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Este último autor, que lo llama “orgullo de la grandiosa cartuja
de Castilla la Nueva”, ve en él una clara influencia del bajo Rhin y lo
emparenta con Simón de Colonia, fechándolo no antes de 1490. Por su parte,
Maria Elena Gómez-moreno ve en él afinidades con la escuela burgalesa de los
Colonia y Gil de Siloé, dándole como fecha límete la de 1474. Mucho más
acertadamente J.V.L. Brans lo relaciona con la escuela hispano-flamenca de
Toledo, de la que era figura destacada Juan Guás, que ya hemos visto dirigió
las obras de este período por cuenta de los Reyes Católicos, de los que era
arquitecto titular. Lo que confirma la semejanza entre ciertos elementos
decorativos de este retablo y de la portada de la iglesia, de neto sabor
isabelino.
Ahora podemos afirmar, por primera vez, incuestionablemente,
este espléndido conjunto fue labrado “in situ” por artistas de
la escuela de Guás durante la última década del siglo XV. Así lo demuestran una gran
cantidad de desechos del mismo alabastro que el del retablo que se arrojaron
al patio de Matalobos para terraplenar determinado lugar (algunos
parcialmente labrados) y que han aparecido con motivo de recientes obras.
Aún más, el actual prior conserva un fragmento de unos 25 centímetros,
totalmente tallado con volutas vegetales idénticas y del mismo tamaño que
las del guardapolvos exterior, y encontrado en el mismo lugar. No queda ya
sino averiguar los nombres de los artífices...
El conjunto destaca por su sencillez estructural y por su
decoración profusa hasta el extremo y de él ha señalado A. Durán Sampere “su
calidad excepcional y características muy especiales. La agrupación general
de las escenas da cierto énfasis a la cuadrícula de sus ejes: tres órdenes
en el cuerpo superior, predela elevada y debajo puertas muy labradas y un
gran relieve de la Virgen y el Niño rodeados de ángeles... Las composiciones
son muy claras y pensadas; las figuras aparecen perfectamente
individualizadas dentro de un concepto pictórico, pero de gran nobleza y
dignidad. Los doseles calados que cobijan las escenas están delicadamente
trabajados y asimismo los montantes con esculturas ornamentales adosadas. La
originalidad de su disposición y la calidad de las tallas hacen de este
retablo uno de los más bellos ce Castilla.
Por otra parte, se trata de un álbum inapreciable para
estudiar el vestuario y peinado femeninos de la época de
los Reyes Católicos. Y lo mismo puede decirse de la
arquitectura civil, tanto exterior como interior.
El cuerpo inferior lo compone la hornacina de la Virgen
entre dos portaditas que comunicaban con el primitivo
Sagrario, todo ello delimitado por cuatro pilastras con
estatuillas bajo doseletes. La talla de la Virgen de El
Paular, de mediano tamaño, es una verdadera delicia,
tanto por la delicadeza y belleza del rostro como por la
movilidad de la composición. Nuestra señora tiene un
racimo de uvas en la mano derecha que parece ofrecer al
Niño, uno de los ejemplares más logrados y realistas de
la iconografía, quien a su vez tiene un pájaro en la
mano izquierda al que da de comer un grano de uva. Madre
e hijo están rodeados por un precioso coro de seis
ángeles que tañen diferentes instrumentos musicales de
la época. El conjunto es inefable y para pasarse muchas
horas de contemplación ante él.
De las dos portaditas, muy decoradas, con sendos ángeles en las enjutas y
estatuillas de santas en los intercolumnios se ha escrito que “por sí solas,
estas puertas son monumentos sin rival del estilo isabelino”.
La predela, elevada está constituida por seis compartimentos de
las mismas dimensiones en que se efigian escenas de la vida de la Virgen,
quizá la más atrayentes de todo el retablo. Son éstas, de izquierda a
derecha del espectador, la Presentación de la Virgen en el Templo
(destacan los dos curiosos que se asoman por una galería y el mendigo que
sestea en el atrio indiferente a lo que sucede, así como la arquitectura
del templo, de transición gótico-plateresca); la Anunciación, en la
que además del Espíritu Santo aparece Dios Padre, detalle poco frecuente en
la iconografía (es de señalar también la minuciosidad con que se ha
representando el mobiliario); la Visitación, una de las escenas con
mayor encanto, y en la que hay que señalar la variedad de peinados e
indumentos de las mujeres participantes, así como elementos arquitectónicos
el Nacimiento de San Juan Bautista, deliciosa composición, llena de
intimismo en la que no falta ni el detalle de adoración y en la que se
incluye un encantador Anuncio a los Pastores; y la Adoración y en la que se
incluye un encantador Anuncio a los Pastores; y la adoración de los Magos,
en que destaca el lujoso vestuario de éstos y la arquitectura casi
renacentista de la casa de la Sagrada Familia.
El primer cuerpo propiamente dicho se divide en cuatro
compartimentos, más anchos de los extremos, y en los que se representan las
siguientes escenas: la Presentación del Niño en el Templo, con gran
concurrencia de personajes; el Bautismo en el Jordán, en presencia de
dos ángeles, uno de los cuales sostiene las vestiduras de Jesús; la
Ultima Cena, en la que Jesús echa el brazo por encima del hombro de San
Juan; y el Prendimiento, en que no falta el detalle de Malco
reclamando su oreja, que Jesús le ofrece, mientras Pedro envaina su espada,
con una hilera de olivos en el horizonte.
El segundo cuerpo tiene la misma disposición que el anterior y
en él las escenas se suceden así: la Flagelación, ante la presencia
de Herodes, y en la que destaca la noble y serena actitud de Cristo; el
Camino del Calvario, entre gran concurrencia de tropa, con indumentos
casi renacentista, y en la que causa maravilla que la recuerda con que el
sayón tira de Jesús pueda estar hecha de alabastro, tal en su perfección; el
Calvario, sin fondo alguno, para mejor destacar la soledad de Cristo
crucificado, nota que se acentúa por el alejamiento de los dos grupos
presentes (en el de la izquierda es impresionante el patetismo de la Virgen,
a la que sostiene en brazos San Juan y una santa mujer). Y el
Descendimiento o Piedad, donde la Virgen recoge sobre sus
rodillas el cuerpo rígido de su Hijo, con un fondo de tinieblas.
El último cuerpo no consta más que de dos compartimentos en que
se efigia la bajada de Jesús al Limbo, figurado como la boca de un
gran dragón, en presencia de curiosas representaciones de demonios, muy del
gusto flamenco (en la parte superior de esta escena y en pequeño tamaño se
ve la aparición de Jesús a su Madre, tema de gran rareza iconográfica);
y la Resurrección, en que los dormidos soldados parecen escapados de
los tercios del Gran Capitán.
Pero no acaba aquí todo. Además de las escenas
mencionadas no hay que perder de vista la riquísima y
bien terminada decoración en que junto a los finos
encajes gótico-floridos de los guardapolvos alternan
motivos vegetales, entrelazados a veces con angelotes
desnudos y bicharracos, y otros simbólicos (junto al
Descendimiento hay siete cabezas juveniles, ¿los
legendarios siete infantes de Lara...?!. Pero más
importancia tienen los treinta y nueve santos y santas
que se albergan bajo góticos doseletes adosados a las
diversas caras de las pilastras, de que pueden
distinguirse fácilmente S. Andrés, S. Judas, Tadeo, S.
Pedro, Sta. Bárbara, S. Juan
Bautista, S. Bartolomé, Santiago el Menor, Santiago el Mayor, S. Pablo, San
Antonio Abad, S. Sebastián, S. Cristóbal, etc., etc.
Sobre las alas
del segundo cuerpo hay, además, sendas tallas barrocas (s. XVII) de S. Juan Bautista y S. Bruno, de buena calidad. Y rematando el
retablo, el tradicional grupo de Calvario, también barroco y de buena
factura (quizá sustituyese al que hoy preside el refectorio, gótico del
siglo XV). |