedictino acaba de iniciar la eterna forma de vida.
El Padre Bernardo (Andrés antes de tomar el hábito) era un monje que vivía
y rezaba en el Paular y uno de los primeros que en 1954 lo habitaron. Con
su muerte se nos va parte de la historia del ciclo benedictino de este
monasterio. Si su presencia y cercanía desaparece, además, una forma de
vida real y auténtica en la que su particular sensibilidad, docilidad y
obediente entrega resumían un tipo de felicidad que convierte en sonrisa
todo cuanto te rodea y hace posible que cuando la mirada es observación
sin interés alguno, se abra el alma de las cosas, la belleza.
Hasta que sus fuerzas le hurtaron
destreza y agilidad, la mayordomía del convento fue su ocupación y
preocupación dando las cosas que había que da quedar y pidiendo las que se
debían de pedir para que nadie se entristeciera en la casa de Dios.
Su celo constante en la hacienda del
convento y atención al huésped no corren peligro porque un hermano
sensato y sobrio cuida de ello.
Más tiempo y dificultad costará
llenar el vacío de afecto, sencillez y generosidad que deja el padre
Bernardo Camarero.
Imagino el pesar de su hermana
Mercedes; el de Tito, infatigable escudero curtido en toda clase de
caminos y encomiendas y de su familia benedictina en el especial del padre
Prior y del hermano enfermero que en sus cuidados y desvelos suavizaron su
dolor y dieron movilidad a su cuerpo parcialmente insensible a estímulos
aunque fueran de cariño.
El Paular esta hoy de luto por la
muerte del padre Bernardo pero su marcha deja vivo el recuerdo de una
entrega afectiva total, sin reservas y permanente agradecimiento al Señor
por los beneficios recibidos durante sus mas de 60 años de vida monástica.
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