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Pruébalo, está riquísimo;
póntelo, te lo presto; escúchalo, qué buen ritmo
tiene. Éstas y otras frases parecidas suelen
expresar nuestro deseo de que otros experimenten
algo que consideramos que vale la pena. Es
'socialmente aceptable' querer compartir con
otra persona la comida que te gusta, la ropa que
usas, la música que te encanta, ¡ah!, pero
cuando se trata de la fe, suele 'tomarse a mal'
que quieras compartirla con otros, se considera
una 'imposición', se te pide que dejes 'que cada
quien crea lo que quiera'.
Se ve normal que alguien que
ha conocido a una persona que admira y respeta
mencione a cada rato en sus conversaciones lo
que ésta dice o hace, ¡ah!, pero si en tus
conversaciones mencionas a Dios o citas la
Biblia, probablemente se te tache de 'mocho', se
te diga que exageras, que estás fuera de lugar;
se te acuse de 'querer catequizar' al que se te
pone enfrente. El mundo quiere callar a los
creyentes, pero ¿cómo podemos callar? Si todos
encontramos gusto en compartir con otros las
pequeñas cosas de todos los días, ¿cómo no
compartir lo verdaderamente grande?; si buscamos
presentarles a los demás a quien consideramos
valioso y especial, porque creemos que les hará
bien su amistad, o recibirán un favor, un
servicio, un gran aprendizaje, etc. ¿cómo no
buscar el modo de presentarles a Dios, del que
recibirán el mayor bien de todos?
Qué difícil
tener que callar cuando te topas con alguien que
está sufriendo y siente que su vida es como una
noche oscura y tú sabes que Dios puede
iluminarla porque Él es Luz que vence las
tinieblas, pero sabes también que esa persona no
deja que se lo menciones. Cómo cuesta constatar
la angustiosa desesperanza de quien ha perdido
un ser querido y no halla consuelo porque no
tiene fe, y no te cree que la muerte no es
ausencia sino diferencia de presencia, que no es
el final sino el inicio de una vida eterna, que
quien murió no se perdió en la nada. Qué triste
ver a una pareja cuyo matrimonio se desmorona
porque nunca dejaron que Dios los ayudara a
amarse mutuamente como Él los amaba, y ver que
buscan en vano soluciones y rechazan tu
sugerencia de volver los ojos a Aquel cuya
gracia es la única que puede rescatarlos. Qué
impotencia se siente al comprobar que hay tantos
que viven tristes y abrumados por sus temores y
problemas y se adentran en sendas que los hacen
perderse, buscan respuestas que resultan falsas,
quedan insatisfechos y se sienten vacíos, pero
aún así no aceptan que los invites a encontrarse
con Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida.
Qué deprimente ver que tantos tengan una idea
distorsionada de Dios: lo crean lejano,
indiferente o peor aún: injusto y cruel, pero no
quieran salir de su error ni que les hables de
que Él los ama tanto que se hizo cercano, que
comparte sus penas, que los comprende, que vino
a darlo todo para liberarlos, que venció el mal
y la muerte, que si se toman de Su mano no habrá
nada que pueda derrotarlos. Qué pena que no
permitan que les anuncies que la misericordia de
Dios es infinita, que Sus designios son siempre
para bien. Qué desolador no poder animar a todos
a atreverse a hacer la prueba y comprobar, como
dice el salmista, "qué bueno es el Señor" (Sal
34,9). Y qué desesperante encontrar también a
tantos soberbios y autosuficientes, que
comprueban una y otra vez que no pueden salir
adelante solos pero se empeñan en seguir
golpeándose contra un muro porque no quieren que
ni tú ni nadie les recuerde que Jesús es la Vid
y nosotros los sarmientos, que sin Él nadie
puede hacer nada...
Si estamos
enamorados del Señor nos resulta doloroso no
poder compartir con todos el gozo y la paz que
inunda el corazón cuando se vive con Él y para
Él. ¿Qué podemos hacer? San Pablo nos lo enseña
en la Segunda Lectura que se proclama hoy en
Misa (ver Ef 1,17-19): Hace oración pidiendo que
todos puedan conocer a Dios. Resulta
significativo que este apóstol que una vez que
se encontró con Cristo dedicó su vida entera a
darlo a conocer a todos los que pudo, viajó
incansablemente, predicó sin cesar, y enfrentó
tremendas persecuciones sin amilanarse,
reconozca que no bastan los propios esfuerzos
para convertir a otros, y que lo mejor es orar
por ellos para pedir al propio Dios que les
conceda conocerlo y les ilumine la mente para
que puedan comprender que sólo Él puede darle
sentido a su vida. Este 'superapóstol' no confía
en sus propias fuerzas: encomienda a todos al
Señor, sin desanimarse.
Como creyente encontrarás
una y otra vez a personas muy necesitadas de
Dios que lamentablemente no querrán ni oír
hablar de Él. ¿Cómo reaccionar en estos casos?
Desde luego no 'tires la toalla' sino espera a
ver si surge una ocasión propicia en la que
sientas que están receptivas para recibir la
Buena Nueva y ¡aprovéchala!, pero, sin importar
si ese momento tarda o parece no llegar, no
dejes nunca de orar por ellas.
Recuerda esto: Quizá no
puedas hablarle a una persona de Dios, pero
siempre podrás hablarle a Dios de esa persona... |