IV. El Monasterio
hacia afuera
CAPITULO LIII
LA RECEPCION DE LOS HUESPEDES
1 Recíbanse a todos los huéspedes que llegan como a Cristo,
pues Él mismo ha de decir: "Huésped fui y me recibieron". 2
A todos dése el honor que corresponde, pero sobre todo a los
hermanos en la fe y a los peregrinos.
3 Cuando se anuncie un huésped, el superior o los
hermanos salgan a su encuentro con la más solícita caridad.
4 Oren primero juntos y dense luego la paz. 5 No den este
beso de paz antes de la oración, sino después de ella, a
causa de las ilusiones diabólicas.
6 Muestren la mayor humildad al saludar a todos los
huéspedes que llegan o se van, 7 inclinando la cabeza o
postrando todo el cuerpo en tierra, adorando en ellos a
Cristo, que es a quien se recibe.
8 Lleven a orar a los huéspedes que reciben, y luego el
superior, o quien éste mandare, siéntese con ellos. 9 Léanle
al huésped la Ley divina para que se edifique, y trátenlo
luego con toda cortesía.
10 En atención al huésped, el superior no ayunará (a no
ser que sea un día de ayuno importante que no pueda
quebrantarse), 11 pero los hermanos continúen ayunando como
de costumbre. 12 El abad vierta el agua para lavar las manos
de los huéspedes, 13 y tanto el abad como toda la comunidad
laven los pies a los huéspedes. 14 Después de lavarlos,
digan este verso: "Hemos recibido, Señor, tu misericordia en
medio de tu templo".
15 Al recibir a pobres y peregrinos se tendrá el máximo
de cuidado y solicitud, porque en ellos se recibe
especialmente a Cristo, pues cuando se recibe a ricos, el
mismo temor que inspiran, induce a respetarlos.
16 Debe haber una cocina aparte para el abad y los
huéspedes, para que éstos, que nunca faltan en el
monasterio, no incomoden a los hermanos, si llegan a horas
imprevistas.
17 Dos hermanos que cumplan bien su oficio, encárguense
de esta cocina durante un año. 18 Si es necesario, se les
proporcionará ayudantes para que sirvan sin murmuración; por
el contrario, cuando estén menos ocupados, vayan a trabajar
a donde se los mande. 19 Y no sólo con éstos, sino con todos
los que trabajan en oficios del monasterio, téngase esta
consideración 20 de concederles ayuda cuando lo necesiten,
pero luego, cuando estén desocupados, obedezcan lo que les
manden.
21 Un hermano, cuya alma esté poseída del temor de Dios,
se encargará de la hospedería, 22 en la cual habrá un número
suficiente de camas preparadas. Y la casa de Dios sea
sabiamente administrada por varones sabios.
23 No trate con los huéspedes ni converse con ellos quien
no estuviere encargado de hacerlo. 24 Pero si alguno los
encuentra o los ve, salúdelos humildemente, como dijimos,
pida la bendición y pase de largo, diciendo que no le es
lícito hablar con un huésped.
CAPITULO LIV
SI EL MONJE DEBE RECIBIR CARTAS
U OTRAS COSAS
1 En modo alguno le es lícito
al monje recibir cartas, eulogias o cualquier pequeño regalo
de sus padres, de otra persona o de otros monjes, ni tampoco
darlos a ellos, sin la autorización del abad. 2
Aunque fueran sus padres los que le envían algo, no se
atreva a aceptarlo sin antes haber informado al abad. 3
Y si éste manda recibirlo, queda en la potestad del
mismo abad el disponer a quién se lo ha de dar. 4
Y no se ponga triste el hermano a quien se lo enviaron, no
sea que dé ocasión al diablo. 5 Al que se atreva a obrar de
otro modo, sométaselo a la disciplina regular.
__________
Notas
4. Ef 4,27
CAPITULO LV
EL VESTIDO Y CALZADO DE LOS MONJES
1 Dése a los hermanos la ropa
que necesiten según el tipo de las regiones en que viven o
el clima de ellas, 2 pues en las regiones frías
se necesita más, y en las cálidas menos. 3 Esta
apreciación le corresponde al abad.
4 Por nuestra parte, sin
embargo, creemos que en lugares templados a cada monje le
basta tener cogulla y túnica 5 (la cogulla
velluda en invierno, y ligera y usada en verano), 6
un escapulario para el trabajo, y medias y zapatos para los
pies. 7 No se quejen los monjes del color o de la
tosquedad de estas prendas, sino acéptenlas tales cuales se
puedan conseguir en la provincia donde vivan, o que puedan
comprarse más baratas. 8 Preocúpese el abad de la
medida de estos mismos vestidos, para que no les queden
cortos a los que los usan, sino a su medida.
9 Cuando reciban vestidos
nuevos, devuelvan siempre al mismo tiempo los viejos, que
han de guardarse en la ropería para los pobres. 10
Pues al monje le bastan dos túnicas y dos cogullas, para
poder cambiarse de noche y para lavarlas; 11
tener más que esto es superfluo y debe suprimirse. 12
Devuelvan también las medias y todo lo viejo, cuando reciban
lo nuevo.
13 Los que salen de viaje,
reciban ropa interior de la ropería, y al volver devuélvanla
lavada. 14 Haya también cogullas y túnicas un
poco mejores que las de diario; recíbanlas de la ropería los
que salen de viaje, y devuélvanlas al regresar.
15 Como ropa de cama es
suficiente una estera, una manta, un cobertor y una
almohada. 16 El abad ha de revisar frecuentemente
las camas, para evitar que se guarde allí algo en propiedad.
17 Y si se descubre que alguien tiene alguna cosa
que el abad no le haya concedido, sométaselo a gravísimo
castigo.
18 Para cortar de raíz este
vicio de la propiedad, provea el abad todas las cosas que
son necesarias, 19 esto es: cogulla, túnica,
medias, zapatos, cinturón, cuchillo, pluma, aguja, pañuelo y
tablillas para escribir, para eliminar así todo pretexto de
necesidad.
20 Sin embargo, tenga siempre
presente el abad aquella sentencia de los Hechos de los
Apóstoles: "Se daba a cada uno lo que necesitaba". 21
Así, pues, atienda el abad a las flaquezas de los
necesitados y no a la mala voluntad de los envidiosos.
22 Y en todas sus decisiones piense en la retribución
de Dios.
__________
Notas
20. Hch 4,35
CAPITULO LVI
LA MESA DEL ABAD
1 Reciba siempre el abad en su
mesa a huéspedes y peregrinos. 2 Cuando los
huéspedes sean pocos, puede llamar a los hermanos que él
quiera; 3 pero procure dejar uno o dos ancianos
con los hermanos, para que mantengan la disciplina.
CAPITULO LVII
LOS ARTESANOS DEL MONASTERIO
1 Los artesanos que pueda
haber en el monasterio, ejerzan con humildad sus artes, si
el abad se lo permite. 2 Pero si alguno de ellos
se engríe por el conocimiento de su oficio, porque le parece
que hace algo por el monasterio, 3 sea removido
de su oficio, y no vuelva a ejercerlo, a no ser que se
humille, y el abad lo autorice de nuevo.
4 Si hay que vender algo de lo
que hacen los artesanos, los encargados de hacerlo no se
atrevan a cometer fraude alguno. 5 Acuérdense de
Ananías y Safira, no sea que la muerte que ellos padecieron
en el cuerpo, 6 la padezcan en el alma éstos, y
todos los que cometieren algún fraude con los bienes del
monasterio.
7 En los mismos precios no se
insinúe el mal de la avaricia. 8 Véndase más
bien, siempre algo más barato de lo que pueden hacerlo los
seglares, "para que en todo sea Dios glorificado".
__________