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Compra el
dinero la felicidad? Pocos de nosotros estaríamos de acuerdo.
Sin embargo, ¿podría algo más de dinero hacernos un poco más
felices? Muchos de nosotros diríamos que sí. Además, la mayoría
de la gente dice en las encuestas de opinión que sí, que les
gustaría ser ricos. Tres de cada cuatro universitarios
norteamericanos –casi el doble que en 1970- consideran “muy
importante” o “esencial” que les “vaya muy bien económicamente”.
El dinero tiene importancia.
“Por supuesto que el dinero compra la fidelidad. ¿Quién no sería
más feliz con un yate de diez o doce metros, una buena caravana
y asistenta particular?” Como proclama un anuncio de automóviles
Lexus, “quienquiera que dijo que el dinero no puede comprar la
felicidad no lo está gastando adecuadamente”. Algunos
investigadores han constatado que en los paisajes pobres, como
Bangladesh, ser relativamente acomodado aporta un mayor grado de
bienestar. Necesitamos comida, descanso, techo y relación
social. Y aun en países desarrollados, como Australia y Estados
Unidos, el nivel de renta hasta un cierto punto permite predecir
el nivel de felicidad.
No
obstante –cosa de la que apenas se habla en nuestra era
materialista-, en países en los que casi todo el mundo tiene
cubiertas las necesidades básicas, la mayor prosperidad
–sorprendentemente- cuenta poco. La correlación entre ingresos y
felicidad es “sorprendentemente tenue”, observó el investigador
de la Universidad de Michigan Ronald Inglehart en un estudio en
16 países entre un total de 170.000 personas.
La
felicidad aumenta al ritmo del incremento de los ingresos hasta
el punto de permitir atender las necesidades básicas y
experimentar una sensación de control sobre la propia vida.
Ahora bien, una vez accede a cierto umbral de comodidades, el
ingreso de una mayor cantidad de dinero sigue cumpliendo la
conocida ley de rendimientos decrecientes. El segundo trozo de
pastel nunca sabe tan bien como el primero.
Hasta los ganadores de la lotería y los enormemente ricos son
sólo ligeramente más felices que el americano medio. Tener éxito
aporta euforia temporal. Después nos adaptamos a nuestra nueva
situación de forma que nuestras emociones reflejan los altibajos
propios de las nuevas circunstancias en que vivimos. A la larga,
la riqueza es como la salud: su carencia absoluta puede generar
miseria, pero su posesión no equivale a la felicidad. La
felicidad parece estribar menos en poseer lo que queremos que en
querer lo que poseemos.
Considérese, asimismo, lo siguiente: ¿ha aflorado nuestra
felicidad colectiva coincidiendo con la marea económica?.
En
1957, cuando el economista John K. Galbraith se disponía a
describir EE.UU. como “la sociedad próspera”, la renta per
cápita de los norteamericanos, expresada en dólares actuales,
era de 8.700 dólares. Actualmente es de más de 20.000 dólares.
EE.UU., en comparación con 1957, es actualmente “la sociedad
doblemente rica y próspera”, con el doble de lo que puede de
comprar el dinero. Poseemos el doble de coches por persona.
Comemos fuera de casa el doble y medio de veces. En comparación
con los últimos años del decenio de los 50 del siglo pasado,
cuando pocos norteamericanos poseían lavavajillas, secadora o
aire acondicionado., hoy día poseen estos aparatos la mayoría de
ellos. Así pues, y de acuerdo con la idea de que es muy
importante ser muy rico y próspero, preguntémonos:¿somos ahora
más felices?
No
lo somos. Desde 1957, el número de norteamericanos que dicen ser
“muy felices” ha disminuido de un 35% a un 32%. Mientras tanto,
la tasa de divorcios se ha multiplicado por dos, el suicidio de
adolescentes casi se ha triplicado, la tasa de delitos violentos
casi se ha cuadruplicado (aun después de la reciente
disminución) y la depresión ha subido como la espuma. Estos
rasgos de la vida actual constituyen una auténtica bomba bajo el
materialismo que caracteriza nuestra sociedad: el crecimiento
económico no ha fomentado una mayor dimensión ética de la
persona, un hecho asimismo verificable en Europa y Japón. En
Gran Bretaña, por ejemplo, el gran aumento en el porcentaje de
hogares poseedores de coche, calefacción central y teléfono no
ha se ha visto acompañado de una mayor felicidad.
En
cierto modo, es cosa sabida. El sociólogo de Princeton, Robert
Wuthnow, ha señalado que un 89% de las personas afirma que
“nuestra sociedad es exageradamente materialista”. ¡Hay más
personas materialistas, eso es todo! Porque lo cierto es que
constató también que un 84% desea tener más dinero y un 78%
afirma que es “muy o bastante importante”poseer “una hermosa
casa, un coche nuevo y otras cosas buenas”.
Pero uno pregunta, ¿qué sentido tiene todo esto? “¿Por qué –se
preguntó el profeta Isaías- gastas tu dinero en lo que no te
alimenta e inviertes tu trabajo y esfuerzo en lo que no te
satisface?” ¿Qué sentido tiene acumular montones de discos
compactos que no se oyen, tener armarios llenos de ropa que
apenas se lleva y garajes con coches lujosos, todo ello
adquirido en una estéril búsqueda de una felicidad esquiva? ¿Qué
sentido tiene dejar a los propios herederos una notable riqueza
como si eso pudiera comprarles la felicidad, siendo así que esa
riqueza podría beneficiar tanto a un mundo doliente?.
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