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El respeto a los padres
Una reflexión que nos recuerda la
obligación de velar por el bienestar de nuestros padres, y los
deberes que se tienen para con los hijos.
Por Pbro. Dr. Francisco Fernández Carvajal |
I. En el
Evangelio de la Misa [1], Nuestro Señor declara el verdadero
alcance del Cuarto Mandamiento del Decálogo frente a las
explicaciones erróneas de la casuística de escribas y fariseos.
El mismo Dios, por boca de Moisés, había dicho: Honra a tu padre
y a tu madre, y quien maldiga al padre o a la madre, será reo de
muerte.
Es tan grato a Dios el cumplimiento de este mandamiento que lo
adornó de incontables promesas de bendición: El que honra a su
padre expía sus pecados; y cuando rece será escuchado. Y como el
que atesora es el que honra a su madre. El que respeta a su
padre tendrá larga vida [2]. Esta promesa de una larga vida a
quien ame y honre a sus padres se repite una y otra vez. Honra a
tu padre y a tu madre; así prolongarás la vida en la tierra que
el Señor, tu Dios, te va a dar [3]. Y Santo Tomás de Aquino, al
explicar este pasaje, enseña que la vida es larga cuando está
llena, y esta plenitud no se mide por el tiempo, sino por las
obras. Se vive una vida llena cuando está repleta de virtudes y
de frutos; entonces se ha vivido mucho, aunque muera joven el
cuerpo [4]. El Señor promete también la buena fama -a pesar de
sufrir calumnias-, riquezas y una descendencia numerosa. En
cuanto a la descendencia, sigue diciendo Santo Tomás de Aquino
que no sólo existen «hijos de la carne»: hay diversas razones
por las cuales se originan otros modos de paternidad espiritual,
que requieren su correspondiente respeto y aprecio [5].
A pesar de la claridad con que se expone este mandamiento en
éstos y otros muchos pasajes del Antiguo Testamento, los
doctores y los sacerdotes del templo habían tergiversado su
sentido y cumplimiento [6]. Enseñaban que si alguien decía a su
padre o a su madre: lo que de mi parte pudieras recibir o
necesitar, sea «corban», que significa ofrenda [7], los padres
no podían ya tomar nada de esos bienes aunque estuvieran muy
necesitados, pues, como habían sido declarados ofrenda para el
altar, constituiría entonces un sacrilegio. Esta costumbre era
frecuentemente un mero artificio legal para seguir gozando de
sus bienes y quedar desligados de la obligación natural de
ayudar a sus padres necesitados [8]. El Señor, Mesías y
Legislador, explica en su justo sentido el alcance del Cuarto
Mandamiento, deshaciendo los profundos errores que había en
aquella época sobre esta materia.
El Cuarto Mandamiento, que es también de derecho natural,
requiere de todos los hombres, pero especialmente de aquellos
que quieren ser buenos cristianos, la ayuda abnegada y llena de
cariño a los padres, que se realiza cada día en mil pequeños
detalles y se pone particularmente de relieve cuando los
progenitores son ancianos o están más necesitados [9]. Cuando
hay verdadero amor a Dios, quien nunca nos pide cosas
contradictorias, se encuentra el modo oportuno de vivir el amor
a los padres, incluso en el caso de que esos hijos tengan que
cumplir primero con otras obligaciones familiares, sociales o
religiosas. Hay aquí un campo grande de responsabilidades
filiales, que los hijos deben examinar con frecuencia delante de
Dios, en su oración personal. Dios paga con la felicidad, ya en
esta vida, a quien cumple con amor esos deberes para con sus
padres, aunque alguna vez puedan resultar costosos. El Siervo de
Dios Josemaría Escrivá de Balaguer solía llamar a este
mandamiento el «dulcísimo precepto del Decálogo», porque es una
de las más gratas obligaciones que el Señor nos ha dejado.
II. El cumplimiento amoroso del Cuarto Mandamiento tiene sus
raíces más firmes en el sentido de nuestra filiación divina. El
único que puede considerarse Padre en toda su plenitud es Dios,
de quien se deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra
[10]. Nuestros padres, al engendrarnos, participaron de esa
paternidad de Dios que se extiende a toda la creación. En ellos
vemos como un reflejo del Creador, y al amarles y honrarles
rectamente, en ellos estamos honrando y amando también al mismo
Dios, como Padre.
En el tiempo litúrgico de la Navidad hemos contemplado a la
Sagrada Familia -Jesús, María y José- como modelo y prototipo de
amor y espíritu de servicio para todas las familias. Jesús nos
ha dejado el ejemplo y la doctrina que debemos seguir para
cumplir como Dios quiere el dulce precepto del Cuarto
Mandamiento. Ante todo, Jesús reafirmó que el amor a Dios tiene
unos derechos absolutos, y a él deben subordinarse todos los
amores humanos: Quien ama a su padre o a su madre más que a mí,
no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a
mí, no es digno de mí [11]. Por eso, es contrario a la voluntad
de Dios, y, en consecuencia, no es verdadero amor, el
apagamiento desordenado a la propia familia, que se convierte en
obstáculo para cumplir la voluntad de Dios: Y Jesús le dijo:
Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar
el Reino de Dios [12].
Jesús nos dejó un ejemplo acabado de entrega plena a la voluntad
de su Padre celestial -¿no sabíais que es necesario que Yo esté
en las cosas de mi Padre? [13], les dirá a María y a José cuando
le encuentran en Jerusalén-, y al mismo tiempo es el perfecto
Modelo de cómo hemos de cumplir este precepto y del aprecio que
debemos tener por los vínculos familiares: vivió sujeto a la
autoridad de sus padres [14], y aprendió de San José su oficio
[15], ayudándole a sostener el hogar; realizó el primero de sus
milagros a ruegos de su Madre [16]; escogió entre sus parientes
a tres de sus discípulos [17]; y, antes de morir por nosotros en
la Cruz, confió a Juan el cuidado de su Madre Santísima [18];
sin contar los innumerables milagros que realiza movido por las
lágrimas o las palabras de una madre [19] o de un padre [20]: al
Señor le llegan con especial acento las oraciones de los padres
cuando rezan por sus hijos.
Son muchas las manifestaciones en las que se hace realidad el
Cuarto Mandamiento, en las que mostramos nuestra honra y nuestro
amor hacia nuestros padres. «Los honramos cuando pedimos
rendidamente a Dios que todas las cosas les sucedan próspera y
felizmente, que gocen de la estima y respeto de los demás y que
alcancen gracia ante el mismo Dios y ante los Santos que están
en el Cielo.
»Además, honramos a nuestros padres cuando los socorremos con lo
necesario para su sustento y una vida digna, como se comprueba
por el testimonio de Cristo, al reprobar la impiedad de los
fariseos... Ese deber es más exigente cuando se encuentran
enfermos de peligro. Entonces hay que poner todos los medios
para que no omitan la confesión, ni los demás sacramentos que
deben recibir los cristianos (... ).
»Por último, una vez difuntos, se honra a los padres cuidando
sus exequias, sepulturas y funerales, elevando por ellos
sufragios y las misas de aniversarios, y ejecutando fielmente
cuanto mandaron en su testamentos. Así se expresa y resume el
Catecismo Romano [21].
Si, por desgracia, los padres estuvieran lejos de la fe, el
Señor nos dará gracia para realizar con ellos un apostolado
lleno de aprecio y respeto, que consistirá, de ordinario, en
oración y mortificación por ellos, y en el ejemplo de una
conducta filial alegre, ejemplar, llena de cariño, junto con el
empeño de buscar ocasiones para acercarles a quienes les puedan
hablar de Dios con más autoridad, porque los hijos no pueden
constituirse por iniciativa propia en maestros de sus padres.
III. El primer deber de los padres es amar a los hijos, con amor
verdadero: interno, generoso, ordenado, con independencia de sus
cualidades físicas, intelectuales o morales, y les sabrán querer
con sus defectos. Deben amarlos en cuanto son sus hijos y porque
lo son; y también porque son hijos de Dios. De ahí que sea deber
fundamental de los padres amar y respetar la voluntad de Dios
sobre sus hijos, más aún cuando reciben una vocación de entrega
plena a Dios -incluso muchas veces la pedirán al Señor y la
desearán para esos hijos-, porque «no es sacrificio entregar los
hijos al servicio de Dios: es honor y alegría» [22]. Este amor
debe ser operativo, que se traduzca eficazmente en obras. El
verdadero amor se manifestará en el empeño esforzado para que
sus hijos sean trabajadores, austeros, educados en el sentido
pleno de la palabra... y, sobre todo, buenos cristianos. Que
arraiguen en ellos los fundamentos de las virtudes humanas: la
reciedumbre, la sobriedad en el uso de los bienes, la
responsabilidad, la generosidad, la laboriosidad, que aprendan a
gastar sabiendo las necesidades que muchos padecen actualmente
en el mundo...
El amor verdadero llevará a los padres a preocuparse por el
colegio donde estudian sus hijos, a estar muy pendientes de la
calidad de la enseñanza que reciben, y de modo particular de la
enseñanza religiosa, pues de ella puede depender su misma
salvación. El amor a los hijos les moverá a buscar un lugar
adecuado para la época de vacaciones y el descanso -con
frecuencia sacrificando otros gustos o intereses-, evitando
aquellos ambientes que harían imposible, o al menos muy difícil,
la práctica de una verdadera vida cristiana. Los padres no deben
olvidar que son administradores de un inmenso tesoro de Dios y
que, por ser cristianos, no constituyen una familia más -y así
lo enseñarán con oportunidad a sus hijos-, sino que forman una
familia en la que Cristo está presente, lo cual les da unas
características completamente nuevas. Esta realidad viva
impulsará a los padres a ser ejemplares en toda ocasión (vida de
familia, deberes profesionales, sobriedad, orden ... ). Y los
hijos encontrarán en ellos el camino que conduce a Dios. «En el
rostro de toda madre se puede captar un reflejo de la dulzura,
de la intuición, de la generosidad de María. Honrando a vuestra
madre, honraréis también a la que, siendo Madre de Cristo, es
igualmente Madre de cada uno de nosotros» [23].
Terminemos nuestra oración poniendo a nuestras familias bajo la
protección de la Santísima Virgen y de los santos Ángeles
Custodios.
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