Una noche, en el círculo de oración,
compartíamos nuestras peticiones de
oración que acostumbramos a
acompañar de nuestras
preocupaciones; cuando al escuchar
lo que decía una persona, sentí
mucha compasión y un impulso muy
grande de consolarla. Como yo nunca
antes la había visto y a la vez soy
muy tímida hablando en grupo, sabía
que el Espíritu Santo estaba
haciendo de las suyas y moviendo los
corazones, ¡incluyendo el mío!
Con entusiasmo comencé a hablar de
Jesús, de la barca, de Pedro y de
las olas... comparando nuestro
diario vivir con los personajes, la
tormenta, Jesús y sus instrucciones.
¿Cuántos de nosotros no nos sentimos
abrumados, deprimidos, desalentados,
agobiados, desilusionados,
desesperanzados...? Pues cada uno de
nosotros es el “Pedro” que tuvo
miedo, se dejó impresionar por las
olas y comenzó a hundirse. Que por
alguna razón, voluntaria o
involuntariamente, perdió de vista a
Jesús y las instrucciones que con
tanto amor Él nos da:
- no mirar las olas
- no razonar de forma humana
el porque de la tormenta, ni los
efectos o consecuencias de la
misma
Todos sabemos que si estamos en
medio de una tormenta, lo lógico es
que la barca se hunda... y nosotros
con ella. En esas mismas
circunstancias Dios nos dice:
“Hombre de poca fe, ¿por qué
dudaste?”
Antes de hundirse, Pedro caminó
sobre las aguas, con las mismas olas
y el mismo viento fuerte. ¿Qué le
hizo hundirse? El dejar de mirar a
Jesús y dejarse impresionar por las
olas.
Todo aquel que haya tenido una
experiencia de esta índole en el mar
sabe que no hay navegante tan
experto que pueda controlar las olas
y por tanto que estamos totalmente a
su merced... ¡yo la tuve! Es por eso
que me identifico tanto con este
pasaje del Evangelio, porque la
incapacidad del hombre es total en
estas circunstancias. ¡No se puede
hacer nada!
Bienaventurado sea todo aquel que
esté pasando por una tormenta,
porque Dios le está dando la
oportunidad de crecer en la fe y ver
como obran las cosas ante la falta
de capacidad del hombre y lo ilógico
de la situación.
Hace ya muchos años que yo he estado
pasando por mi propia tormenta.
Durante muchos de esos años viví
como el “Pedro” que se hunde, hasta
que un día me dije: “Me cansé de
pensar como los hombres, quiero
pensar como piensa Dios.” Menuda
tarea, ¡¿verdad?!
Esto solo puede hacerse con grandes
dosis de oración y de mucha
práctica, a confiar se aprende
confiando. Y cuando nos abandonamos
a la oración honesta y de apertura,
dejamos a un lado la ansiedad. Si el
enemigo me tienta, por la falta de
tiempo, recurro a frases que repito
durante todo el día, todos los días.
Frases como, “Sagrado Corazón de
Jesús, en vos confío”. Pero puede
ser cualquier frase que te toque el
corazón y te ayude a mantener la
vista siempre puesta en Jesús.
El enemigo desea que te distraigas
con la ola para que desconfíes y
caigas en pecado. Así te mantiene
lejos de Dios y de todas las gracias
que Él tiene reservadas de manera
especial para ti. Además, si no
creces en tu fe, te priva de ver
como amaina el viento después de la
tormenta.
“Subieron a la barca y amainó el
viento. Y los que estaban en la
barca se postraron ante él diciendo:
«Verdaderamente eres Hijo de Dios.»”
En el momento que venga a ti una
mala noticia o cualquier otra cosa
que te preocupe, si es necesario,
llora, compártelo con alguien de tu
confianza y luego, deséchalo lo
antes posible como si no estuviera
allí.
No te des el lujo de anidar esos
pensamientos en tu corazón y ten
siempre a la mano, pegado en la
nevera, en el carro o la cartera,
algunas lecturas o pensamientos que
te recuerden las promesas de Dios.
Tampoco des oído a personas (que sin
quererlo tal vez) te desalienten.
Recuerda que el trabajo del enemigo
es convencerte en todo momento que
tu situación es difícil e
insuperable, y que sus consecuencias
son nefastas para ti...
¿Sobre mi tormenta particular? Sigue
ahí, pero ya no soy el “Pedro” que
me hundo sino el que camina sobre
las aguas con la mirada siempre fija
en Jesús. Mi situación me ha privado
de muchas cosas que tenía antes,
pero ahora gozo de todo lo que el
Señor me permite tener y vivo
apasionadamente la vida, día a día.
Ahora tengo la certeza de que cada
sacrificio, aunque sea muy pequeño,
tiene un valor extraordinario a los
ojos de Dios. Cuando surge o se
“agranda” un problema,
primero a la oración
y luego a la gestión
Y vivo en la espera triunfante de
ver cuando amaine el viento ante las
palabras de Jesús.
¡Anímate tú también a caminar sobre
las aguas!
María de los Ángeles