| Estoy de acuerdo de que María era virgen, que era la
privilegiada de entre todas las mujeres, pero después de
haber nacido Jesús, como toda mujer también se realizó
como una familia normal teniendo más hijos e hijas con
José. Lee por favor Libro de Mateo cap. 12 versículo 46
al 50 en el cual indica lo siguiente: sus discípulos le
dicen que su madre y sus hermanos llaman a Jesús para
hablarle, y Jesús les dice extendiendo su mano hacia los
discípulos “Todo aquél que hace la voluntad de mi Padre
ése es mi madre y mis hermanos”. Por otro lado, en el
capítulo 13, versículos 54 al 58, menciona los nombres
de los hijos nacidos de José y María. ¿Qué opina de
esto?
En algún lugar del evangelio he escuchado que
dice que Jesús fue el “primogénito” de María; si fue
primogénito quiere decir que tuvo otros hermanos
menores, por tanto, María tuvo otros hijos, hermanos de
Jesús.
Tenemos pues, una consulta general referida al
fundamento bíblico de la virginidad de María y dos
objeciones al respecto: la expresión de Mateo “hasta
que”, y luego el giro más usado por muchas sectas contra
esta verdad católica: “los hermanos de Jesús”. Veamos
cada uno de estos puntos.
Fundamentos de la virginidad perpetua de María
Ya hemos dicho varias veces que la Biblia no es la
única fuente de la Revelación, sino la Biblia y la
Tradición de la Iglesia. No es necesario que una verdad
esté en la Biblia de modo explícito para que deba ser
creída como revelada, puesto que de hecho, los mismos
protestantes creen verdades que no están en la Biblia,
por ejemplo, ellos creen que todo debe estar en la
Biblia y que sólo se debe creer a la Biblia, pero ¡eso
no está en la Biblia!
Sin embargo, como muchas otras cosas que estamos
tratando en este libro, la virginidad de María está en
la Biblia, en el sentido de que tiene fundamento
bíblico. El magisterio de la Iglesia y la tradición
bimilenaria de la Iglesia, ha considerado constantemente
la virginidad de María una verdad de fe, acogiendo y
profundizando el testimonio de los evangelios de
Lucas, Mateo y Marcos y, probablemente, también Juan.
Por tanto, si no encontramos allí la expresión como tal,
encontramos la base a partir de la cual, quienes tienen
autoridad sobre la fe (los apóstoles y sus sucesores),
pueden deducir esta verdad.
Aclaremos, ante todo, qué entiende la Iglesia por
virginidad perpetua de María. Entendemos por este
privilegio de María una prerrogativa permanente, que
abarca todas las etapas de su vida, y en particular el
momento sagrado en que fue hecha Madre de Dios.
Significa: 1º que concibió virginalmente al Hijo de
Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad,
hipostáticamente unido a una naturaleza humana; 2º que
le dio a luz virginalmente; 3º que permaneció virgen a
lo largo de toda su vida terrena, y por consiguiente,
ahora reina gloriosa como Virgen de las vírgenes. La
Iglesia expresa esto con una fórmula muy hermosa, según
la cual dice que María fue virgen ante partum, in
partu et post partum.
Para la tradición católica, este privilegio de la
virginidad perpetua de Nuestra Señora está íntimamente
relacionado con su sublime prerrogativa de Madre de
Dios: ella ha sido inspirada por Dios para ser virgen y
permanecer tal, por la extraordinaria dignidad y
misión que debía desempeñar al ser elegida para Madre de
Dios. Ahora bien, si es cierto que esta verdad ha
sido profesada desde los primeros tiempos, hay que decir
que no es simplemente una piadosa creencia, sino una
verdad revelada, solemnemente definida como dogma por el
magisterio auténtico de la Iglesia y firmemente fundada
en la Sagrada Escritura.
En cuanto a la virginidad anterior al parto, si vamos
a los testimonios de la historia cristiana, podemos
remontarnos a algunos como el de Ignacio de Antioquía
(muerto mártir en el 110, contemporáneo de San Juan
evangelista), quien escribía a los cristianos de Esmirna
que Jesús es “hijo de Dios según la voluntad y poder de
Dios, nacido verdaderamente de una virgen” 1
; casi en la misma época, Arístides apologeta decía que
el Hijo de Dios “engendrado de una virgen santa sin
germen ni corrupción, tomó carne” 2 ; y
encontramos testimonios análogos en San Justino,
Orígenes, etc. 3 . De ahí que aparezca
testimoniada en todas las versiones del símbolo
apostólico (o sea, los credos más antiguos), tanto en
sus formas romanas como griegas, que testimonian “nació
de María virgen por obra del Espíritu Santo” 4
. La creencia firme de Occidente en la virginidad
corporal de María, se resume en la expresión “Virgen
María” y se recoge en esta forma ya en el siglo II, en
la forma romana del credo, como vemos, por ejemplo, en
Hipólito: “Creo en Dios Padre todopoderoso y en
Jesucristo, Hijo de Dios, que nació de María virgen por
obra del Espíritu Santo”
En cuanto a la virginidad posterior al parto, a pesar
de que fue negada por Tertuliano (quien terminó hereje
montanista), es afirmada ya por Orígenes (muerto en el
253), Clemente Alejandrino (muerto antes del 215).
Algunos la negaron, como Helvidio en Roma y Bonoso en
Cerdeña, lo cual produjo una reacción universal
mostrando que se consideraba la virginidad de María
después del parto como verdad de fe. Así, por
ejemplo, Aldama hace una lista de Santos Padres que
reaccionaron enérgicamente contra esta herejía
(Epifanio, Jerónimo, Ambrosio) 6 .
Los testimonios de la tradición pueden multiplicarse,
tanto referidos a la virginidad anterior como posterior
al parto. Por ejemplo, Ireneo de Lyón (muerto en torno
al 200, autor que hace de entronque con los apóstoles,
pues es, como él mismo testimonia, discípulo de San
Policarpo de Esmirna, quien a su vez lo fue de Juan
Evangelista), tiene una frase hermosa para referirse al
parto virginal: Purus pure puram aperiens vulvam:
el Puro [Verbo Puro] con pureza abrió el seno puro [de
su madre] 7 . Y él mismo compara el
nacimiento de Cristo de María con la formación de Adán
del suelo virgen y sin surcos 8 . San León
dice que es la limpieza de Cristo la que mantuvo intacta
la integridad de María 9 .
Y San Zenón de Verona (muerto en 372) lo proclama:
“¡Oh misterio maravilloso! María concibió siendo una
virgen incorrupta; después de la concepción dio a luz
como virgen, y así permaneció siempre después del parto”
10 . San Jerónimo resume la fe de la Iglesia
escribiendo contra Joviniano: “Cristo es virgen, y la
madre del virgen es virgen también para siempre; es
virgen y madre. Aunque las puertas estaban cerradas,
Jesús entró en el interior; en el sepulcro que fue
María, nuevo, tallado en la más dura roca, donde no se
había depositado a nadie ni antes ni después... Ella es
la puerta oriental de la que habla Ezequiel, siempre
cerrada y llena de luz, que, cerrada, hace salir de sí
al Santo de los santos; por la cual el Sol de justicia
entra y sale. Que ellos me digan cómo entró Jesús (en el
cenáculo) estando las puertas cerradas... y yo les diré
cómo María es, al mismo tiempo, virgen y madre: virgen
después del parto y madre antes del matrimonio” 11
.
Los ejemplos de los autores cristianos de los
primeros siglos podrían multiplicarse y quienquiera
conocerlos, tanto respecto de la virginidad de María
anterior al parto como posterior o durante el mismo,
puede leer los libros especializados, que no faltan
12 . Estamos hablando pues, de una doctrina firme
y serenamente sostenida, predicada, divulgada, defendida
y creída, por los cristianos desde los primeros tiempos.
En cuanto al fundamento bíblico de esta doctrina, lo
encontramos en los mismos textos bíblicos. Empezando,
aunque no sea el argumento más importante, por la misma
profecía de Isaías referida a la concepción del Mesías:
el Señor mismo va a daros una señal. He aquí que una
doncella/virgen está encinta y va a dar a luz un hijo, y
le pondrá por nombre Emmanuel (Is 7,14). La misma
versión protestante de Reina-Valera, traduce la
expresión como “la virgen”; la versión de la Biblia
griega de los Setenta “he parthénos” (la
virgen; ésta es la versión que es usada por los
evangelistas), y la también protestante King James
Version “the virgin”. Ya San Ireneo en torno al año
200, defendía el valor profético de este texto referido
a la virginidad de María, argumentando que Isaías señala
claramente que ocurrirá “algo inesperado” con respecto a
la generación de Cristo; está aludiendo claramente a una
señal. Pero “¿dónde está lo inesperado o qué señal se os
daría en el hecho de que una mujer joven concibiera un
hijo por obra de un varón? Esto es lo que ocurre
normalmente a todas las madres. Lo cierto es que, con el
poder de Dios, se iba a empezar una salvación
excepcional para los hombres y, por tanto, se consumó
también de una manera excepcional un nacimiento de una
virgen. La señal fue dada por Dios; el efecto no fue
humano” 13 .
Pero los textos determinantes son los de los
mismos evangelios.
San Lucas dice (1,26-38): Al sexto mes fue
enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de
Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un
hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de
la virgen era María. Y entrando, le dijo: “Alégrate,
llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se
conturbó por estas palabras, y discurría qué
significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas,
María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a
concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien
pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado
Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de
David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los
siglos y su reino no tendrá fin.” María respondió al
ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”
El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre
ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por
eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de
Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un
hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella
que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible
para Dios.” Dijo María: “He aquí la esclava del Señor;
hágase en mí según tu palabra.” Y el ángel dejándola se
fue.
El análisis exegético serio de este pasaje, ha sido
realizado con pericia por muchos exegetas. Un excelente
resumen –y discusión de sus términos más importantes– lo
ha hecho el erudito jesuita Ignace de la Potterie, en su
trabajo “La anunciación del ángel a María en la
narración de San Lucas” 14 .
En cuanto a lo que nos interesa destacar a nosotros,
señalemos que San Lucas testimonia aquí: (a) la
virginidad de María antes de la anunciación (a una
virgen...); (b) la concepción virginal (la
virtud del Altísimo te cubrirápues no conozco varón...
La expresión no se refiere al pasado, pues hubiera
usado el aoristo griego (no he conocido varón);
usa el presente absoluto (no conozco), lo cual no puede
ser comprendido sin una referencia a una intención (y
probablemente a un voto) de virginidad perpetua, pues
resultaría absurdo por ser una joven “ya desposada” (o
sea, habiéndose ya realizado el primer rito de las
nupcias según la costumbre judía), y por tanto (en caso
de no tener ninguna intención de virginidad futura),
siendo obvio el modo en que puede llegar a concebir no
sólo un hijo sino muchos. Por eso escribía Lebretón: “En
este versículo la tradición católica ha reconocido el
propósito firme de María de permanecer virgen, y esta
interpretación es necesaria, porque, si hubiera tenido
intención de consumar su matrimonio con José, no hubiera
nunca hecho esta pregunta” 15 . Y el insigne
exegeta J.M. Lagrange: “María quiso decir que, siendo
virgen, como el ángel ya sabía, deseaba ella permanecer
siéndolo, o, como traducen los teólogos su pregunta, que
ella había hecho un voto de virginidad y pensaba
guardarlo” 16 .
La estructura del texto (cf. Lc 1,26-38; 2,19.51), no
admite ninguna interpretación reductiva. Su coherencia
no permite sostener válidamente mutilaciones de los
términos o de las expresiones que afirman la concepción
virginal por obra del Espíritu Santo.
Lo mismo puede deducirse del texto de San Mateo
(1,18-25): La generación de Jesucristo fue de esta
manera: Su madre, María, estaba desposada con José y,
antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró
encinta por obra del Espíritu Santo... El Ángel del
Señor se apareció [a José] en sueños y le dijo: “José,
hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer
porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará
a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque
él salvará a su pueblo de sus pecados.” Todo esto
sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por
medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a
luz un hijo, y le pondrán por nombre Emanuel, que
traducido significa: “Dios con nosotros.” Despertado
José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había
mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía
hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre
Jesús. San Mateo: (a) se presenta como testigo de
la virginidad de María antes del nacimiento de Cristo;
(b) su cita de Is 7,14, implica, por lo menos, el parto
virginal; (c) si bien no dice nada sobre la virginidad
de María posterior al parto, tampoco dice nada que lo
niegue o lo ponga en duda (analizaremos enseguida la
objeción que ponen algunos de la expresión “hasta que”
mostrando que no tiene el sentido que quieren darle
algunos protestantes).
El evangelio de san Marcos no habla de la concepción
y del nacimiento de Jesús; sin embargo, es digno de
notar que san Marcos nunca menciona a José como esposo
de María. La gente de Nazaret llama a Jesús el hijo
de María o, en otro contexto, muchas veces el
Hijo de Dios (Mc 3,11; 5,7; cf. 1,1.11; 9,7;
14,61-62; 15,39). Estos datos están en armonía con la fe
en el misterio de su generación virginal.
Esta verdad, según un reciente redescubrimiento
exegético, estaría contenida explícitamente en el
versículo 13 del Prólogo del evangelio de san Juan (Jn
1,13), que algunas voces antiguas autorizadas (por
ejemplo, Ireneo y Tertuliano) no presentan en la forma
plural usual, sino en la singular: Él, que no nació
de sangre, ni de deseo de carne, no de deseo de hombre,
sino que nació de Dios. Esta traducción en
singular, convertiría el Prólogo del evangelio de san
Juan en uno de los mayores testimonios de la generación
virginal de Jesús, insertada en el contexto del misterio
de la Encarnación.
Se entiende por todo lo dicho, que el tercer concilio
de Letrán, celebrado bajo el papa San Martín I, en el
año 649, definiera: “Si alguno no reconoce, siguiendo a
los Santos Padres, que la Santa Madre de Dios y siempre
virgen e inmaculada María, en la plenitud del tiempo y
sin cooperación viril, concibió del Espíritu Santo al
Verbo de Dios, que antes de todos los tiempos fue
engendrado por Dios Padre, y que, sin pérdida de su
integridad, le dio a luz, conservando indisoluble su
virginidad después del parto, sea anatema” 17
.
La expresión “hasta que”
Respecto de esta expresión empleada por San Mateo
1,25 (no la conoció hasta que dio a luz a su hijo
primogénito) explica Severiano del Páramo, jesuita:
“El texto griego... 'heos hou', y su traducción (latina)
'donec', dieron ocasión a los antiguos herejes
Joviniano, Elvidio y otros, y la dan hoy día a muchos
autores no católicos, para negar la virginidad de María
después del parto. Se ha probado hasta la saciedad, que
semejante partícula en la Escritura sólo dice referencia
al pasado, sin que incluya afirmación o negación alguna
sobre el porvenir”. Por esta razón, este exegeta traduce
el versículo 25 según su verdadero sentido: “sin que
tuviera con ella trato conyugal, dio a luz...” 18
.
Añade Manuel de Tuya: “Es de sobra conocido el
hebraísmo 'hasta que' ('ad-ki), traducido materialmente
en este pasaje: 'hasta que'. Con esta forma, sólo se
significa la relación que se establece en un momento
determinado, pero prescindiéndose de lo que después de
él suceda. Es el modo ordinario de decir en hebreo. Así
Micol, mujer de David, 'no tuvo más hijos ('ad-ki) hasta
el día de su muerte' (2 Sam 6,23)” 19 .
Por tanto, si bien esta expresión puede indicar un
momento a partir del cual la situación cambie (por
ejemplo, que después de comenzar a vivir juntos, un
matrimonio tenga trato carnal), no puede esto deducirse
de este término, sino que debe ser indicado por medio de
otra expresión, pues esta dicción sirve para indicar
tanto un momento a partir del cual la situación cambia,
como uno a partir del cual la situación no cambia.
Volviendo al ejemplo dado por Tuya, si la traducción
del giro semita traducido literalmente al griego y al
latín (y luego a nuestras lenguas modernas) fuera el que
le damos hoy en día, deberíamos decir, con lógica
consecuencia, que Micol, mujer de David, tuvo más hijos
después de morir.
La misma expresión “hasta que” es usada en otros
lugares de la Escritura, sin que admita el sentido de
que, una vez llegado o pasado el momento, la situación
posterior cambie; por ejemplo, Gn 3,19 (versión de los
Setenta): comerás el pan con el sudor de tu frente
“hasta que” vuelvas al polvo de la tierra...
(indica el término final, pero ningún cambio posterior;
no es que después Adán cambie en cuanto a su vida
terrena, sino que luego ya no tendrá vida en este
mundo). Lo mismo el Salmo 110,1: Oráculo de Yahveh a
mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que (heos ‘an) yo
haga de tus enemigos el estrado de tus pies
(¿significará esto que una vez que Dios haya puesto a
todos los enemigos a los pies del Mesías –es éste un
Salmo mesiánico por excelencia– ya éste no seguirá
sentándose a la derecha de Dios?). Lo mismo vale para Mt
22,44, donde se citan estas mismas palabras del Salmo,
aplicándoselas Jesús a sí mismo (Díceles [Jesús]:
Pues ¿cómo David, movido por el Espíritu, le llama
Señor, cuando dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a
mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus
pies?); y lo mismo Mc 12,36; Lc 20,43; Hech
2,34-35. San Pablo en 1Co 15,25, usa el mismo Salmo
cambiando el término “sentarse a la derecha” por
“reinar”: Porque debe él reinar hasta que ponga a
todos sus enemigos bajo sus pies; el último enemigo en
ser destruido será la Muerte; no se usa allí “heos”
sino el sinónimo “ajri”, que también se traduce por
“hasta que”, y nuevamente vemos que no tiene sentido
exclusivo, o sea, que después del momento indicado la
situación cambie, sino que sigue igualmente; ¿o tal vez
se piense que Cristo dejará de reinar cuando haya
vencido a todos sus enemigos? Lo mismo se diga de Hb
1,13.
Los hermanos de Jesús; Jesús, el primogénito
Ésta es la otra objeción que suelen poner a menudo
los miembros de las sectas contra la virginidad perpetua
de María. Y es un tema muy interesante, porque el
sostenerlo como objeción contra la virginidad de María
nos da la pauta del desconocimiento bíblico de muchos de
ellos (sin mala voluntad, en algunos casos), pues podría
solucionarse recurriendo a cualquier Diccionario bíblico
relativamente discreto 20 .
El Nuevo Testamento habla muchas veces de los
hermanos y hermanas de Jesús (cf. Mt 12,46s.;
13,55s.; Mc 3,31ss; 6,3; Lc 8,19s.; Jn 2,12; Hech 1,14;
1Co 9,5; etc.). Conocemos los nombres de algunos: Jacobo
(Santiago) (Gal 1,19), José, Judas y Simón (Mt 13,55).
Algunos herejes antiguos como Elvidio y Celso (y
protestantes modernos que los repiten sin conocerlos)
entienden esta expresión como referida a otros hijos de
María Santísima.
En realidad, sólo se trata de “primos” o “parientes”
en general. El hebreo y el arameo, lengua de los judíos
en Palestina en tiempo de Jesús y de los apóstoles, no
tienen términos distintos para indicar primo, nieto,
cuñado, y expresan esos grados de consaguinidad o
afinidad con los términos hermano, hermana, si no
quieren recurrir al empleo de largas circunlocuciones,
como “hijo del hermano del padre”, etc. Lot y Jacob son,
respectivamente, sobrinos de Abraham (Gn 11,27; 14,12),
de Labán, y, no obstante, son llamados hermanos suyos
(Gn 13,8; 29,15). En 1Cro 23,21 y siguientes, los hijos
de un tal Quis son llamados “hermanos de las hijas de
Eleazar”, si bien no son más que primos, pues Quis y
Eleazar son hermanos. Sería inútil alegar otros
ejemplos.
Como los evangelios fueron escritos en el griego
común que se hablaba en Palestina, con los
provincialismos propios de la región, tanto en el
significado de los vocablos como en la construcción del
período, deben interpretarse teniendo en cuenta esa
característica (cf. Lc 1,37: el griego rêma
traduce el hebreo dabar, y se entiende:
pues no hay
20 Así, por ejemplo, yo seguiré en esto
las exposiciones de Francesco Spadafora, Diccionario
Bíblico, Ed. Litúrgica Española, Barcelona 1968,
voz “Hermanos de Jesús”, pp. 264-265; Serafín de Ausejo,
Diccionario de la Biblia, Herder, Barcelona
1970, voz “Hermanos de Jesús”, col. 829-831; X. León
Dufour, Vocabulario de la Biblia, Herder,
Barcelona 1976, pp. 381-384, etc.
, hermano en sentido propio y también para significar
“primo” o cualquier otro grado de consaguinidad o de
simple afinidad. La frase aramea “hermanos de Jesús”,
hecha, por decirlo así, tradicional, fue conservada tal
cual en el griego, aun cuando en realidad sólo se trate
de primos. nada imposible para Dios y no –lo
que sería una traducción literal– pues no es
imposible para Dios ninguna palabra). No debemos
pues extrañarnos, de que en los evangelios y en el resto
del Nuevo Testamento se traduzca con la palabra
adelfós, hermano, el hebreo ‘ah
Esto se puede corroborar con el análisis exegético de
los textos. Así, por lo menos de dos de los “hermanos de
Jesús”, o sea de Jacobo y de José, dan los evangelios el
nombre de su madre: María, hermana (o sea
cuñada) de la madre de Jesús (Mt 27,56; Mc
15,40; 16,1; cf, Jn 19,25). Por consiguiente, son
indudablemente “primos” de Jesús (hijos de un hermano de
san José), y sin embargo el Nuevo Testamento siempre los
llama “hermanos de Jesús”. ¿Han leído estos pasajes los
que ponen esta objeción a los católicos? Y si los han
leído, ¿nunca se preguntaron cómo se pueden combinar con
su interpretación de “hijos de María Santísima”?
¿Pensarán tal vez que pueden ser hijos de dos mujeres al
mismo tiempo? Yo pienso que en muchos de estos objetores
no hay mala intención, sino poco manejo de la Biblia,
limitándose su instrucción al aprendizaje de textos para
objetar a los católicos, y no al estudio serio de la
Sagrada Escritura. De otros dos (Simón y Judas), el
historiador Hegesipo (que escribió en Roma hacia el 180
cinco libros de “Memorias”), afirma que eran primos de
Nuestro Señor, y pueden hallarse algunas alusiones a tal
aserto en Jn 19,25; Mc 15,50.
Igualmente, en su carta, el Apóstol Judas escribe:
Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo
(Jud 1). Pero si Jacobo (= Santiago) y Judas eran
hermanos de Jesús, siendo ellos “hermanos también” (Hch
1,13), ¿por qué Judas sólo dice siervo de Jesucristo y
no añade “hermano” de Jesús como lo hace con su hermano
Jacobo?
Además, nunca se dice en el Nuevo Testamento que
alguno de estos “hermanos de Jesús” fuese “hijo de
María” o “hijo de José”. En cambio, siempre que al lado
del nombre de María Santísima hallamos el apelativo de
“madre”, sigue la especificación “de Jesús”. Nunca se
dice que ella fuese madre de otra persona.
Más argumentos pueden verse en los textos del Nuevo
Testamento que se refieren a la sagrada Familia. No se
mencionan otros hijos ni en la huída a Egipto (téngase
en cuenta que ésta puede haber ocurrido hasta
aproximadamente los dos años de vida de Jesús, según el
cálculo hecho por el mismo Herodes por las palabras de
los magos), ni cuando vuelven de Egipto, ni cuando Jesús
se pierde en el Templo a los doce años. Es recién en el
comienzo de la vida pública de Nuestro Señor, que
empieza a hablarse de estos “hermanos y hermanas”.
Además, si los protestantes no aceptan, como los
católicos, que Jesús, estando en la cruz, al pronunciar
aquella frase dirigida a María (haciendo referencia a
Juan): Mujer, ahí tienes a tu hijo; y a Juan
(en referencia a María): He ahí a tu madre (cf.
Jn 19,25-27) estaba encargando la Iglesia (y todos los
hombres) a la maternidad espiritual de María, sino
solamente confiando a Juan el cuidado de la madre
desamparada, se encuentran con otra incongruencia muy
grave: si María tenía otros hijos e hijas, éstos se
ocuparían, como correspondía, de ella, sin que hiciera
falta encargarla a alguien ajeno a la familia, que, por
otra parte, en aquel entonces, era sólo un adolescente.
Relacionado con esta objeción, suele aparecer entre
los ataques de algunas sectas, la referencia a la
expresión bíblica de que Jesús es llamado “primogénito”,
o “el primer hijo de María”. El hecho de que Jesús sea
“primer hijo” no significa que la Virgen María tuviera
más hijos después de Jesús; no quiere decir eso el
Evangelio. Al decir Dio a luz a su primer hijo
(Lc. 2,7), ton prôtótokon, quiere decir
solamente que antes de nacer Jesús, la Virgen no había
tenido otro hijo. Esto era muy importante para los
judíos, porque siendo Jesús el primogénito, o sea, el
primer hijo, según la Ley debía ser consagrado u
ofrecido totalmente a Dios (cf. Ex 13,2.12 y Ex 34,19).
Por eso Jesús, por ser el primogénito o primer hijo, ya
desde su nacimiento quedaba ofrecido y consagrado
totalmente al servicio de Dios.
También la tradición, tanto judía como cristiana,
entiende que la muerte de los primogénitos de Egipto,
tanto de hombres como de animales (cf. Ex 11,5), afectó
a todos los primeros nacidos de cada mujer, tuviese ésta
otros hijos o no. Todos, sin excepción.
Igualmente, el mandato de Dios de Ex 13,2 (Conságrame
todo primogénito, todo lo que abre el seno materno entre
los israelitas. Ya sean hombres o animales, míos son
todos), era entendido por los judíos, sin
referencia alguna a otros nacidos posteriores. Es
evidente que aquí la palabra primogénito se refiere de
modo absoluto al primero, sea éste único o no.
Habría que añadir que el término “primogénito”, en
lenguaje bíblico, en el caso de varios hermanos, podía
aplicarse a otro de los hermanos en caso de recibir de
Dios una bendición especial. Por ejemplo, Efraín es
llamado “primogénito” en Jeremías 31,9 siendo el segundo
hijo de José (Gn 41,52); el salmo 89 dice que David (el
último de ocho hijos) es llamado primogénito por Dios:
Yo también le pondré por primogénito, el más excelso
de los reyes de la tierra (Sal 89,27-28).
Por otra parte, que en lenguaje bíblico “primero” y
“único” no se oponen, lo demuestra el uso muy libre que
hace Apocalipsis 22,13 cuando afirma del Mesías que es
el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el
Principio y el Fin.
Este uso estaba extendido en el ambiente semita,
puesto que en las “Antigüedades Bíblicas” de pseudo
Filón (primer siglo después de Cristo), la hija de Jefté
es llamada tanto primogénita como unigénita (39,11). Y
un epitafio, (con fecha 28 de enero de 5 antes de
Cristo), descubierto en 1922 en la necrópolis judía de
Tell el Yehudieh, hace decir a la muchacha difunta
(Arsinoe): “Pero la suerte, en los dolores del parto de
mi hijo primogénito, me condujo al término de la vida”.
Aunque esta joven madre murió en el primer parto, a su
hijo se le llama igualmente primogénito.
Como puede verse, las objeciones no son tales cuando
se las enfrenta al análisis bíblico, histórico y
arqueológico.
1 Ignacio de Antioquía, Ad Smyrnaeos,
1,1; Ad Ephesios, 19,1.
2 Arístides, Apologia, 15; PG
96,1121.
3 Se pueden ver los textos en la mayoría
de los buenos tratados de Mariología; por ejemplo, en C.
Pozo, María en la obra de la salvación, BAC,
Madrid 1974, pp. 254-255.
4 Cf. todas las recensiones en DS 10-30.
5 Hipólito, Traditio apostolica,
n. 73.
6 Ver Pozo, op. cit., pp. 255-256.
7 Ireneo, Adversus haereses, 4,
55,2.
8 Ibid., 3,30.
9 León, Sermón 24,1; ML 54,204.
10 Zenon, Tractatus, 2, 8,2; ML
11,414-415.
11 Jerónimo, Epístola 49 (48),
21.CSEL 54,386.
12 Por ejemplo, José de Aldama, María
en la patrística de los siglos I y II, BAC, Madrid
1970, pp. 167 ss.; C. Pozo, op. cit., pp. 254
ss.; Gregorio Alastruey, Tratado de la Virgen
Santísima, BAC, Madrid 1947, pp. 445-488; J. B.
Carrol, Mariología, BAC, Madrid 1964, pp. 619
ss (a cargo, esta parte, de Phillip Donnelly), etc.
13 Ireneo, Adversus haereses, 3,
26,2.
14 Cf. Ignace de la Potterie, La
anunciación del ángel a María en la narración de San
Lucas, en: “Biblia y Hermenéutica”, Actas de las
Jornadas Bíblicas, San Rafael 1998, Ed.
Verbo Encarnado 1998, pp. 141-166.
15
Lebreton, La vie et l’enseignement de Jésus Christ,
vol. 1, Paris 1938, p. 35.
16
Lagrange, L’Evangile de Jésus Christ, Paris,
1928, p. 18.
17 DS 503
18 Padres de la Compañía de Jesús, La
Sagrada Escritura. Texto y Comentarios, BAC, Madrid
1964, tomo I, pp. 24-25.
19 Biblia Comentada, BAC, Madrid, 1964,
tomo II, p. 31.
20 Así, por ejemplo, yo seguiré en esto
las exposiciones de Francesco Spadafora, Diccionario
Bíblico, Ed. Litúrgica Española, Barcelona 1968,
voz “Hermanos de Jesús”, pp. 264-265; Serafín de Ausejo,
Diccionario de la Biblia, Herder, Barcelona
1970, voz “Hermanos de Jesús”, col. 829-831; X. León
Dufour, Vocabulario de la Biblia, Herder,
Barcelona 1976, pp. 381-384, etc.
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