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Reflexión

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¡Por la Vida Abundante!

La religión “cristiana” nació y nace, vive, se desarrolla y existe teniendo como fundamento la confesión de fe y certeza en Jesús “Resucitado” y vivo en medio de nosotros. Porque “si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe y vana también nuestra predicación”.

Esta confesión de fe de la cual vivimos, nació de una expriencia histórica (ministerio de Jesús de Nazaret, su pasión y muerte) que transformó la vida de unos hombres y mujeres en hombres “nuevos”; por la cual experiencia confesaron que el Crucificado y no otro sino “ese que ustedes mataron colgándolo de un madero”, “ha resucitado”, esta vivo y vive para siempre!

Estos hombres y mujeres con una vida “nueva”, “renovados en la mente”, con nuevos criterios “según la sabiduría de Dios” y no la del mundo, empiezan a vivir fraternalmente (nacimiento de las primeras comunidades) como el mismo Jesús había vivido y enseñado: como “hijos” de Dios, a quien ahora claman (Abba) “Padre” y como “hermanos” de todos (Cfr. Hc 2,42 y 4,32). Y van contándole (predicandolo de manera oral y escrita) al mundo el motivo de su felicidad: la vida nueva y abundante dada por Dios en su Hijo Jesucristo.
 
Pero la confesión de fe en Jesucristo Resucitado y Viviente en medio de nosotros contiene de manera esencial este mensaje: triunfó el proyecto de Dios en Jesucristo sobre el proyecto de quienes tramaron y ejecutaron la muerte del Hijo y sobre sus argumentos e intereses, triunfó la vida abundante sobre la muerte de un inocente, triunfo la vida sobre la injusticia, la maldad y la mentira. La Resurrección de Cristo es triunfo del amor sobre el odio, las guerras, las divisiones, las hambrunas y toda clase de mezquindad. Porque la Resurrección rehabilita la causa de Jesús y nos capacita a todos para vivir como hijos de Dios y hermanos los unos de los otros.

Tal confesión de fe de los primeros cristianos se constituyó – qué duda cabe - en un grito de protesta contra las formas de injustica, corrupción y muerte existentes abundantemente en el Imperio Romano. Hoy también, dicha confesión y celebracion de fe en el Resucitado, fundamento de nuestra existencia como cristianos y de nuestro ser y quehacer como Iglesia, ha de ser protesta contra el mal y signo de victoria sobre la injusticia y la muerte.

Por ello, en un mundo postmoderno y postecnológico, henchido de materialismo pero decadente en lo concerniente al espíritu humano, aventajado en máquinas pero pobre en relaciones humanas, un mundo que privilegia como método para resolución de conflictos la confrontación bélica, con los costos en tragedia, miseria, injustica, sufrimiento, destrucción y muerte de sobra conocidos, la celebración de la Resurreción de nuestro Señor Jesucristo y de la nuestra con El, por El y en El, cobra valor, y adquiere hoy toda significacion, verdad, sentido y vigencia.

Porque, celebrar cada año la Pascua de Resurreción, supone, por parte de cada creyente individualmente y de la comunidad eclesial en general, un grito de triunfo y de victoria sobre el mal y el pecado puestos de manifiesto en tantas formas de injusticia, violencia y muerte y al mismo tiempo, la más grande protesta de todos los tiempos contra la llamada “cultura de la muerte”.

Hoy como ayer, sigue siendo verdad proclamar que Cristo vive si esta confesión de fe brota de la experiencia de una vida “nueva”, de una vida en “pascua”, es decir, en “paso” permanente “de la muerte a la vida porque nos amamos los unos a los otros”; “paso” del egoismo a la solidaridad y a la justicia, de la mentira a la verdad; y si además, la Resurrección de Cristo que proclamamos “con los labios” nos compromete a la construcción cotidina de espacios de vida abundante.

Ya basta de esquizofrenias filosóficas, de escisiones y dualismos, de dicotomías y divorcios entre nuetra fe cristiana y nuestra vida diaria. Los que abrazamos la certeza, confianza y esperanza en el Dios de la vida abundante, revelado así y privilegiadamente en la Resurrección de Jesucristo, hemos de ser hombres y mujeres constructores de la vida.

Basta de incoherencias y de hipocresia!. No podemos, por la Resurrección de Cristo, ser creyentes en el Dios que “quiere la vida” y, al mismo tiempo y sin ruborizarnos, aprobar por acción u omisión, asuntos inhumanos tales como la guerra o el aborto y mil temas y sucesos de injusticia, marginacion, inequidad y muerte que nos inundan y condicionan.

A los que nos llamamos ¨cristianos”, creer en el Dios de la Vida, que se revela como tal en un momento cúlmen como es la Resurrección de Cristo, nos exige abrazar, construir y defender activamente la vida en todas sus formas en contra de la muerte en todas sus expresiones.