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También se ha dicho que, so pretexto del terremoto de 1755 (que no debió
tener tanta importancia en un macizo montañoso tan antigua como éste), se
“disfrazo” todo su interior al gusto barroco (más bien rococó) imperante en
la época, tarea de la que se ocuparon algunos artífices que trabajaban en el
vecino palacio de la Granja. Donde primero se echa de ver su intervención es
en la bóveda, de medio cañón con lunetos, que cubre la nave y que está
profusamente decorada con adornos de escayola policromados y dorados, que se
han restaurado recientemente. En los lunetos del muro meridional y del
ábside hay ventanales cuadrados de la misma época que proporcionan
suficiente iluminación al templo. Ya hemos mencionado que durante tres
siglos y a bastante mayor altura que esta bóveda hubo un magnífico
artesonado mudéjar, realizado por uno de los colaboradores del maestro Abderramán (con el dinero que ha costado la restauración citada se
podría haber hecho otro artesonado más en consonancia con el carácter de
esta construcción).
También los muros de la nave se decoraron al mismo
gusto, con seis pares de pilastrillas adosadas, con
capitales compuestos, sobre los que corre un ancho y
volado entablamento, todo ello también con abundante y
policroma ornamentación. Esto contrasta con la desnudez
absoluta de tales muros, antes tapizados materialmente
de retablos y cuadros, entre los que las dos piezas
maestras de este templo, retablo y reja góticos, parecen
como “gallina en corral ajeno”.
Como todas las iglesias cartujanas, ésta se encontraba dividida
en tres tramos: el primero, hasta la reja, destinado a los
seglares varones (estaba prohibida la entrada a las mujeres); el
segundo, a coro de hermanos conversos, y el tercero, el más
cercano al presbiterio a coro de monjes (así se puede ver aún en
la cartuja de Miraflores, por ejemplo). En El
Paular, al primer tramo se desciende por una escalinata de ocho escalones y
baluartes a cuyos flancos hay sendas pilas benditeras. Sobre el dintel de la
puerta hay un potente blasón barroco con las armas de Carlos III y, encima
del entablamento, un óculo circular. A ambos lados había sendos retablos
barrocos enmarcando un lienzo cada uno (“la coronación de Espinas” en uno y
la “Oración del Huerto” en el otro). En el muro septentrional se conserva,
en cambio, una lápida de piedra por el obispo de Segovia. Don Melchor de
Moscoso, el 11 de junio de 1629. Cierra este tramo una magnifica reja
de hierro forjado y policromado, de este estilo isabelino, quizá el mejor
ejemplar de esta época que se conserva en España. La forjó el gran rejero,
que fue hermano converso de esta cartuja, Fray Francisco de Salamanca, autor
también de las de la catedral de Sevilla, cartuja de Miraflores y monasterio
de Guadalupe, y que realizó esta obra se entrecruzan círculos y
semicírculos, combinados con geles tenantes; el de los Trastámara y un
medallón con un busto de San Juan, todo ello a dos haces. Remata el conjunto
excepcional resultó gravemente dañada durante los años de abandono, pero ha
sido admirablemente restaurada. |