III. Organización de la Comunidad
CAPITULO XXI
LOS DECANOS DEL MONASTERIO
1 Si la comunidad es numerosa,
elíjanse hermanos que tengan buena fama y una vida santa, y
sean nombrados decanos, 2 para que velen en todo
con solicitud sobre sus decanías, según los mandamientos de
Dios y los preceptos de su abad.
3 Elíjanse decanos a aquellos
con quienes el abad pueda compartir confiadamente su cargo.
4 Y no se elijan por orden, sino según el mérito
de su vida y la sabiduría de su doctrina.
5 Si alguno de los decanos,
hinchado por el espíritu de soberbia, se hace reprensible,
corríjaselo una primera, una segunda y una tercera vez, y si
no quiere enmendarse, destitúyaselo 6 y póngase
en su lugar a otro que sea digno. 7 Lo mismo
establecemos respecto del prior.
__________
Notas
1. Cf. Dt 1,13-15; Hch 6,1-3
3. Ex 18,21-22
CAPITULO XXII
COMO HAN DE DORMIR LOS MONJES
1 Duerma cada cual en su cama.
2 Reciban de su abad la ropa de cama adecuada a
su género de vida. 3 Si es posible, duerman todos
en un mismo local, pero si el número no lo permite, duerman
de a diez o de a veinte, con ancianos que velen sobre ellos.
4 En este dormitorio arda constantemente una
lámpara hasta el amanecer.
5 Duerman vestidos, y ceñidos
con cintos o cuerdas. Cuando duerman, no tengan a su lado
los cuchillos, no sea que se hieran durante el sueño. 6
Estén así los monjes siempre preparados, y cuando se dé la
señal, levántense sin tardanza y apresúrense a anticiparse
unos a otros para la Obra de Dios, aunque con toda gravedad
y modestia. 7 Los hermanos más jóvenes no tengan
las camas contiguas, sino intercaladas con las de los
ancianos. 8 Cuando se levanten para la Obra de
Dios, anímense discretamente unos a otros, para que los
soñolientos no puedan excusarse.
CAPITULO XXIII
LA EXCOMUNION POR LAS FALTAS
1 Si algún hermano es terco,
desobediente, soberbio o murmurador, o contradice
despreciativamente la Santa Regla en algún punto, o los
preceptos de sus mayores, 2 sea amonestado
secretamente por sus ancianos una y otra vez, según el
precepto de nuestro Señor. 3 Si no se enmienda,
repréndaselo públicamente delante de todos. 4 Si
ni así se corrige, sea excomulgado, con tal que sea capaz de
comprender la importancia de esta pena. 5 Si no
es capaz, reciba un castigo corporal.
__________
Notas
2. Cf. Mt 18,15
CAPITULO XXIV
CUAL DEBE SER EL ALCANCE DE LA EXCOMUNION
1 La gravedad de la excomunión
o del castigo debe calcularse por la gravedad de la falta,
2 cuya estimación queda a juicio del abad.
3 Si un hermano cae en faltas
leves, no se le permita compartir la mesa. 4 Con
el excluído de la mesa común se seguirá este criterio: En el
oratorio no entone salmo o antífona, ni lea la lectura,
hasta que satisfaga. 5 Tome su alimento solo,
después que los hermanos hayan comido; 6 así, por
ejemplo, si los hermanos comen a la hora de sexta, coma él a
la de nona, si los hermanos a la de nona, él a la de
vísperas, 7 hasta que sea perdonado gracias a una
expiación conveniente.
CAPITULO XXV
LAS FALTAS MAS GRAVES
1 Al hermano culpable de una
falta más grave exclúyanlo a la vez de la mesa y del
oratorio. 2 Ninguno de los hermanos se acerque a
él para hacerle compañía o para conversar. 3 Esté
solo en el trabajo que le manden hacer, y persevere en
llanto de penitencia meditando aquella terrible sentencia
del Apóstol que dice: 4 "Este hombre ha sido
entregado a la muerte de la carne, para que su espíritu se
salve en el día del Señor". 5 Tome a solas su
alimento, en la medida y hora que el abad juzgue convenirle.
6 Nadie lo bendiga al pasar, ni se bendiga el
alimento que se le da.
__________
Notas
4. 1 Cor 5,5
CAPITULO XXVI
LOS QUE SE JUNTAN SIN PERMISO
CON LOS EXCOMULGADOS
1 Si algún hermano se atreve,
sin orden del abad, a tomar contacto de cualquier modo con
un hermano excomulgado, a hablar con él o a enviarle un
mensaje, 2 incurra en la misma pena de la
excomunión.
CAPITULO XXVII
CON QUE SOLICITUD DEBE EL ABAD
CUIDAR DE LOS EXCOMULGADOS
1 Cuide el abad con la mayor
solicitud de los hermanos culpables, porque "no necesitan
médico los sanos, sino los enfermos". 2 Por eso
debe usar todos los recursos, como un sabio médico. Envíe,
pues, "sempectas", esto es, hermanos ancianos prudentes
3 que, como en secreto, consuelen al hermano
vacilante, lo animen para que haga una humilde satisfacción,
y lo consuelen "para que no sea abatido por una excesiva
tristeza", 4 sino que, como dice el Apóstol,
"experimente una mayor caridad"; y todos oren por él.
5 Debe, pues, el abad extremar
la solicitud y procurar con toda sagacidad e industria no
perder ninguna de las ovejas confiadas a él. 6
Sepa, en efecto, que ha recibido el cuidado de almas
enfermas, no el dominio tiránico sobre las sanas, 7
y tema lo que Dios dice en la amenaza del Profeta: "Tomaban
lo que veían gordo y desechaban lo flaco". 8
Imite el ejemplo de piedad del buen Pastor, que dejó noventa
y nueve ovejas en los montes, y se fue a buscar una que se
había perdido. 9 Y tanto se compadeció de su
flaqueza, que se dignó cargarla sobre sus sagrados hombros y
volverla así al rebaño.
__________
Notas
1. Mt 9,12
3. 2 Cor 2,7
4. 2 Cor 2,8
7. Ez 34,3-4
8. Cf. Lc 15,4-5; Jn 10,11
9. Cf. Heb 4,15
CAPITULO XXVIII
DE LOS QUE MUCHAS VECES CORREGIDOS
NO SE ENMIENDAN
1 Al hermano que, a pesar de
ser corregido frecuentemente por una falta, y aun
excomulgado, no se enmienda, aplíquesele una corrección más
severa, esto es, castígueselo con azotes. 2 Pero
si ni aun así se corrige, o tal vez, lo que ojalá no suceda,
se llena de soberbia y pretende defender su conducta, el
abad obre como un sabio médico: 3 si ya aplicó
los fomentos y los ungüentos de las exhortaciones, los
medicamentos de las divinas Escrituras y, por último, el
cauterio de la excomunión y las heridas de los azotes,
4 y ve que no puede nada con su industria, aplique
también lo que es más eficaz, esto es, su oración y la de
todos los hermanos por aquel, 5 para que el
Señor, que todo lo puede, sane al hermano enfermo.
6 Mas si no sana ni con este
medio, use ya entonces el abad del hierro de la amputación,
como dice el Apóstol: "Arranquen al malo de entre ustedes".
7 Y en otro lugar: "El infiel, si se va que se
vaya", no sea que una oveja enferma contagie todo el rebaño.
__________
Notas
5. Cf. Mt 19,26; Flp 2,12
6. 1 Cor 5,13; cf. Dt 13,6; 17,7; 19,19
7. 1 Cor 7,15
CAPITULO XXIX
SI LOS MONJES QUE SE VAN DEL MONASTERIO
DEBEN SER RECIBIDOS DE NUEVO
1 El hermano que se fue del
monasterio por su propia culpa, y quiere luego volver,
comience por prometer una total enmienda de lo que fue causa
de su salida. 2 Se le recibirá entonces en el
último grado, para que así se compruebe su humildad. 3
Mas si vuelve a salir, recíbaselo de igual modo hasta una
tercera vez, sabiendo que, en adelante, toda posibilidad de
retorno le será denegada.
CAPITULO XXX
COMO HAN DE SER CORREGIDOS LOS NIÑOS
EN SU MENOR EDAD
1 Cada uno debe ser tratado
según su edad y capacidad. 2 Por eso, los niños y
los adolescentes, o aquellos que son incapaces de comprender
la gravedad de la pena de la excomunión, 3
siempre que cometan una falta, deberán ser sancionados con
rigurosos ayunos o corregidos con ásperos azotes, para que
sanen.
__________
Notas
3. Cf. Heb 12,13
CAPITULO XXXI
COMO DEBE SER EL MAYORDOMO DEL MONASTERIO
1 Elíjase como mayordomo del
monasterio a uno de la comunidad que sea sabio, maduro de
costumbres, sobrio y frugal, que no sea ni altivo, ni
agitado, ni propenso a injuriar, ni tardo, ni pródigo,
2 sino temeroso de Dios, y que sea como un padre para
toda la comunidad.
3 Tenga el cuidado de todo.
4 No haga nada sin orden del abad, 5
sino que cumpla todo lo que se le mande. 6 No
contriste a los hermanos. 7 Si quizás algún
hermano pide algo sin razón, no lo entristezca con su
desprecio, sino niéguele razonablemente y con humildad lo
que aquél pide indebidamente.
8 Mire por su alma,
acordándose siempre de aquello del Apóstol: "Quien bien
administra, se procura un buen puesto". 9 Cuide
con toda solicitud de los enfermos, niños, huéspedes y
pobres, sabiendo que, sin duda, de todos éstos ha de dar
cuenta en el día del juicio.
10 Mire todos los utensilios y
bienes del monasterio como si fuesen vasos sagrados del
altar. 11 No trate nada con negligencia. 12
No sea avaro ni pródigo, ni dilapide los bienes del
monasterio. Obre en todo con mesura y según el mandato del
abad.
13 Ante todo tenga humildad, y
al que no tiene qué darle, déle una respuesta amable,
14 porque está escrito: "Más vale una palabra amable
que la mejor dádiva" .15 Tenga bajo su cuidado
todo lo que el abad le encargue, y no se entrometa en lo que
aquél le prohíba. 16 Proporcione a los hermanos
el sustento establecido sin ninguna arrogancia ni dilación,
para que no se escandalicen, acordándose de lo que merece,
según la palabra divina, aquel que "escandaliza a alguno de
los pequeños".
17 Si la comunidad es
numerosa, dénsele ayudantes, con cuya asistencia cumpla él
mismo con buen ánimo el oficio que se le ha confiado.
18 Dense las cosas que se han
de dar, y pídanse las que se han de pedir, en las horas que
corresponde, 19 para que nadie se perturbe ni
aflija en la casa de Dios.
__________
Notas
1. 1 Tim 3,2; 2 Tim 4,5; Tit 1,8; cf. Is 42,4
8. 1 Tim 3,13
9. Cf. Mt 12,36
14. Eclo 18,17
16. Mt 18,6
CAPITULO XXXII
LAS HERRAMIENTAS Y OBJETOS
DEL MONASTERIO
1 El abad confíe los bienes
del monasterio, esto es, herramientas, vestidos y
cualesquiera otras cosas, a hermanos de cuya vida y
costumbres esté seguro, 2 y asígneselas para su
custodia y conservación, como él lo juzgue conveniente.
3 de estos bienes tenga el abad un inventario, para
saber lo que da y lo que recibe, cuando los hermanos se
suceden en sus cargos.
4 Si alguien trata las cosas
del monasterio con sordidez o descuido, sea corregido, y si
no se enmienda, sométaselo a la disciplina de la Regla.
__________
Notas
3. Cf. Eclo 42,7
CAPITULO XXXIII
SI LOS MONJES DEBEN TENER ALGO PROPIO
1 En el monasterio se ha de
cortar radicalmente este vicio. 2 Que nadie se
permita dar o recibir cosa alguna sin mandato del abad,
3 ni tener en propiedad nada absolutamente, ni libro,
ni tablillas, ni pluma, nada en absoluto, 4 como
a quienes no les es lícito disponer de su cuerpo ni seguir
sus propios deseos. 5 Todo lo necesario deben
esperarlo del padre del monasterio, y no les está permitido
tener nada que el abad no les haya dado o concedido. 6
Y que "todas las cosas sean comunes a todos", como está
escrito, de modo que nadie piense o diga que algo es suyo.
7 Si se sorprende a alguno que
se complace en este pésimo vicio, amonésteselo una y otra
vez, 8 y si no se enmienda, sométaselo a la
corrección.
__________
Notas
6. Hch 4,32
CAPITULO XXXIV
SI TODOS DEBEN RECIBIR
IGUALMENTE LO NECESARIO
1 Está escrito: "Repartíase a
cada uno de acuerdo a lo que necesitaba". 2 No
decimos con esto que haya acepción de personas, no lo
permita Dios, sino consideración de las flaquezas. 3
Por eso, el que necesita menos, dé gracias a Dios y no se
contriste; 4 en cambio, el que necesita más,
humíllese por su flaqueza y no se engría por la
misericordia. 5 Así todos los miembros estarán en
paz.
6 Ante todo, que el mal de la
murmuración no se manifieste por ningún motivo en ninguna
palabra o gesto. 7 Si alguno es sorprendido en
esto, sométaselo a una sanción muy severa.
__________
Notas
1. Hch 4,35
2. Cf. Rom 2,11
5. Cf. 1 Cor 12,26-27
CAPITULO XXXV
LOS SEMANEROS DE COCINA
1 Sírvanse los hermanos unos a
otros, de tal modo que nadie se dispense del trabajo de la
cocina, a no ser por enfermedad o por estar ocupado en un
asunto de mucha utilidad, 2 porque de ahí se
adquiere el premio de una caridad muy grande. 3 Dése ayuda a
los débiles, para que no hagan este trabajo con tristeza;
4 y aun tengan todos ayudantes según el estado de
la comunidad y la situación del lugar. 5 Si la
comunidad es numerosa, el mayordomo sea dispensado de la
cocina, como también los que, como ya dijimos, están
ocupados en cosas de mayor utilidad. 6 Los demás
sírvanse unos a otros con caridad.
7 El que termina el servicio
semanal, haga limpieza el sábado. 8 Laven las
toallas con las que los hermanos se secan las manos y los
pies. 9 Tanto el que sale como el que entra,
laven los pies a todos. 10 Devuelva al mayordomo
los utensilios de su ministerio limpios y sanos, 11
y el mayordomo, a su vez, entréguelos al que entra, para
saber lo que da y lo que recibe.
12 Los semaneros recibirán una
hora antes de la comida, un poco de vino y de pan sobre la
porción que les corresponde, 13 para que a la
hora de la refección sirvan a sus hermanos sin murmuración y
sin grave molestia, 14 pero en las solemnidades
esperen hasta el final de la comida.
15 Al terminar los Laudes del
domingo, los semaneros que entran y los que salen, se
pondrán de rodillas en el oratorio a los pies de todos,
pidiendo que oren por ellos. 16 El que termina su
semana, diga este verso: "Bendito seas, Señor Dios, porque
me has ayudado y consolado". 17 Dicho esto tres
veces, el que sale recibirá la bendición. Luego seguirá el
que entra diciendo: "Oh Dios, ven en mi ayuda, apresúrate,
Señor, a socorrerme". 18 Todos repitan también
esto tres veces, y luego de recibir la bendición, entre a
servir.
__________
Notas
16. Cf. Dan 3,52; Sal 85,17
17. Sal 69,2
CAPITULO XXXVI
LOS HERMANOS ENFERMOS
1 Ante todo y sobre todo se ha
de atender a los hermanos enfermos, sirviéndolos como a
Cristo en persona, 2 pues Él mismo dijo: "Enfermo
estuve y me visitaron" 3 y "Lo que hicieron a uno
de estos pequeños, a mí me lo hicieron". 4 Pero
consideren los mismos enfermos que a ellos se los sirve para
honrar a Dios, y no molesten con sus pretensiones excesivas
a sus hermanos que los sirven. 5 Sin embargo, se
los debe soportar pacientemente, porque tales enfermos hacen
ganar una recompensa mayor. 6 Por tanto el abad
tenga sumo cuidado de que no padezcan ninguna negligencia.
7 Para los hermanos enfermos haya un local aparte
atendido por un servidor temeroso de Dios, diligente y
solícito. 8 Ofrézcase a los enfermos, siempre que
sea conveniente, el uso de baños; pero a los sanos,
especialmente a los jóvenes, permítaselos más difícilmente.
9 A los enfermos muy débiles les es permitido
comer carne para reponerse, pero cuando mejoren, dejen de
hacerlo, como se acostumbra. 10 Preocúpese mucho
el abad de que los mayordomos y los servidores no descuiden
a los enfermos, porque él es el responsable de toda falta
cometida por los discípulos.
__________
Notas
2. Mt 25,36
3. Mt 25,40
CAPITULO XXXVII
LOS ANCIANOS Y LOS NIÑOS
1 Aunque la misma naturaleza
humana mueva a ser misericordioso con estas dos edades, o
sea la de los ancianos y la de los niños, la autoridad de la
Regla debe, sin embargo, mirar también por ellos. 2
Téngase siempre presente su debilidad, y en modo alguno se
aplique a ellos el rigor de la Regla en lo que a alimentos
se refiere, 3 sino que se les tendrá una amable
consideración, y anticiparán las horas de comida regulares.
CAPITULO XXXVIII
EL LECTOR DE LA SEMANA
1 En la mesa de los hermanos
no debe faltar la lectura. Pero no debe leer allí el que de
buenas a primeras toma el libro, sino que el lector de toda
la semana ha de comenzar su oficio el domingo. 2
Después de la misa y comunión, el que entra en función pida
a todos que oren por él, para que Dios aparte de él el
espíritu de vanidad. 3 Y digan todos tres veces
en el oratorio este verso que comenzará el lector: "Señor,
ábreme los labios, y mi boca anunciará tus alabanzas".
4 Reciba luego la bendición y
comience su oficio de lector. 5 Guárdese sumo
silencio, de modo que no se oiga en la mesa ni el susurro ni
la voz de nadie, sino sólo la del lector.
6 Sírvanse los hermanos unos a
otros, de modo que los que comen y beben, tengan lo
necesario y no les haga falta pedir nada; 7 pero
si necesitan algo, pídanlo llamando con un sonido más bien
que con la voz. 8 Y nadie se atreva allí a
preguntar algo sobre la lectura o sobre cualquier otra cosa,
para que no haya ocasión de hablar, 9 a no ser
que el superior quiera decir algo brevemente para
edificación. 10 El hermano lector de la semana
tomará un poco de vino con agua antes de comenzar a leer, a
causa de la santa Comunión, y para que no le resulte penoso
soportar el ayuno.
11 Luego tomará su alimento con los semaneros
de cocina y los servidores. 12 No lean ni canten
todos los hermanos por orden, sino los que edifiquen a los
oyentes.
__________
Notas
3. Sal 50,17
CAPITULO XXXIX
LA MEDIDA DE LA COMIDA
1 Nos parece suficiente que en la comida
diaria, ya se sirva ésta a la hora sexta o a la hora nona, se
sirvan en todas las mesas dos platos cocidos a causa de las
flaquezas de algunos, 2 para que el que no pueda
comer de uno, coma del otro. 3 Sean, pues,
suficientes dos platos cocidos para todos los hermanos, y si se
pueden conseguir frutas o legumbres, añádase un tercero.
4 Baste una libra bien pesada de
pan al día, ya sea que haya una sola comida, o bien almuerzo y
cena. 5 Si han de cenar, reserve el mayordomo una
tercera parte de esa misma libra para darla en la cena.
6 Pero si el trabajo ha sido mayor
del habitual, el abad tiene plena autoridad para agregar algo,
si cree que conviene, 7 evitando empero, ante todo,
los excesos, para que nunca el monje sufra una indigestión,
8 ya que nada es tan contrario a todo cristiano como la
glotonería, 9 como dice el Señor: "Miren que no se
graven sus corazones con la voracidad". 10 A los
niños de tierna edad no se les dé la misma cantidad que a los
mayores, sino menos, guardando en todo la templanza.
11 Y todos absténganse
absolutamente de comer carne de cuadrúpedos, excepto los
enfermos muy débiles.
__________
Notas
9. Lc 21,34
CAPITULO XL
LA MEDIDA DE LA BEBIDA
1 "Cada cual ha recibido de
Dios su propio don, uno de una manera, otro de otra", 2
por eso establecemos con algún escrúpulo la medida del
sustento de los demás. 3 Teniendo, pues, en
cuenta la flaqueza de los débiles, creemos que es suficiente
para cada uno una hémina de vino al día. 4 Pero
aquellos a quienes Dios les da la virtud de abstenerse,
sepan que han de tener un premio particular.
5 Juzgue el superior si la
necesidad del lugar, el trabajo o el calor del verano exigen
más, cuidando en todo caso de que no se llegue a la saciedad
o a la embriaguez. 6 Aunque leemos que el vino en
modo alguno es propio de los monjes, como en nuestros
tiempos no se los puede persuadir de ello, convengamos al
menos en no beber hasta la saciedad sino moderadamente,
7 porque "el vino hace apostatar hasta a los sabios".
8 Pero donde las condiciones
del lugar no permiten conseguir la cantidad que dijimos,
sino mucho menos, o nada absolutamente, bendigan a Dios los
que allí viven, y no murmuren. 9 Ante todo les
advertimos ésto, que no murmuren.
__________
Notas
1. 1 Cor 7,7
7. Eclo 19,2
CAPITULO XLI
A QUE HORAS SE DEBE COMER
1 Desde la santa Pascua hasta
Pentecostés, coman los monjes a la hora sexta, y cenen al
anochecer. 2 Desde Pentecostés, durante el
verano, si los monjes no trabajan en el campo o no les
molesta un calor excesivo, ayunen los miércoles y viernes
hasta nona, 3 y los demás días coman a sexta.
4 Pero si trabajan en el campo, o el calor del
verano es excesivo, la comida manténgase a la hora sexta.
Quede esto a juicio del abad. 5 Éste debe
temperar y disponer todo de modo que las almas se salven, y
que los hermanos hagan lo que hacen sin justa murmuración.
6 Desde el catorce de
setiembre hasta el principio de Cuaresma, coman siempre los
hermanos a la hora nona.
7 En Cuaresma, hasta Pascua,
coman a la hora de vísperas. 8 Las mismas
Vísperas celébrense de tal modo que los que comen, no
necesiten luz de lámparas, sino que todo se concluya con la
luz del día. 9 Y siempre calcúlese también la
hora de la cena o la de la única comida de tal modo que todo
se haga con luz natural.
__________
Notas
5. Flp 2,14
CAPITULO XLII
QUE NADIE HABLE DESPUES DE COMPLETAS
1 Los monjes deben esforzarse
en guardar silencio en todo momento, pero sobre todo en las
horas de la noche. 2 Por eso, en todo tiempo, ya
sea de ayuno o de refección, se procederá así:
3 Si se trata de tiempo en que
no se ayuna, después de levantarse de la cena, siéntense
todos juntos, y uno lea las "Colaciones" o las "Vidas de los
Padres", o algo que edifique a los oyentes, 4
pero no el Heptateuco o los Reyes, porque no les será útil a
los espíritus débiles oír esta parte de la Escritura en
aquella hora. Léase, sin embargo, en otras horas.
5 Si es día de ayuno, díganse
Vísperas, y tras un corto intervalo acudan enseguida a la
lectura de las "Colaciones", como dijimos. 6 Lean
cuatro o cinco páginas o lo que permita la hora, 7
para que durante ese tiempo de lectura puedan reunirse
todos, porque quizás alguno estuvo ocupado en cumplir algún
encargo, 8 y todos juntos recen Completas. Al
salir de Completas, ninguno tiene ya permiso para decir nada
a nadie. 9 Si se encuentra a alguno que quebranta
esta regla de silencio, sométaselo a un severo castigo,
10 salvo si lo hace porque es necesario atender a los
huéspedes, o si quizás el abad manda algo a alguien. 11
Pero aun esto mismo hágase con suma gravedad y discretísima
moderación.
CAPITULO XLIII
LOS QUE LLEGAN TARDE
A LA OBRA DE DIOS O A LA MESA
1 Cuando sea la hora del
Oficio divino, ni bien oigan la señal, dejen todo lo que
tengan entre manos y acudan con gran rapidez, 2
pero con gravedad, para no provocar disipación. 3
Nada, pues, se anteponga a la Obra de Dios.
4 Si alguno llega a las
Vigilias después del Gloria del salmo 94 (que por esto
queremos que se diga muy pausadamente y con lentitud),
5 no ocupe su puesto en el coro, sino el último de
todos o el lugar separado que el abad determine para tales
negligentes, para que sea visto por él y por todos. 6
Luego, al terminar la Obra de Dios, haga penitencia con
pública satisfacción.
7 Juzgamos que éstos deben
colocarse en el último lugar o aparte, para que, al ser
vistos por todos, se corrijan al menos por su misma
vergüenza. 8 Pero si se quedan fuera del
oratorio, habrá alguno quizás que se vuelva a acostar y a
dormir, o bien se siente afuera y se entretenga charlando y
dé ocasión al maligno. 9 Que entren, pues, para
que no lo pierdan todo y en adelante se enmienden.
10 En las Horas diurnas, quien
no llega a la Obra de Dios hasta después del verso y del
Gloria del primer salmo que se dice después del verso,
quédese en el último lugar, según la disposición que arriba
dijimos, 11 y no se atreva a unirse al coro de
los que salmodian, hasta terminar esta satisfacción, a no
ser que el abad lo perdone y se lo permita; 12
pero con tal que el culpable satisfaga por su falta.
13 Quien por su negligencia o
culpa no llega a la mesa antes del verso, de modo que todos
juntos digan el verso y oren y se sienten a la mesa a un
tiempo, 14 sea corregido por esto hasta dos
veces. 15 Si después no se enmienda, no se le
permita participar de la mesa común, 16 sino que,
privado de la compañía de todos, coma solo, sin tomar su
porción de vino, hasta que dé satisfacción y se enmiende.
17 Reciba el mismo castigo el que no esté
presente cuando se dice el verso después de la comida.
18 Nadie se atreva a tomar
algo de comida o bebida ni antes ni después de la hora
establecida. 19 Pero si el superior le ofrece
algo a alguien, y éste lo rehúsa, cuando lo desee, no reciba
lo que antes rehusó, ni nada, absolutamente nada, antes de
la enmienda correspondiente.
__________
Notas
8. Cf. Ef 4,27
CAPITULO XLIV
COMO HAN DE SATISFACER
LOS EXCOMULGADOS
1 Cuando se termina en el oratorio la Obra de Dios, aquel
que por culpas graves ha sido excomulgado del oratorio y de
la mesa, se postrará junto a la puerta del oratorio sin
decir nada, 2 sino que solamente permanecerá rostro en
tierra, echado a los pies de todos los que salen del
oratorio. 3 Y hará esto hasta que el abad juzgue que ha
satisfecho.
4 Cuando el abad lo llame, arrójese a los pies del abad,
y luego a los de todos, para que oren por él. 5 Y entonces,
si el abad se lo manda, sea admitido en el coro, en el
puesto que el abad determine. 6 Pero no se atreva a entonar
salmos, ni a leer o recitar cosa alguna en el oratorio, si
el abad no se lo manda de nuevo. 7 En todas las Horas, al
terminar la Obra de Dios, póstrese en tierra en el lugar en
que está, 8 y dé así satisfacción, hasta que el abad
nuevamente le mande que ponga fin a esta satisfacción.
9 Pero los que por culpas leves son excomulgados sólo de
la mesa, satisfagan en el oratorio hasta que disponga el
abad. 10 Háganlo hasta que éste los bendiga y les diga que
es suficiente.
CAPITULO XLV
LOS QUE SE EQUIVOCAN EN EL ORATORIO
1 Si alguno se equivoca al
recitar un salmo, un responsorio, una antífona o una
lectura, y no se humilla allí mismo delante de todos dando
satisfacción, sométaselo a un mayor castigo, 2
por no haber querido corregir con la humildad la falta que
cometió por negligencia. 3 A los niños, empero, pégueseles
por tales faltas.
CAPITULO XLVI
LOS QUE FALTAN EN CUALESQUIERA OTRAS COSAS
1 Si alguno, mientras hace algún
trabajo en la cocina, en la despensa, en un servicio, en la
panadería, en la huerta o en otro oficio, o en cualquier otro
lugar, falta en algo, 2 rompe o pierde alguna cosa, o
en cualquier lugar comete una falta, 3 y no se
presenta enseguida ante el abad y la comunidad para satisfacer y
manifestar espontáneamente su falta, 4 sino que ésta
es conocida por conducto de otro, sométaselo a un castigo más
riguroso.
5 Si se trata, en cambio, de un
pecado oculto del alma, manifiéstelo solamente al abad o a
ancianos espirituales 6 que sepan curar sus propias heridas y
las ajenas, sin descubrirlas ni publicarlas.
CAPITULO XLVII
EL ANUNCIO DE LA HORA
DE LA OBRA DE DIOS
1 El llamado a la Hora de la
Obra de Dios, tanto de día como de noche, es competencia del
abad. Este puede hacerlo por sí mismo, o puede encargar esta
tarea a un hermano solícito, para que todo se haga a su
debido tiempo.
2 Entonen por orden los salmos
y antífonas, después del abad, aquellos que recibieron esta
orden. 3 Pero no se atreva a cantar o a leer sino
aquel que pueda desempeñar este oficio con edificación de
los oyentes. 4 Y aquel a quien el abad se lo
mande, hágalo con humildad, gravedad y temor.
CAPITULO XLVIII
EL TRABAJO MANUAL DE CADA DIA
1 La ociosidad es enemiga del alma. Por eso los
hermanos deben ocuparse en ciertos tiempos en el trabajo
manual, y a ciertas horas en la lectura espritual. 2
Creemos, por lo tanto, que ambas ocupaciones pueden
ordenarse de la manera siguiente:
3 Desde Pascua hasta el catorce de septiembre,
desde la mañana, al salir de Prima, hasta aproximadamente la
hora cuarta, trabajen en lo que sea necesario. 4
Desde la hora cuarta hasta aproximadamente la hora de sexta,
dedíquense a la lectura. 5 Después de Sexta,
cuando se hayan levantado de la mesa, descansen en sus camas
con sumo silencio, y si tal vez alguno quiera leer, lea para
sí, de modo que no moleste a nadie. 6 Nona dígase
más temprano, mediada la octava hora, y luego vuelvan a
trabajar en lo que haga falta hasta Vísperas.
7 Si las condiciones del lugar o la pobreza
les obligan a recoger la cosecha por sí mismos, no se
entristezcan, 8 porque entonces son
verdaderamente monjes si viven del trabajo de sus manos,
como nuestros Padres y los Apóstoles. 9 Sin embargo,
dispóngase todo con mesura, por deferencia para con los
débiles.
10 Desde el catorce de septiembre hasta el
comienzo de Cuaresma, dedíquense a la lectura hasta el fin
de la hora segunda. 11 Tercia dígase a la hora segunda, y
luego trabajen en lo que se les mande hasta nona. 12 A la
primera señal para la Hora de Nona, deje cada uno su
trabajo, y estén listos para cuando toquen la segunda señal.
13 Después de comer, ocúpense todos en la lectura o en los
salmos.
14 En los días de Cuaresma, desde la mañana
hasta el fin de la hora tercera, ocúpense en sus lecturas, y
luego trabajen en lo que se les mande, hasta la hora décima.
15 En estos días de Cuaresma, reciban todos un
libro de la biblioteca que deberán leer ordenada e
íntegramente. 16 Estos libros se han de distribuir al
principio de Cuaresma.
17 Ante todo desígnense uno o dos ancianos,
para que recorran el monasterio durante las horas en que los
hermanos se dedican a la lectura. 18 Vean si acaso no hay
algún hermano perezoso que se entrega al ocio y a la charla,
que no atiende a la lectura, y que no sólo no saca ningún
provecho para sí, sino que aun distrae a los demás. 19 Si se
halla a alguien así, lo que ojalá no suceda, repréndaselo
una y otra vez, 20 y si no se enmienda, aplíquesele el
castigo de la Regla, de modo que los demás teman.
21 Y no se comunique un hermano con otro en
las horas indebidas.
22 El domingo dedíquense también todos a la
lectura, salvo los que están ocupados en los distintos
oficios. 23 A aquel que sea tan negligente o
perezoso que no quiera o no pueda meditar o leer,
encárguesele un trabajo, para que no esté ocioso.
24 A los hermanos enfermos o débiles
encárgueseles un trabajo o una labor tal que, ni estén
ociosos, ni se sientan agobiados por el peso del trabajo o
se vean obligados a abandonarlo. 25 El abad debe
considerar la debilidad de éstos.
CAPITULO XLIX
LA OBSERVANCIA DE LA CUARESMA
1 Aunque la vida del monje debería tener en todo tiempo una
observancia cuaresmal, 2 sin embargo, como son pocos los que
tienen semejante fortaleza, los exhortamos a que en estos
días de Cuaresma guarden su vida con suma pureza, 3 y a que
borren también en estos días santos todas las negligencias
de otros tiempos. 4 Lo cual haremos convenientemente, si nos
apartamos de todo vicio y nos entregamos a la oración con
lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la
abstinencia.
5 Por eso, añadamos en estos días algo a la tarea
habitual de nuestro servicio, como oraciones particulares o
abstinencia de comida y bebida, 6 de modo que cada uno, con
gozo del Espíritu Santo, ofrezca voluntariamente a Dios algo
sobre la medida establecida, 7 esto es, que prive a su
cuerpo de algo de alimento, de bebida, de sueño, de
conversación y de bromas, y espere la Pascua con la alegría
del deseo espiritual.
8 Lo que cada uno ofrece propóngaselo a su abad, y hágalo
con su oración y consentimiento, 9 porque lo que se hace sin
permiso del padre espiritual, hay que considerarlo más como
presunción y vanagloria que como algo meritorio. 10 Así,
pues, todas las cosas hay que hacerlas con la aprobación del
abad.
CAPITULO L
LOS HERMANOS QUE TRABAJAN
LEJOS DEL ORATORIO O ESTAN DE VIAJE
1 Los hermanos que trabajan
muy lejos y no pueden acudir al oratorio a la hora debida,
2 y el abad reconoce que es así, 3
hagan la Obra de Dios allí mismo donde trabajan, doblando
las rodillas con temor de Dios.
4 Del mismo modo, los que han
salido de viaje, no dejen pasar las horas establecidas, sino
récenlas por su cuenta como puedan, y no descuiden pagar la
prestación de su servicio.
CAPITULO LI
LOS HERMANOS QUE NO VIAJAN MUY LEJOS
1 El hermano que es enviado a
alguna diligencia, y espera volver al monasterio el mismo
día, no se atreva a comer fuera, aun cuando se lo rueguen
con insistencia, 2 a no ser que su abad se lo
hubiera mandado. 3 Si obra de otro modo, sea
excomulgado.
CAPITULO LII
EL ORATORIO DEL MONASTERIO
1 Sea el oratorio lo que dice
su nombre, y no se lo use para otra cosa, ni se guarde nada
allí. 2 Cuando terminen la Obra de Dios, salgan
todos en perfecto silencio, guardando reverencia a Dios,
3 de modo que si quizás un hermano quiere orar
privadamente, no se lo impida la importunidad de otro.
4 Y si alguno, en otra
ocasión, quiere orar por su cuenta con más recogimiento, que
entre sencillamente y ore, pero no en alta voz, sino con
lágrimas y con el corazón atento. 5 Por lo tanto,
al que no ora así, no se le permita quedarse en el oratorio
al concluir la Obra de Dios, no sea que, como se dijo,
moleste a otro.
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