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¡Inicia el
Tiempo Ordinario! |
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Durante este tiempo todos los bautizados estamos
llamados a profundizar el Misterio Pascual y a vivirlo
en el desarrollo de la vida de todos los días,
precisamente en las ocupaciones ordinarias. |
En la
liturgia de la Iglesia, después de la fiesta del
Bautismo del Señor se da inicio al Tiempo Ordinario.
El Tiempo Ordinario del año empieza con el lunes que
sigue al domingo después del 6 de enero y se prolonga
hasta el martes anterior a la Cuaresma; vuelve a
reanudarse el lunes después del Domingo de Pentecostés y
finaliza antes de las Primeras Vísperas del Domingo
Primero de Adviento.
El Tiempo Ordinario del Año Litúrgico tiene mucha
importancia en la vida de los cristianos, por tratarse
del tiempo más largo.
Es durante este tiempo cuando la comunidad de los
bautizados es llamada a profundizar el Misterio Pascual
y a vivirlo en el desarrollo de la vida de todos los
días. Para eso, la Liturgia de la Palabra asume una gran
importancia en la formación cristiana de la comunidad.
La abundancia de los textos que se presentan durante
todo el año indican que no se leen para cumplir con un
ceremonial, sino para conocer y meditar el mensaje de
salvación apropiado a todas las circunstancias de la
vida.
Comparado con los llamados “tiempos fuertes”, puede ser
tenido como menor, pero sin él el ciclo litúrgico
quedaría incompleto y el recuerdo que la Iglesia hace de
los acontecimientos de salvación, privado de momentos
claves.
El tiempo ordinario desarrolla el misterio pascual con
una gran claridad. La temática tan concreta propia de
los tiempos especiales, es más abierta en el tiempo
ordinario, esto permite a los pastores ahondar en la
presentación y ampliación del misterio de Jesucristo, y
a los fieles profundizar en su fe, especialmente en
aquellos aspectos que más afectan a su vida concreta.
A partir del Bautismo del Señor, el tiempo ordinario
tiene una continuidad, aunque interrumpida porque se
desarrolla en dos fases; la primera, que llega hasta
Cuaresma, y la segunda que arranca pasada la Solemnidad
del Corpus.
La escasa unidad entre las tres lecturas (especialmente
autónoma es la segunda), y, pese a que se lee el texto
de un evangelista cada ciclo, hace que cada domingo
tenga entidad propia. Se dice que, precisamente por no
celebrarse ningún misterio concreto de Cristo en el
tiempo ordinario, se celebra en él todo el misterio
cristiano. Al comenzar inmediatamente después del
Bautismo del Señor, permite iniciar el ministerio de la
vida pública desde el comienzo, siguiendo la narración
evangélica mostrando la vida de Jesús en todo su
dinamismo y la presentación de su persona y de su imagen
con los mismos métodos catequéticos que usó la primitiva
comunidad.
Si observamos detenidamente las lecturas del Antiguo
Testamento, notaremos que en ellas se presentan
profecías y acontecimientos futuros que en Cristo han
encontrado su cumplimiento. La segunda sería, a modo de
complemento, la experiencia de una Iglesia que ha
encontrado en sí misma y en la vida de los fieles, esa
misma salvación. El Catecismo de la Iglesia Católica
cita aquellas palabras de san Agustín: “El Nuevo
Testamento está escondido en el Antiguo, mientras que el
Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo” (129).
Este ciclo B del Tiempo Ordinario incluye la lectura
continuada de san Marcos, pero se intercala el capítulo
6 de san Juan (discurso del Pan de Vida), aunque hay
lógica en esta inclusión, ya que viene después de la
multiplicación de los panes.
Para descubrir verdaderamente a san Marcos y hacer de la
predicación de este ciclo B una verdadera catequesis,
sobre todo teniendo en cuenta que todo este Evangelio
está profusamente citado en el Catecismo de la Iglesia
Católica (más de 160 citas), es preciso que lo
estudiemos como un todo, descubriendo a la vez su
estructura interior. Nos encontraremos con que,
recibidos los materiales de la primitiva comunidad, el
evangelista piensa catequética y pastoralmente, y que,
por tanto, nos ayuda, porque son esas precisamente
nuestras preocupaciones.
Sabido es que san Marcos escribe para cristianos que
vivían en tensión casi constante por el clima de
persecución. Hoy, aunque muchas comunidades cristianas
en el mundo padezcan por la fe, ese clima en gran medida
está superado; pero no los objetivos que el evangelista
se proponía, porque él tenía desde luego una perspectiva
mucho más amplia.
Su Evangelio es un llamamiento para que estemos siempre
replanteándonos nuestro conocimiento de Jesucristo y la
conducta que deriva del mismo. Hoy la oposición
(persecución) viene de nosotros mismos, de nuestra
cómoda instalación en lo sabido y vivido, sin avanzar
demasiado. O acaso también en la interpretación que
hacemos de Cristo Crucificado, cuando tal vez
identifiquemos, sin más, el progreso del mundo y los
avances de la humanidad con el Reino de Dios en la
tierra. ¿No nos viene bien nuevamente redescubrir al
Crucificado y Resucitado mediante el “secreto mesiánico”
tan querido para san Marcos y tan beneficioso para
nosotros?
Las gentes que se quedaban admiradas de lo que Jesús
hacía, inmediatamente pensaban que “aquéllas” eran las
señales definitivas del Reino de Dios. Y lo eran
verdaderamente. Pero también otras, que no dejan atónito
a casi nadie eran más importantes que las que asombraban
a muchos: el perdón de los pecados, la interioridad de
la adhesión a Dios, el descubrimiento del nuevo rostro
del Padre, etc, todo eso es señal de la llegada del
Mesías verdadero. Cristo quiere que hoy como ayer,
pongamos las etiquetas de la llegada del Reino, no sólo
en lo que nos agrada sino en todo lo que, viniendo del
Evangelio, cambia y salva al hombre.
San Marcos no repara en medios para presentar la
indisoluble vinculación entre el descubrimiento de
Jesucristo y su Pasión y Resurrección. Quien crea en
Jesucristo ha de aceptar todo lo que Cristo protagoniza
y todo lo que Él propone. El Evangelio “a la carta” no
existe.
San Marcos comienza afirmando que “ha llegado el Reino
de Dios” y, a partir de esa afirmación, construye su
edificio desde la fe. La Resurrección sólo se
comprenderá desde la perspectiva del Jesús prepascual, y
la Resurrección será el apoyo de la afirmación del Jesús
prepascual. El Misterio pascual por ser el origen de la
salvación del hombre supone para él un sentido nuevo de
la vida, ya está presente en todo el misterio de la vida
de Cristo.
Conviene no olvidar las solemnidades dentro del tiempo
ordinario, porque son muy importantes las que coinciden
con este ciclo. Hay que comprenderlas y presentarlas
dentro del momento del año. Aunque en las páginas
correspondientes se insiste en los aspectos más
fundamentales y en los números correspondientes del
Catecismo de la Iglesia Católica, es oportuno resaltar
su papel. La Santísima Trinidad supone el coronamiento
de la cincuentena pascual, porque ha sido en ese tiempo
donde ha mostrado el amor del Padre en la obra del Hijo
y la donación del Espíritu Santo. Si miramos todo el
misterio de Cristo, lo hallaremos celebrado y
comprendido en plenitud en la Eucaristía, que alcanza
singular relieve en la celebración del Corpus Christi.
Los Santos Apóstoles y el recuerdo y actualización de su
misión en la Iglesia, encuentran motivo de celebración
en San Pedro y San Pablo, y Santiago.
La fidelidad de la Virgen María a la palabra divina,
tema muy recordado en Adviento y Navidad, vuelve a
reverdecer en Agosto con la Asunción de la Virgen,
animando a la vez a la Iglesia a vivir esa fidelidad en
esperanza de alcanzar un día el esplendor que esta
fiesta nos promete. La última etapa de la historia de la
salvación, con la manifestación del que ha de venir, la
renovamos el día de Cristo Rey, último domingo del
tiempo ordinario que, precisamente con esta memoria
escatológica, enlaza con el Adviento.
Finalmente, Todos los Santos nos traerán de nuevo la
actualidad de la eterna bienaventuranza de los mejores
hijos de la Iglesia, fieles al seguimiento de
Jesucristo.
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