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El 29 de agosto
de 1390, Juan I de Castilla donaba a la orden cartujana,
en la persona de su procurador don Lope Martínez,
monje de Scala Dei y natural de Segovia, sus palacios
del Poblar. Ese mismo día, en presencia de Juan I, don
Juan Serrano, obispo de Sigüenza, hizo a don Lope
el traspaso y canónica colocación de la ermita allí
situada, cuyo nombre era el de Santa María del Poblar,
por delegación de don Pedro Tenorio, arzobispo de
Toledo.
Se estableció
así acta de la primera cartuja de Castilla y sexta de
las fundaciones cartujanas de España, ubicada en la
provincia de Segovia (desde 1834 pertenece a la
provincia de Madrid), en el incomparable marco
geográfico del valle del Lozoya, a Kilómetro y medio de
Rascafría y a una hora larga de la capital de España.
No obstante las fuentes cartujanas que cimentan la
fundación de El Paular en pretendidas cláusulas
testamentarias de Enrique II de Transtámara, las reales
motivaciones para la construcción de el Paular se
inscriben en el movimiento reformista que tuvo lugar en
la corte de Juan I de Castilla y que tomó cuerpo en las
Constituciones, promulgadas en las Cortes de Palencia
por el legado papal, el cardenal español don Pedro de
Luna. Sin embargo, los colaboradores de Juan I estaban
convencidos de que no bastaba con establecer unas normas
de disciplinas monástica e insistían en la necesidad de
establecer foros que alimentaban la vida espiritual.
Efectivamente, en un lapso de un solo año, Juan I
procedió a construir tres monasterios, llamados a ser
fundaciones cimeras en sus respectivas órdenes:
Guadalupe (15 de agosto de 1389), de monjes jerónimos
que vivían los fervores de su reciente fundación
(18-10-1373); El Paular (29 de agosto de 1390), de
monjes cartujos, y San Benito el Real de Valladolid (21
de septiembre de 1390), de “monjes prietos” de la
venerable orden benedictina, tres fundaciones presididas
por el cuño del fervor y de la austera observancia.
Sobre la importancia de San Benito
el Real de Valladolid, cabeza de la congregación
benedictina que lleva su nombre, y también de Guadalupe
estamos sobradamente informados. La cartuja de El Paular
también ejerció su benéfica influencia en la renovación
religiosa española, y fue para las cartujas de Castilla
lo que Scala Dei fue para las de Cataluña. Así, fundó o
intervino de forma significativa en la fundación de
Santa María de las cuevas de Sevilla (1400) y en las
cartujas de Aniago (1441), Miraflores (1442) y Granada
(1515), y cuando se creó canónicamente en 1442 la
provincia cartujana de Castilla suministró el primer
visitador, siendo elegido su prior, don Juan de
la Parra (1577), primer vicario general de la
consagración nacional de los cartujos españoles. Al
Paular pertenecieron los dos padres que el 26 de julio
de 1415 presidieron el capítulo general de los jerónimos
celebrado en Guadalupe, donde eligieron a su primer
general en la persona de Fray Diego de Alarcón de
Lupiana.
El primer
capítulo general de la ya creada congregación nacional
de los cartujos españoles (4 de julio-octubre 1789) tuvo
como sede de sus deliberaciones la cartuja de
Valdelozoya. Más adelante, y probablemente gracias a los
méritos adquiridos en el movimiento secesionista de la
Grande Chartreuse (Francia), del que El Paular fue uno
de los centros más activos, fue respetado por las leyes
desamortizadoras del gobierno liberal de Fernando VII
publicadas en 1820 y tendentes a suprimir las casas
religiosas. No obstante, El Paular tuvo el mismo destino
que los demás monasterios, siendo definitivamente
durante la desamortización.
Durante sus
primeros cuatro siglos y medio de existencia, El Paular,
concluido en 1442 bajo el reinado de Juan II y
totalmente remodelado por Juan de Guas, arquitecto de
los Reyes Católicos, se convirtió en una de las cartujas
más poderosas del continente europeo, hasta el punto de
que en 1515 pudo permitirse el lujo de costear la
construcción de la cartuja de Granada. Su importancia
económica fue notable, ya que disponía, entre otras
fuentes de ingresos, de una cabaña real con 86.000
ovejas merinas y de su “molino de papel”, en el que se
imprimió la editio princeps del Quijote.
Sus posesiones rústicas y urbanas, agrupadas en torno a
la Conrería situada en Talamanca del Jarama y en el
señorío de Gétale (Madrid), eran inmensas, de tal modo
que alguien las tituló con el sugerente monte de
“ministerio de hacienda de los cartujos”.
El Paular cuenta
con un nutrido “priorologio”,
integrado por 91 hombres y un total
de 117 prioratos (algunos priores
fueron reelegidos). De ellos, el
protoprior fue don Lope
Martínez, muerto en 1396, y el
último don Francisco de Paula
Villar. Entre los demás, tres
destacan por su especial relieve.
1.
Bernardo de Castro
(1520-1585), educado en el palacio
de don Antonio Manrique, obispo de
Málaga, fue prior de el Paular
(1570-1574) y visitador de Castilla.
Recibió en 1555 la orden de su
prior, don Juan de la Parra,
y de los visitadores de redactar la
memoria de la fundación y dotación
de El Paular; su trabajo, que suele
conocerse como “libro del Becerro”,
fue un manuscrito de 381 folios que
recogía la historia de los primeros
175 años de vida de El Paular, una
obra honesta y, en general, bien
documentada.
2.
Rodrigo de Valdepeñas
(1505-1560) nació en Ciudad Real y
fue prior de El Paular entre 1536 y
1545. En 1552 se le nombró visitador
de Castilla. Además del libro sobre
el origen, la fundación y la
remodelación de la Cartuja de
Granada, escribió una glosa devota y
cristiana acerca de las coplas de
Jorge Manrique y adornó con versos
de pie quebrado las puertas de las
celdas del claustro grande de El
Paular. Se conserva la colección
completa, aunque ya no en su lugar
original.
3.
Juan Baeza († 1641) nació en Belmonte (Cuenca)
y se doctoró en ambos derechos.
Ingresó en El Paular en 1609 y fue
prior en tres ocasiones. Su copiosa
obra literaria manuscrita quedó en
el archivo de El Paular,
recuperándose últimamente una de sus
obras. Encargo al pintor Vicente
Carducho la realización de 54
lienzos sobre la vida de San Bruno y
sobre varios asuntos de la orden
cartujana para el claustro grande,
una colección que aún se conserva,
aunque por el momento está en un
piadoso exilio administrativo. A
instancias suyas, don Melchor
Moscoso, obispo de Segovia, consagró
la iglesia del monasterio el 11 de
julio de 1629. Poco después, don
Melchor ingresó como monje en el
Paular, donde murió en 1632; en el
monasterio se conserva su sepulcro,
o memoria sepulchri Aunque no
fueron priores, otros tres monjes de El Paular son
ilustres por más de un concepto. En primer lugar,
Francisco de Salamanca, el famoso rejero español que,
además de de la verja de El Paular, forjó la gran verja
de El Paular, forjó la gran verja de Guadalupe, tres
verjas de la catedral de Sevilla y dos de la catedral de
Segovia. En segundo lugar, Fray Martín Galíndez, buen
pintor y magnifico matemático, que realizó en 1627,
basándose en un modelo babilónico, el reloj de sol
situado en el primer plano del frontispicio del templete
del claustro grande. En tercer lugar, don Bruno
Solís y Valenzuela (1616-1677), que nació en Bogotá
(Colombia) y escribió su Laurea critica, la
primera pieza dramática escrita en Nueva Granada por un
nativo y cuyo texto conservamos. Fue maestro en artes,
doctor en teología, predicador apostólico, notario del
Santo Oficio y juez asistente de los exámenes de
beneficios curados. Vino a una comisión a Madrid en 1639
y ya no regreso a Colombia, ingresando en El Paular el
14 de septiembre de 1639. Se conocen unas 35 obras
suyas, entre ellas la Relación histórica de la real
fundación de la sagrada cartuja de Santa María de El
Paular (1 de enero de 1643). Fue el creador, o al
menos el mayor impulsor, de la teoría de que la
fundación de El Paular se debió a la manda testamentaria
de Enrique II, por el doble motivo de expiar su
participación en la muerte de su hermano Pedro I y de
compensar a la cartuja que habría destruido en su
iter gallicum. Ya apuntamos la inexactitud histórica
de tal afirmación. |
Unas de las
motivaciones para la ley de desamortización fue la
presión económica sobre un erario público exhausto, de
ahí que no sea de extrañar que los bienes desamortizados
se pusieran en venta de inmediato. No obstante, las
propiedades de el Paular eran cuantiosas, y el precio,
elevado. Fue necesario parcelar para vender, con lo cual
de las llamadas “manos muertas” fue a parar, sin
provecho para el tesoro público, a otras “manos muy
vivas”. Tan escaso fue el provecho que el monasterio,
vendido en 1844 al Excmo. Sr. D. Rafael Sánchez Merino
por 40.000 duros, fue adquirido 20 años más tarde por el
estado vendedor por 60.000 duros ¡y eso sólo el polígono
monumental! El mismo consejo de estado hubo de reconocer
que era doloroso readquirir mediante tan crecida suma un
edificio del que el estado se desprendió por tam
reducida cantidad. Con ello se reconocía oficialmente la
malversación que sufrió el patrimonio de la nación en
aras de la progresiva ley de desamortización, que le
valió a España la pérdida del 60% de su tesoro
artístico, según comunicó un experto en la materia, José
Camón Aznar.
| El real decreto
del 25 de julio de 1835 eximía de ser aplicados al pago
de la deuda pública, es decir, se excluían de la venta,
los archivos, bibliotecas, pinturas y demás enseres de
las casas religiosas eliminadas que pudieran ser útiles
a los institutos científicos y artísticos. El archivo de
El Paular, 6 pergaminos (siglos XIV-XV) y 116 legajos,
fue trasladado, al menos en parte (cinco grandes cajones
según la correspondencia de don Eugenio Juan
Hartzenbusch), a la biblioteca, muy diezmada ya por la
invasión francesa, fue trasladada, al menos en parte
(cinco grandes cajones según la correspondencia de don
Eugenio Juan Hartzenbusch, por entonces bibliotecario de
la nacional), a la biblioteca de su dirección. Los demás
bienes, exceptuada la colección de lienzos que Vicente
Carducho pintó para el claustro grande, pasó en 1836 al
Museo Nacional instalado en el exconvento de Trinitarios
de Atocha, quedaron en El Paular, comprometiéndose el
comprador a velar por su buena conservación. Esta
cláusula de la escrita de compra-venta pesó como una
losa sobre la economía del Sr. Sánchez Merino, que acabó
por proponer al estado una alternativa: o se votaba un
presupuesto especial para conservar el patrimonio
artístico de El Paular, o bien el estado lo readquiría,
exonerándole de semejante obligación. El estado optó por
la segunda opción y a propuesta de Real Academia de
Bellas Artes, el ministerio adquirió la parte monumental
del Monasterio el 22 de junio de 1874, que dos años más
tarde era declarada monumento nacional
histórico-artístico. Incomprensiblemente, en el polígono
de bellas artes no se incluyeron el claustro primitivo
de 1400, ni el palacete de enrique III adosado a él. El
estado paso como celador de este patrimonio a don
Faustino Alonso, sobrino del último cartujo de El
Paular, que en 1914 ya llevaba en el cargo la friolera
de medio siglo. |
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Por real orden
de 7 de abril de 1883 se dispuso (con el dictamen en
contra de la Real Academia de Bellas artes) el traslado
a San Francisco el Grande, de Madrid, de las tres
sillerías de El Paular, la de los padres, la de los
legos y la de la sala capitular, en calidad de depósito,
y con la condición de que si fuera necesario destinarlas
a otro sitio, se dispondrá su devolución. Los autores de
estas espléndidas sillerías fueron José de la Torre
(sala capitular) y Bartolomé Fernández (iglesia),
segoviano, que también fue el creador de la sillería de
El Parral, de Segovia.
Ante este progresivo expolio, hubo varios intentos de
llamar la atención del pueblo español sobre el valor del
conjunto monumental de El Paular y su privilegiado
enclave en Valdelozoya, valle cuya parte alta (Peñalara
y alto Lozoya) ha sido declarada recientemente (15 de
junio de 1990) parque natural. La joya más estimada de
este parque es la Perla de la Sierra, como gráficamente
se denomina el Paular.
Fue en primer
lugar la Institución Libre de Enseñanza, con don
Francisco Giner de los Ríos a la cabeza, la que eligió
al Paular como escenario ideal para las excursiones
estudiantiles que organizaba periódicamente. Más tarde,
entre 1917 y 1953, la Real Academia de Bellas artes
instaló en la antigua celda prioral el pensamiento de
pintores; casi de inmediato, El Paular se convierte en
lugar de veraneo de los Menéndez Pidal, Ibáñez Marín,
Troyano de los Ríos, Vega, Mesa y otros. Se proyectó
crear una biblioteca de alpinismo para los montañeros
del club Peñalara. El 4 de agosto de 1909, una tormenta
provocó un incendio en la torre (obra de Ventura
Rodríguez), afectando gravemente a las cubiertas de la
iglesia. Si la situación de El Paular ya era deplorable,
este suceso agudizó el proceso de desmoronamiento y se
pensó seriamente en salvar el famoso retablo del altar
mayor y trasladarlo a Madrid. Fue entonces cuando don
Claudio López Bru, segundo marqués de Comillas y
vicepresidente de la junta general de Acción Católica,
encargó al joven sacerdote don Baltasar Cuartero Huerta
la redacción de la historia de El Paular, cuyos gastos
de edición asumió. Cuartero Huerta redactó esta historia
en tres volúmenes sin embargo, tras la muerte del
marqués de Comillas en 1925, y pese a los sucesivos
conatos de edición, la obra aún permanece inédita.
Durante algunos
años funcionó una residencia de minusválidos en el
antiguo noviciado de los cartujos. Finalmente se creó
una fuerte corriente de opinión para que el estado
adquiriera la parte de edificio que todavía estaba en
manos privadas con el fin de establecer en El Paular una
universidad de verano, proyecto que culminó con una
expropiación forzosa que se firmó el 18 de julio de
1936. La guerra civil, que se inició ese mismo día,
paralizó el proyecto, que resurgió cuando acabó la
contienda bajo el auspicio del gobierno del general
Franco. El 20 de octubre de 1943, el Ministerio de
Educación readquirió El Paular con toda la zona
edificada más la huerta, con la idea de establecer allí
una universidad de verano.
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Recuperación del Paular para la vida monástica |
Mientras tanto,
el nuevo jefe de estado español realizó en 1942 su
primer viaje oficial a Cataluña, alojándose en
Montserrat. Le impresionó de tal modo aquel centro de
espiritualidad benedictina que pensó en edificar cerca
de Madrid un monasterio benedictino que fuera para esta
ciudad lo que Montserrat era para Barcelona. Tras hablar
con la autoridad competente y después de distintas
vicisitudes, El Paular fue entregado en usufructo a la
orden benedictina el 31 de diciembre de 1948 para
instalar en él una abadía con un colegio de vacaciones y
una cosa de formación monástica para toda España y los
monasterios de ultramar: Chile, islas Filipinas y
Australia. Es decir, que aunque no era una universidad
de verano, se mantenía para El Paular un estatuto
cultural de gran alcance. La escritura notarial de la
cesión a los benedictinos “al no haberse podido hacer
cargo de ella la orden de los cartujos” (se recoge en la
orden de cesión fechada el 23 de febrero de 1954), lleva
fecha del 14 de julio de 1954.
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En
consecuencia, cinco monjes de la abadía de Valvanera (La
Rioja) llegaron el 20 de marzo de 1954 a tomar posesión
y a activar los trabajos de reconstrucción del
monasterio, en orden a establecer una comunidad
monástica. El 25 de abril de 1957 llegó desde Valvanera
el resto de la comunidad, 12 monjes en total, y el 1 de
mayo siguiente se iniciaba la vida regular en el Paular
interrumpida durante 119 años. El primer
capítulo general de la ya creada congregación nacional
de los cartujos españoles (4 de julio-octubre 1789) tuvo
como sede de sus deliberaciones la cartuja de
Valdelozoya. Más adelante, y probablemente gracias a los
méritos adquiridos en el movimiento secesionista de la
Grande Chartreuse (Francia), del que El Paular fue uno
de los centros más activos, fue respetado por las leyes
desamortizadoras del gobierno liberal de Fernando VII
publicadas en 1820 y tendentes a suprimir las casas
religiosas. No obstante, El Paular tuvo el mismo destino
que los demás monasterios, siendo definitivamente
durante la desamortización. |
Aunque sin la
extensa proyección cultural y
educativa auspiciada para el Paular,
en este centro se albergó y formó
varios monjes con destinos chilenos.
En 1963, y con el Paular como local
social, se formó la Sociedad
Española de Estudios Monásticos y se
creó la revista Yermo,
publicada durante 20 años como
órgano de expresión de la mencionada
sociedad.
En la
actualidad, el Paular cuenta con una
pequeña comunidad de 14 monjes que
viven la vida monástica según el
módulo tradicional: trabajo (manual
e intelectual), recepción de
huéspedes, acompañantes a los
numerosos visitantes de este
monumento nacional, así como la
atención pastoral a la vida
sacramental que se desarrolla en la
iglesia del monasterio:
celebraciones eucarísticas,
matrimonios, bautizos, primeras
comuniones, misas para grupos...
El
priorologio benedictino en estos 49
años es breve. Se compone de seis
nombres:
Placido
Gil Imirizaldu: 20.III.1954-20.VIII.1958;
23 VIII.1968-6.VI.1969
Casiano
Martínez Sedano: 20.VIII.1958-13.III.1959.
Abad.
Pedro Celestino Gusi: 13.III.1959-15IX.1959;
6.VI.1969-28.VIII.1970
Odilón
M. Cunill: 15.X1959-23.VII.1968
Ildefonso M. Gómez Gómez: 28.VIII.1970-12.II.2003
Miguel Muñoz Vila: 12.II.2003...
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