Otra:
Quiero preguntarle por qué la iglesia venera tantos santos.
¿No se supone que a Dios es al único que hay que adorar?
Otra:
Hermano: si usted le reza a una virgen, le reza a una virgen
muda. El único mediador entre Dios y los hombres es
Jesucristo.
Estas objeciones repiten algo que ya hemos respondido
anteriormente, añadiendo otros pormenores. Tratemos de
responder.
Al hermano que nos enseña que sólo hay un mediador entre
Dios y los hombres, no sólo le doy la razón sino que lo
felicito porque está afirmando exactamente lo que enseña la
Iglesia católica: sólo hay un mediador entre Dios y los
hombres, Jesucristo. Los santos que la Iglesia católica
venera (venerar es honrar, y supongo que la persona que me
escribe me entenderá, pues ella misma, si es buena
cristiana, debe honrar a sus padres y abuelos) no son
considerados como mediadores alternativos o independientes
de Jesucristo, sino como buenos amigos e incluso en algún
caso (la Virgen María) como familiar de Jesucristo (no creo
que se anime a negar esto, al menos con la Biblia en la
mano, puesto que allí Ella es llamada "la madre de Jesús",
"toma al niño –Jesús– y a su madre", como le dice el ángel a
José); y por tanto se les pide que intercedan ante él.
Creemos que Ella sigue haciendo lo que hizo en Caná: enviar
a los hombres a su Hijo y decirles que hagan lo que él les
dice (cf. Jn 2,5).
Los santos que están en el Cielo, a quienes verdaderamente
rezamos y honramos (sus imágenes, como ya dije antes, son un
simple recordatorio como las fotos de nuestros abuelos –no
creo que alguien crea tener a su abuelo encerrado en un
álbum–) no son mudos, pues el libro del Apocalipsis, cuando
habla de los santos que asisten al trono del Cordero, dice
que ellos cantan un cántico nuevo delante del trono (cf. Ap
14,3). Y se puede leer su hermoso cántico en Ap 19,6-8.
Respecto a la veneración de María Santísima, hemos de
suponer que Jesús cumplió más que ningún otro el
mandamiento de "honrar a los padres", por tanto, honró a su
Madre, la cual es María. Nosotros simplemente intentamos
imitarlo en esta honra.
En cuanto a los demás santos, sus imágenes, no cumplen otra
función que recordarnos que esas personas fueron capaces de
imitar a Jesús y que nos vamos a salvar si hacemos lo que
hicieron ellos (imitar a Jesús); y como sabemos que están en
el Cielo (lo dice el Apocalipsis cuando habla de la multitud
de santos que asisten al trono del Cordero) y que sus
oraciones suben a Dios como incienso (lo que también dice el
Apocalipsis 5,8; 8,3-4) les pedimos que en esas oraciones
nos tengan presentes a nosotros.
Si la idea de nuestros interlocutores protestantes acerca
del "culto católico a los santos" es otra, debemos
aclararles que lo que acabo de exponer es lo que pueden
encontrar leyendo los documentos de la Iglesia, como por
ejemplo, el Catecismo de la Iglesia católica.
Esto no quita que algunas personas, católicas de nombre,
tengan una actitud confusa respecto de la veneración que
merecen las imágenes y los santos en general. Ignorancia de
la propia religión siempre ha habido y los mismos apóstoles
en los Evangelios discutían de cosas que fastidiaban al
Señor. Pero no es ésa la doctrina de la Iglesia. Si algún
católico venera una imagen de manera supersticiosa, no lo
hace por ser católico sino a pesar de lo que enseña la
Iglesia. También entre los protestantes hay quienes
confunden cosas elementales de su fe; pero no podemos juzgar
el luteranismo, o el calvinismo o el anglicanismo por lo que
erróneamente piensa algún luterano o calvinista singular.
El culto de veneración a los santos se remonta a los
comienzos de nuestra fe. En los más antiguos documentos de
la literatura cristiana aparece que ya en los primeros
tiempos de la Iglesia se tributaba un culto a los mártires y
a sus reliquias. En el s. IV se añadió el culto a los
Obispos que
sobresalieron por la santidad de su vida, y muy pronto
también el de los anacoretas y otros fieles que con su vida
de grande austeridad imitaron de algún modo a los mártires.
La Iglesia al canonizarlos (o sea, al ponerlos de modelo, de
canon) da testimonio y sanciona que estos hombres y mujeres
ejercitaron las virtudes de un modo heroico, y que
actualmente gozan de Dios en el cielo. De esta forma ellos
se convierten para los creyentes en un modelo de santidad y
en intercesores en favor nuestro.
Alguno me ha dicho que no necesitamos otro modelo de
santidad que el modelo perfectísimo que nos da Jesús. Sería
una afirmación que equivale a lo que dice quien nos escribe
que Cristo es el único camino. Esto es verdad, pero no
significa que no haya habido hombres y mujeres que,
transitando el único camino que es Cristo, puedan a su vez
transformarse para nosotros en ejemplo del seguimiento de
Jesús. Así lo afirma San Pablo: Para mí la vida es Cristo, y
la muerte es una ganancia... Hermanos, seguid mi ejemplo y
fijaos también en los que viven según el ejemplo que
nosotros les hemos dado a ustedes (Fil 1,21 y 3,17). Y a
Timoteo le escribe: Seguid mi ejemplo como yo sigo el
ejemplo de Cristo Jesús (1Tim 1,16). En estos textos vemos
claramente que Pablo se pone a sí mismo y a otros como
ejemplos de seguidores de Cristo, e incita a los creyentes a
ser sus imitadores, como ellos lo son de Cristo.
La veneración singular a María (veneración que, para
distinguirla de la que reciben los demás santos se denomina
"de hiperdulía", mientras que la veneración u honra que se
tributa a aquéllos se denomina "dulía", y el culto propio de
Dios "latría") está profetizada por el mismo Evangelio; San
Lucas pone en boca de María en casa de Isabel: en adelante
todos los hombres me llamarán bienaventurada (Lc 1,48). No
podemos entender, entonces, por qué algunos protestantes nos
condenan cuando la llamamos
"bienaventurada", pues no es otra cosa el honrarla o
venerarla.
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