Es una espaciosa pieza rectangular cubierta con
tres tramos de bóveda de ojivas (convenientemente camuflada) que, en 1672,
decoró al fresco Claudio Coello. Estos frescos desaparecieron durante la
restauración del siglo XVIII, en la que se colocó un falso entablamento
adornado con angelotes y frutos policromados, así como con un escudo de
Castilla en el muro occidental. También desapareció, “trasladada”, ¡cómo
no!, a San Francisco el Grande de Madrid, la hermosa sillería barroca que
estaba adosada a sus muros. Constaba, y consta, de cuarenta sitiales,
constituidos por respaldos y simples bancos, sin brazales de separación,
agrupados de tres en tres. En la crestería que remata cada grupo figura en
el centro el escudo de la Cartuja entre dos angelotes y, a los lados, el de
Castilla entre parejas de águilas.
En el testero oriental se conserva aún un excelente altar churrigueresco,
muy bien estofado, con seis columnas salomónicas en el cuerpo inferior, por
las que trepan rollizos y simpáticos angelotes que se agarran a pámpanos y
racimos de uvas. Otras muchas cabezas de angelotes hay repartidas por todo
el retablo. En las hornacinas laterales hay sendas tallas de los santos
cartujos Hugo y Nicolás Albergado. En la central había otra, excelente, de
San Bruno, debida a Pedro Sánchez de los ríos y que hoy está en la parroquia
de Rascafría. En su lugar se ha colocado una muy bella
Inmaculada (s. XVII) procedente, como se dijo, de los altares de separación
entre los coros de conversos y monjes. De tamaño mediano, es muy delicada de
facciones, muy airosos los pliegues de manto y túnica y típicamente barroca
toda la composición. Recuerda obras análogas de Pedro Roldán. En la
hornacina que remata el retablo hay un más que aceptable Calvario, también
del siglo XVII, entre dos ángeles y dos angelotes, éstos sosteniendo un
escudo de la Cartuja.
El Calustro
El claustro principal no está, como es
habitual, adosado a la Iglesia, sino entre el muro norte de ésta y aquél se
desarrollan dos hileras paralelas de edificaciones monásticas. Es de planta
cuadrada, con contrafuertes al exterior, rematados por pináculos y con
gárgolas en formas de animales. Las bóvedas de las crujías están sostenidas
por arcos conopiales sobre ménsulas con cardinas y decorados también con
cardinas, y las nerviaduras son asimismo conopiales. Los arcos formeros, en
cambio, son ojivales y decorados en bolas. Los ventanales, que arrancan de
un antepecho bastante alto, son de arco conopial, sin más adornos que dos
pequeños capitales vegetales, y están cerradas hasta media altura por recias
contraventanas, como exige el clima del lugar. Por el muro exterior y bajo
la cornisa corre un friso de gusto mudéjar a base de mocárabes rematados por
un cordón de bolas. Todo ello es muy isabelino y obra sin duda, de Juan
Guas. Sobre las cuatro puertas que lo comunicaban con el jardín, descansando
en ménsulas, había sendas tallas góticas representando a S. Bruno, S. Hugo,
S. José y la Piedad. Sólo se conservan estas dos últimas presidiendo la
capilla utilizada por los benedictinos para el culto.
La originalidad del jardín del claustro reside en el templete octogonal que
lo centra. Tiene contrafuertes prismáticos rematados por bolas en las
aristas y ocho huecos alternativamente grandes y pequeños, de arco conopial.
A media altura lo recorre una imposta de nacela y en dos de sus caras hay un
reloj de sol y otro... de luna. Remata el conjunto un tejadillo de ocho
aguas y un escueto chapitel. En su interior alberga un pilón de
brocal redondo y copa central, análogo al del patio del ave María, bajo una
bóveda de baquetones que se reúnen en la clave. En el ángulo NE del jardín
hay otro templete, éste formado por cuatro pilastras prismáticas que
sostienen un tejadillo, que cobija un bello crucero sobre cinco escalones
poligonales y de aire renacentista. Sobre la decorada macolla está el
Crucificado con la virgen, rodeados por cuatro figuras hoy decapitadas. A su
lado está el sencillo sarcófago, con cubierta a dos aguas e inscripción
funeraria, en que fue enterrado el obispo de Segovia Don Melchor de Moscoso
(el mismo que consagró la iglesia), fallecido en este monasterio en agosto
de 1632.
Pero la joya máxima de este claustro ya no está, como encantos
otros casos, en El Paular. Se trata de una serie de 56 grandes cuadros con
escenas de cartujos, contratados el 29 de junio de 1626 (y que no
concluyeron hasta 1632) por el prior Don Juan de Baeza con el celebrado
pintor Vicente Carducho (el tamaño de los cuadros es 3,45
x 3,15). Diego Angulo, al hablar del
estilo jugoso y deslumbrante del pintor, dice que a ello “debió haber
contribuido en no pequeña medida el encargo de la numerosa serie de lienzos
de gran tamaño de la cartuja de El Paular. A este encargo debe,
probablemente también, Vicente Carducho buena parte de su sentido de la
grandiosidad y de la monumentalidad que, aunque tal vez innato en él como
buen florentino, se vio quizá fomentado por la pintura de estos enormes
lienzos”. Carducho narra las historias en un tono equilibrado. Aunque
abundan los temas de martirio no pone especial énfasis en subrayar la nota
fuerte de la tragedia –él no pinta ningún cartujo del tono del mercedario
San Serapio, de Zubarán-, como tampoco sobresale por la expresión mística de
sus personajes. El compone la historia sabiamente, los personajes adoptan
las actitudes más adecuadamente, los personajes. El compone la historia
sabiamente, los personajes adoptan las actitudes más adecuadas, el conjunto
produce una impresión de monumentalidad y equilibrio, un tanto vacío, a
veces, pero siempre grato. “Esta serie es una de las de carácter monástico
más numerosas y antiguas que se pintan en España durante el siglo XVII.
Desde el punto de vista, desempeña papel de primer orden dentro de nuestra
pintura seiscientista.”
Carducho realizó este monumental encargo en su taller de la
calle de Atocha, auxiliado por sus discípulos Bartolomé Román (1596-1659) y
Félix Castello (nieto del Bergamasco), y entregaba los cuadros, a medida que
los iba realizando en la madrileña Hospedería de El Paular. Por el conjunto
de su trabajo le pagaron la suma de ciento treinta mil reales.
Entre tan copiosa serie, mencionaremos como algunos de los más
notables los siguientes cuadros: “Entrevista del Papa y S. Bruno”, “Muerte
del venerable Odón de Novara”, “S. Bruno renunciando a la mitra de Regio”,
“Don Bosson, General de la Orden, resucita a un albañil muerto”, “La Virgen
de los cartujos”, “La humildad de San Hugo”, “S. Dionisio cartujano”,
“Martirio de monjes y conversos de la cartuja de Londres”, “S. Hugo toma el
hábito de cartujo”, “Muerte del Padre Laudino en la cárcel”, “Aparición de
la virgen a S. Juan Fort”, “Aparición del padre Basilio de Borgoña a S. Hugo
de Lincoln, su discípulo”, “El milagro de las aguas”, etc.
A poco de producirse la desamortización, estos cuadros
constituyeron una de las primeras presas de los desamortizadores, pasando,
en 1836, al efímero Museo de la Trinidad y, en 1870, al Prado, donde
permanecieron almacenados hasta 1896, en que se inició la almoneda o saldo
de mismos, “repartiéndose por diversas provincias, sin método de ninguna
clase”.