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El
valor de las cosas pequeñas
¿Qué significa ser fieles en lo pequeño?
Cuidar los detalles que parecen insignificantes en la vida
familiar, las relaciones sociales, el cumplimiento de nuestro
deber y en la piedad con Dios.
Por Pbro. Dr. Francisco Fernández Carvajal |
I. Gentes
de los pueblos vecinos habían acudido a un lugar alejado, junto
al lago de Genesaret. Y mientras Jesús hablaba, ninguno pensó en
el cansancio, ni en las horas de ayuno, ni en la falta de
provisiones y en la imposibilidad de obtenerlas. Las palabras de
Jesús les han cautivado, les han llegado a lo más hondo del
corazón, y se han olvidado del hambre y del camino de vuelta.
Sin embargo, Jesús sí comprende nuestras necesidades materiales;
por eso, se apiadó también de aquellos cuerpos exhaustos de
quienes, por un motivo u otro, le habían seguido durante varios
días. Y realiza el espléndido milagro de la multiplicación de
los panes y de los peces [1].
Y cuando todos han comido y están entusiasmados por el milagro
que han visto con sus propios ojos, el Señor aprovecha la
ocasión para dar a los Apóstoles -y a nosotros- una lección
práctica, a la vez, del valor de las cosas pequeñas, de pobreza
cristiana, de buena administración de los bienes que se poseen.
Cuando se saciaron, dijo a sus discípulos: Recoged los trozos
que han sobrado para que nada se pierda. Entonces los recogieron
y llenaron doce cestos con los trozos de los cinco panes de
cebada que sobraron a los que habían comido.
Jesús nos muestra su magnificencia con la abundancia, pues todos
comieron cuanto quisieron, y la necesidad de evitar el derroche
inútil e irresponsable de los bienes; nos da ejemplo cuando se
compadece de las multitudes y obra grandes prodigios, y también
en estos detalles menudos.
La grandeza de alma de Cristo se manifiesta en los grandes
prodigios y en lo poco de cada día. «La recogida de lo que sobró
es un modo pedagógico de mostrarnos el valor de las cosas
pequeñas hechas con amor de Dios: el orden en los detalles
materiales, la limpieza, el acabar las tareas hasta el final»
[2]. Durante treinta años de su vida estuvo ocupado en asuntos
aparentemente sin trascendencia: elaborar cola para ensamblar
unas maderas, aserrar troncos para fabricar muebles sencillos...
Y también en estos trabajos de poco relieve externo estaba el
Hijo de Dios redimiendo a la humanidad.
El Evangelio nos muestra con frecuencia cómo Jesús, durante su
vida pública, permanecía constantemente en diálogo con su Padre
celestial, y a la vez estaba atento a las cosas materiales y
humanas, a lo que ocurría a su alrededor: cuando devuelve la
vida a la hija de Jairo ordena que le den de comer; ante el
asombro general que causó la resurrección de Lázaro, es Él quien
ha de decir: Desatadle y dejadle ir [3]; sabe darse cuenta del
momento en que sus discípulos tienen necesidad de descansar
[4]... Vemos a Jesús bien atento a las situaciones humanas, y
nos enseña a nosotros a santificar esas menudas realidades
corrientes: estar en las cosas de los demás, estar en las cosas
de la casa: no vivir en las nubes.
San Pablo nos recuerda en la Segunda lectura de la Misa [5] la
atención que debemos tener con todos aquellos con quienes nos
relacionamos: sed siempre humildes y amables; sobrellevaos
mutuamente con amor... Es una llamada a la afabilidad, a la
paciencia, a la cordialidad.... a esas virtudes que permiten la
convivencia y en las que mostramos que amamos a Dios y a
nuestros hermanos los hombres.
II. Recoged los trozos que han sobrado... Parece que es un
detalle de poca importancia en comparación con el milagro
realizado, pero el Señor pide que se viva. Toda nuestra vida
está compuesta prácticamente de cosas que casi no tienen
relieve. Las virtudes están formadas por una tupida red de actos
que quizá no sobresalen de lo corriente y ordinario, pero en
ellas, con heroísmo, se va forjando día a día la propia
santidad.
Cada jornada la encontramos llena de ocasiones para ser fieles,
para decirle al Señor que le amamos: «"Obras son amores y no
buenas razones". ¡Obras, obras! -Propósito: seguiré diciéndote
muchas veces que te amo -¡cuántas te lo he repetido hoy!-; pero,
con tu gracia, será sobre todo mi conducta, serán las pequeñeces
de cada día -con elocuencia muda- las que clamen delante de Ti,
mostrándote mi Amor» [6].
Ante el Señor tienen gran trascendencia el orden, la
puntualidad, el cuidado de los libros con los que estudiamos o
de los instrumentos de trabajo, la afabilidad con nuestros
colegas, con la mujer, con los hijos, con los hermanos, el huir
de la rutina que mata el amor humano -también el amor a la
propia profesión-, el querer darle sentido a cada día, a cada
hora, aunque sea el mismo trabajo que hemos realizado durante
años.
La vida se vuelve mediocre, desamorada, cuando permitimos que
entre la rutina, cuando no damos importancia a lo que hacemos
porque nos parece que da igual hacerlo de un modo o de otro. En
el trabajo diario, en nuestros deberes profesionales,
encontramos habitualmente un campo importante para vivir la
mortificación: «no hablando mal de lo que va mal» en las
personas o en la empresa si no hay verdadera necesidad de
hacerlo -y entonces lo haremos con objetividad y caridad,
salvando siempre la intención de las personas, que no
conocemos-, poniendo intensidad, sin dejar para después lo que
resulta más duro y costoso, prestando esos pequeños servicios
que todo trabajo en común lleva consigo...
Es posible que se nos presenten pocas ocasiones -quizá ninguna-
de salvar a otros con un acto heroico, exponiendo nuestra propia
vida. Sin embargo, todos los días tendremos oportunidad de decir
una palabra amable a ese amigo, a ese hermano que se le nota más
cansado o preocupado, de pedir las cosas con amabilidad, de ser
agradecidos, de evitar conversaciones o comentarios que siembran
la inquietud y de los que nada positivo resulta, de ceder en la
opinión, de evitar a toda costa el malhumor, que tanto daño
causa a nuestro alrededor; podemos esforzarnos por entablar una
conversación cuando el silencio se vuelve oneroso, o en escuchar
con interés a quien nos habla.
A veces, lo que parece más trivial (un recuerdo, un saludo
amable, un favor que casi no es nada) produce en los demás un
bien desproporcionado: les hace sentirse seguros, tenidos en
cuenta, apreciados, estimulados para el bien. Notamos entonces
como un reflejo de Dios en la convivencia, en la vida familiar,
tan distinto de aquellas situaciones en las que se desatan las
envidias, se crea una situación tensa o distante, o se dicen
palabras que nunca se debían haber pronunciado...
Y así ocurre con todas las virtudes: la fe se expresa a veces en
un acto de amor («Jesús, te quiero, cuenta conmigo, no me
dejes») cuando pasamos cerca de un Sagrario en medio del ruido
de la ciudad; la piedad, en una mirada a una imagen de la Virgen
(¡cuánto se puede decir en el solo mirar!); la fortaleza, en
cortar una conversación impura, en dar la cara por Jesucristo,
por la Iglesia.... en evitar una ocasión de pecado, en procurar
rendir en la última hora de trabajo de esa jornada que nos ha
parecido más larga porque han surgido más problemas, porque
estábamos con menos salud...
Cada día nos espera Cristo con las manos abiertas. En ellas
podemos dejar esfuerzos, sonrisas, constancia en la labor....
muchas cosas pequeñas, que Él sabe apreciar, tesoros que guarda
para la eternidad, en donde nos dirá al llegar: Ven, siervo
bueno y fiel, ya que has sido fiel en lo poco, yo te daré lo
mucho [7].
III. Nuestra vida se compone de muchos pequeños esfuerzos, y si
todos los orientamos en la dirección de la voluntad de Dios, del
amor, nos llevarán muy lejos. Muchos pequeños pasos llevan hasta
el final del camino, y la fidelidad en lo pequeño nos permitirá
resistir tentaciones importantes [8]. Por el contrario: el que
desprecia las cosas pequeñas, poco a poco vendrá a caer en las
grandes [10]
Dios nos pide algo en cada momento, pero siempre al alcance de
nuestras fuerzas. Tras la primera correspondencia, llegan más
gracias para una segunda, por haber correspondido a la primera.
Y así una gracia mayor se sucede a otra, si somos fieles.
Por otra parte, las cosas pequeñas no suelen mover a la vanidad,
que tantas obras deja vacías. ¿A quién se le va a ocurrir
aplaudir a quien ha cedido su asiento en el autobús, o a quien
ha dejado ordenados los papeles y libros al terminar el estudio?
¿Quién va a alabar a la madre de familia porque sonría, si es lo
que todos esperan de ella, o al profesor que ha preparado a
conciencia su clase, o al alumno que ha estudiado la materia del
examen, o al médico que ha tratado con delicadeza al enfermo?
Y estas cosas pequeñas, muchas de las cuales son meramente
humanas, se tornan divinas por el ofrecimiento de obras que de
ellas hacemos todas las mañanas y que luego hemos procurado
renovar durante el día. Lo humano y lo divino se funden en una
honda unidad de vida, que nos permite ganarnos poco a poco el
Cielo con lo humano de cada jornada. Para ser fieles en lo
pequeño necesitamos un gran amor al Señor, el deseo profundo, de
ser todo de Él, de querer buscarle en las ocasiones que se
presentan en toda vida normal. A la vez, el cuidado de lo
pequeño alimenta de continuo nuestro amor a Dios.
La Virgen Nuestra Señora nos enseñará a valorar lo que parece
sin importancia, a cuidar los detalles, lo menudo. Y esto en la
vida familiar, en las relaciones sociales, en el cumplimiento de
nuestro deber, en la piedad con Dios.
[1] Jn 6, 1-15.
[2] SAGRADA BIBLIA, Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983,
nota a Mc. 6, 42.
[3] Jn 11, 44.
[4] Mc 6, 31.
[5] Ef 4, 16.
[6] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja, n. 498.
[7] Mt 25, 21.
[8] Cfr. Lc 16, 10.
[9] Eclo 19, 1.
Meditación extraída de la serie "Hablar con Dios", Tomo IV,
Décimo séptimo Domingo del T. O., por Francisco Fernández
Carvajal.
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